A Zelha
Recuerdos
Sonreía. No había forma para que Shura pudiera explicar lo que sentía, la paz tan increíble que le rodeaba y lo que era peor, que todo ocurriera en su hora más oscura.
Estaba muriendo. Su cuerpo se descomponía en polvo estelar y él abrumador sentimiento que le embargaba, había robado la sensación de dolor que su cuerpo debería estar experimentando. Se lo merecía, se decía en su interior. Él había causado el martirio de Aioros, pero era tal vez, el mismo Santo de Sagitario era quien le abrazaba y le llevaba a la morada de los caídos. Podía verle, Aioros esperaba por él al otro lado del río de fuego que ahora iba a cruzar. ¡Pero, no llevaba una moneda para Caronte! ¿¡Qué iba a hacer?! Sin embargo, el hombre le llevó, una moneda brillaba en su mano y sonreía satisfecho.
“Bienvenido, amigo Shura.” Le dijo Aioros con una sonrisa. Era la misma que él recordaba que el otro le había ofrecido cuando había llegado de los Pirineos y se reincorporaba al Santuario de Grecia.
“¿Amigo?” preguntó él desconcertado.
“Siempre.” Aseguró Aioros, para luego pedirle que le siguiera y caminaran juntos hacia Eliseo.
A su lado, más recuerdos vinieron a su cabeza. La tibieza que sentía del otro no hizo más que despertarlos. En su mente se revivieron imágenes del mayor cuidando de él cuando niño. De cómo le hacía dormir al lado de Aioria aunque él siempre se quejaba de que no era un niño, y peor, de cómo le gustaba revolcar sus cabellos igual que hacía con el Cachorro.
Aioros siempre le había tratado como a un hermano, y fue el recuerdo de Aioria lo que más le afectó en ese momento.
“Perdón.” Susurró él al detenerse abruptamente y evitar la mirada de Sagitario.
“Shura lo que pasó—”
“Aioria…”
La mirada de Aioros cambió, Shura lo supo al verle sobresaltarse para luego regresar a la normalidad. El hombre posó su mano en el hombro de Shura y le abrazó, diciéndole al oído que no había nada qué perdonar porque todo había sido hecho en nombre de Atena, por salvarla y protegerla y porque sabía que Aioria jamás le culparía. Él no le culpaba.
Y Shura regresó a sus trece años, a aquella noche en que Aioros y su Cachorro celebraban su cumpleaños a escondidas de Arturo su maestro y de Céfiro el de Aioros. Recordó cómo rieron aquella noche, cómo el tiempo no importó y terminaron dormidos abrazados, cansados de haberse desvelado.
Continuaron su camino hacia Eliseo. Y de nuevo, Shura sonrió.
Ariadne, Enero 25 de 2007