Mi Dios
“Grita mi nombre” decía entre jadeos. El otro simplemente se movía debajo de él. Jadeaba a la vez, gemía con deseo y sin ningún pudor. Pero no decía su nombre.
“Grita mi nombre.” Le repitió. Necesitaba oírlo. Precisaba de ello. No necesitaba que le dijera que lo amaba. No deseaba eso. Pero le había sido enseñado que habían otras formas de demostrar lo que sientes. Que un hombre no anda diciendo lo que siente, que lo mostraba. Y él necesitaba que se lo mostraran.
Estaba a punto de decirlo, no, de suplicarlo ‘dilo, por favor’—pero antes de que las palabras salieran de sus labios, la pasión y el desenfreno habían tomado control de él y le hacían moverse sin tomar en cuenta lo que estaba sucediendo. Era tan—estrecho—tan—cálido que su propio cuerpo le pidió moverse más frenéticamente.
Una vez más, se decía—una vez más. Pero era imparable. Estar así juntos, mientras entraba y salía de él; mientras le veía retorcerse del más puro placer le estaba llevando al borde de las sensaciones. Y de sí mismo.
Pero el placer mismo le sobrevino y se mordió los labios para evitar gritar él mismo el nombre del otro. El sudor recorría su cuerpo desnudo; frío y abrasador al mismo tiempo. Sus movimientos eran cada vez más fuertes e incluso un poco torpes. La sensación de sí mismo abandonándolo mientras se derramaba en el interior del otro le hacía perder sus sentidos poco a poco.
“Mú!” Salió de la garganta del otro, mientras le atraía hacia su cuerpo buscando ahogar en sus labios un nuevo grito con su nombre en ellos un vez más. Shaka temblaba bajo el peso del otro. Incapaz de abrir sus ojos por temor a demostrar más de lo que deseaba. Pero le había dado parte de eso, no? Había gritado su nombre con tanta honestidad como el momento se lo permitía. Sí era el más cercano a los Dioses, pero igual seguía siendo un hombre como cualquier otro. Y aún él, necesitaba sentirse vivo.
Virgo sintió en su propio cuerpo, como el miembro del otro empezaba a empequeñecerse para ir saliendo de él lenta e inevitablemente. Le miró finalmente; notando cómo el cabello del otro caía por partes sobre su cuerpo. Cómo sus ojos violetas brillaban de manera diferente—con el rastro de una inocencia que se ha perdido para convertirse en la más pura pasión.
“No se nos permite sentir, Aries…”
Pero antes de que el otro respondiera, él mismo ya se encontraba acomodándose de nuevo. Ahora Mü reposaba bajo su cuerpo y era él quien tomaba el mando.
“…pero aún yo, puedo desobedecer a quienes no nos lo permiten.”
Levantó las piernas de Mü preparándolo para él. Quería darle un poco de lo que él mismo había sentido—quería sentirlo él mismo. Entró. No buscó hacerlo con suavidad. Sólo entrar—romper el espacio que les separaba…
Se sentó sobre sus piernas, mientras atraía al otro hacía él. Se acomodaron una vez más, mientras sus manos le ayudaban al otro a moverse. Podía notar a Mü tan sonrojado como él mismo lo estaba. Disfrutaba la visión del otro, a la vez que notaba que el miembro de Aries despertaba de nuevo. Lo tomó con una de sus manos; moviéndola con fuerza y algo de lentitud.
El tiempo corrió entre jadeos, gemidos, gritos y susurros ahogados llenos de sus sensaciones. De la intensidad de su deseo. No era la primera vez que compartían el lecho. No sería la última. Pero era siempre algo nuevo. Algo totalmente sensual que les llenaba su lado humano y les daba las fuerzas para seguir con sus papeles como guerreros—de alguna manera.
Incluso, la noche transcurrió tranquila, muda testigo de ellos. Silenciosa, la luna les servía de cómplice allí, en el Jardín de la Casa de Virgo en donde ahora se encontraban. Se entregaron el uno al otro incontables veces esa noche; para ser sorprendidos por la mañana uno al lado del otro.
* * *
Los entrenamientos tenían lugar indefectiblemente. Estuvieran los Santos de Oro o no, el Coliseo siempre se encontraba lleno de jóvenes dispuestos a dar su vida por su Diosa. Sin embargo, esa mañana, Shaka de Virgo, se había adelantado y se encontraba entrenando a solas. A pesar de lo acontecido la noche anterior, se sentía aprensivo y no se atrevía a enfrentar a Mü todavía. Temía que sin importar su propio carácter y la determinación que había conseguido hacía tanto tiempo ya, pudiera perderlo todo por estar en frente suyo una vez más.
“Por qué te marchaste tan temprano de tu propio Templo?”
Escuchó la voz del otro tras de sí. Ya había sentido su cosmos mientras se acercaba. Quiso pensar que por una vez en su vida, pudiera ser una simple mentira eso de sentir a otros…
“Te estoy hablando, Shaka…”
“Y yo te estoy escuchando, pero no tengo respuesta para eso, Mü.”
Se quedaron mirándose en silencio por unos cuantos minutos que parecieron eternos. El sudor caía de nuevo por su frente, la respiración era entrecortada una vez más. Diferentes razones. Diferentes momentos. Mismo Santo de la Sexta Casa—
“Shaka…”
El hombre levantó la mano, buscando que tal vez con ese gesto el otro se quedara en silencio, pero no logró lo que deseaba. Mü estaba allí, enfrente de él, mientras él le observaba en silencio. Quería explicarle, pero no habían palabras en su vocabulario para hacerlo. Había sentido pánico. Antes, cuando habían estado juntos, había sentido el irrefrenable deseo de pedirle que se quedara a su lado por lo que les quedara de existencia. Que no deseaba que el día llegara. Que se había convertido en un idiota por solo poder sentirlo a su lado.
“…Ahora ni siquiera me escuchas!”
Quiso detenerlo antes de verlo marcharse y quedarse allí de pie, cerrando sus ojos a cualquier cosa a su alrededor. Buscando un vez más, ver y sentir con su cosmos. Pero no obtuvo ningún resultado. Se perdió a sí mismo una vez más en la sensación del cosmos de Mü. Notó la molestia y el enojo en él. También pudo notar la tristeza y la frustración.
“Mü...” susurró, mientras se giraba, dando la espalda al Santuario y volvía a su práctica.
Mü no sabía cómo interpretar los eventos del último día. Su sentir como Santo le decía que habían cosas ocultas tras las acciones de Shaka. Que su comportamiento no era del todo normal, pero a la vez, que era inevitable que se comportara así. Shaka le había dicho que desobedecería por él. Había escuchado su nombre ser casi suspirado por los labios del otro. Él mismo había ahogado sus gemidos con sus besos—debía dejare de recordar o los recuerdos se lo comerían vivo.
Regresó a su Templo y allí se encerró en su meditación por el resto del día.
* * *
Estaba observándole. Ver a alguien diferente a ti mismo meditando era algo que le parecía fascinante. Hacía frío afuera. Ya el otoño empezaba a desaparecer para darle paso al invierno, que aunque no era absolutamente frío, venía con corrientes algo gélidas. Podía notar la perfección en los rasgos de Mü. Incluso la manera en que el cabello le caía por el rostro era perfecta. Al igual que todos los demás días lo traía atado en la parte baja. Su posición era igualmente perfecta. Shaka suspiró. Si seguía así estaría más que en evidencia. Pero, ¿acaso no lo estaba ya consigo mismo?
Llevaba allí un buen rato ya. Mü aún seguía en meditación profunda y él continuaba observándole, ahora sentado mientras su cuerpo descansaba contra la pared más cercana. Quien le viese en ese momento, pensaría que era solo un joven más que no pasaba de los veintitantos años, y no uno de los Santos principales del Santuario. Nadie creería que era él, el llamado “más cercano a los Dioses.”
“¿Cuánto tiempo llevas aquí?”
No le sorprendió la voz del otro. Más la respuesta le dejó algo fuera de lugar. Ni siquiera él mismo conocía la respuesta.
“Un rato.” Contestó con desinterés.
Se quedó mirándole mientras se levantaba y caminaba por el templo. Mü vestía un atuendo muy parecido al de los monjes del Tibet. Lo notaba caminando serio, como si no quisiera verle. Él simplemente seguía sus movimientos por todo el lugar. Sus ojos azules como el cielo le observaban con detenimiento. Mü parecía no darse por enterado. Sin embargo, en cuanto lo perdió de vista para dirigirse al interior del Templo del Carnero, Shaka se levantó, caminando tras de él, siguiéndolo hasta la habitación.
“Tú eres mi Dios, Mü.” Dijo desde la puerta de la habitación y mientras el otro le daba la espalda. Al escuchar sus palabras, el tiempo pareció haberse paralizado para el Santo de la Primera Casa. Eso era blasfemia. Algo en su interior le gritaba que así era. Algo mucho más fuerte le decía que nunca volvería a escuchar algo de tal magnitud de parte del otro.
Se giró para mirarle a la cara. En su relación, era él, Mü, quien siempre tomaba la iniciativa para todo. Quien se había acercado por primera vez. Quien iba al Sexto Templo. Era él quien incitaba, no quien recibía.
‘Tú eres mi Dios, Mü.’ Se repetía en su mente, mientras notaba los labios del otro acercándose a los suyos. Shaka había cerrado los ojos, besándolo con total abandono. Él se había quedado en silencio, permitiéndole a su cuerpo responder por él.
Sintió como la tela de sus ropajes, caía libre por su piel que poco a poco se erizaba por el contacto del aire frío y de la estela de besos que iban quedando impregnados en él. El olor a sándalo del otro le embriagaba, haciéndole perder la razón poco a poco; a la vez que sin notarlo siquiera, podía sentir también la piel desnuda del otro sobre la suya. Jamás había sentido tan diferente como esta vez.
Los labios de Shaka quemaban su piel para aliviarle de nuevo al volver a besar el mismo lugar. Sus cuerpos se unían de manera armoniosa, y las pieles se buscaban aún sin que ellos se lo propusieran. Las manos expertas de Shaka buscaban cada lugar que conocían excitaba al otro. Recorrió cada espacio que le fue permitido—Mü por su parte no ponía resistencia. Se dejaba hacer a sabiendas que después de ese momento ya estaba perdido.
Mü se dejó caer sencillamente sobre la cama, mientras el otro se acomodaba entre sus piernas. Shaka tomó el flácido miembro en su boca. Un ligero gemido escapó de la garganta de Mü al sentir la calidez del otro y notar que poco a poco su ser despertaba, creciendo en la oscuridad de la boca del otro. Sus caderas empezaron a moverse frenéticas. Sus manos se acomodaron, enredándose los dedos en la melena del otro mientras él imponía el ritmo. Le gustaba lento y fuerte. Que le tomaran con la boca y la mano al tiempo. Adoraba la lengua del otro que hacía presión por debajo; los labios haciendo lo propio alrededor. Los dedos juguetones de Shaka jugando con su esfínter; apretando poco a poco, mientras la saliva que ahora estaba por todo el lugar, le permitía introducirse a intervalos.
Shaka le sentía temblar. Podía escucharlo respirar con cuidado, buscando contenerse para poder durar más. Pero podía sentir también que faltaba muy poco para su momento. Que no aguantaría más. Mü se derramo prolijo en su boca. Él no dejó de moverse por un momento, aunque no tragara una sola gota. Le dejó deslizarse a lo largo del miembro, a la vez que sus labios seguían haciéndolo. Mü temblaba espasmódicamente. Con sus manos atrajo a Shaka hasta su altura para besarlo y saborearse en los otros labios. Devorándose el uno al otro.
Quiso decirle con sus palabras que lo amaba; pero Shaka no se lo permitió. No era necesario. Ambos lo sabían, aunque se hubieran negado la posibilidad de reconocerlo por meses. Ahora, no importaba.
Aún quedaba mucha noche por delante.
Ariadne, Septiembre, 2005