46.  Estrella

Personajes: Babel Santo de Plata de Centauro

Advertencias: En el Anime, Babel es el primer Santo además de los de bronce que reconoce a Atena como diosa.  De este santo no se sabe nada.

 

 

 

 

Siempre se había dicho en el Santuario de los Dioses que las estrellas hablarían por aquellos que las portaban.  No importaba si el hombre o mujer pertenecían a Atena, Poseidón, Hades o el mismo Odín.  Todos habían nacido bajo la protección de alguna constelación y todos morirían bajo la bendición de alguna.

Desde que había llegado a Santuario, se había mostrado como uno de los mejores luchadores; había pasado poco tiempo hasta que ya era Santo de Plata.  Había sido una mañana de mayo cuando él había decidido que no lucharía para buscar ser Santo de Dorado.  Ya los maestros le habían pedido que se presentara a las pruebas, pero una y otra vez, Babel se había negado.  El Centauro le había aceptado, él se había hecho digno de él. No necesitaba más.

Cuando el Patriarca le envió junto con los santos a combatir contra la mujer de Japón que se hacía pasar por Atena, Babel se sintió pletórico.  Era su momento de demostrar que le era fiel a Atena.  Sonrió al ver contra quién se enfrentaría cuando llegó su momento, allí en medio del Coliseo.  Hyôga del Cisne no era rival para él.

Cuando la lucha terminó y él se encontraba tendido en el suelo, reconoció la verdad en la voz de la chica.  Atena, su diosa a quien le había jurado su lealtad y su vida le hablaba directamente a él, al indigno que se había atrevido a levantarse en contra de ella.  La voz de la diosa era suave, le hablaba entre líneas y le tomaba de la mano.  Hyôga le habló a la vez, le hacía saber que era el primer caballero que moría de la mano de una diosa. 

Pero al final, lo único que Babel pudo reconocer a su alrededor, más allá de las personas que estaban allí, de Atena misma, del coliseo empotrado en una tierra extranjera, era el cielo estrellado que le cubría.  Sentía su cuerpo descomponerse aunque sabía que simplemente estaba en el letargo eterno.  Poco a poco su alma se convertía en polvo de estrellas y se unía a aquellas encima de la tierra.  Ahora él mismo era una estrella más en el firmamento que protegería a los Santos de Atena hasta el fin de los tiempos.

 

 

 

 

 

 

Ariadne, Junio 18 de 2007

 


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