40. Vista

Personaje: Eo de Scylla

Advertencias: Tonterías mías, como siempre.

 

 

 

          Amaba el lugar que estaba enfrente suyo.  El hermoso mar que se presentaba espléndido ante él.  El suave sol que brillaba en el horizonte mientras él le contemplaba extasiado. 

          Su madre ya se había marchado a casa, le había hecho las recomendaciones necesarias y de seguro ya estaría haciendo la comida para ellos.  Incluso le había dicho que no se quedara mucho tiempo en la playa, que el mar empezaría a llamarle y que eso no era bueno.  Que el mar se llevaba a los niños que se quedaban viéndole, y que nunca los devolvía a la tierra.

          Eo suspiró en derrota.  Lo que su madre le había dicho no era más que una mentira.  Ya había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba allí observando al mar en silencio.  San Félix era hermosa, no había duda en ello.  Su madre era a mujer más dulce que hubiese en la isla y su vida era casi paradisíaca, aún así…anhelaba algo más para sí y era su corazón quien le gritaba que el mar podía ofrecérselo.

          Fue allí que el mar se elevó por encima de él.  La calmada marea del final de la tarde le tomó por sorpresa y le arrastró con ella.

          El chico pensó en su madre, en su escuela, en sus amigos.  Pensó en la señora de las flores de la plaza de mercado quien siempre le daba una flor para que se la llevara a su madre, e incluso pensó en el señor de la panadería que le odiaba por sus travesuras.  El agua se metía por cada orificio de su cuerpo, sus oídos, su boca, su nariz, casi asfixiándole.  Trató de nadar, de encontrar la manera de subir a la superficie, pero aunque avanzara unas cuantas brazadas, el agua se encargaba de llevarlo de nuevo hacia el fondo de ella.

          Creyó morir en varias ocasiones mientras se precipitaba al fondo marino, y al saberse vivo, aún luchaba por creer que no podría respirar y que no sobreviviría mucho más.  Así que se dejó llevar, permitiéndole a la corriente arrastrarlo por lo que creyó fueron horas aunque en realidad sólo habían pasado unos cuantos minutos.

          La verdad era que había perdido la noción del tiempo.  Ya no sabía si aún era el atardecer o si ya era noche. Ya no sabía si estaba vivo o estaba muerto.  Hacía sólo un instante que se había despertado en medio de ese lugar que se presentaba interminable ante él.  No había cielo, ni la blanca arena de la playa.  No había los árboles ni las flores de su amada San Félix, sólo existía el infinito.  El mar le rodeaba por todos los flancos, surcaba el cielo y era el cielo mismo.  Sólo quedaba esa inmensidad abrumadora que se acercaba a él.

          Eo sonrió en ese instante.  Aquella sensación de anticipación que le había embargado en la playa enfrente del mar le llenaba ahora de la satisfacción de lo que se ha buscado por un largo tiempo y que se ha encontrado finalmente.  El mar no sólo le había llamado a él, también le había reclamado, le había llevado a su profundidad y se presentaba ante él como el espectáculo único que buscaba contemplar.

          El chico comenzó a caminar por el lugar para conocerlo, al fin había alcanzado lo que su corazón anhelaba y la imagen de sí mismo se presentó ante él acompañada de las siete bestias de Scylla.  Y Eo supo que no habría nada que le hiciera querer marcharse de allí.

 

 

 

 

 

Ariadne, Marzo 11 de 2007

 

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