A Vane Nascimento

 

Víspera

 

 

 

 

Desde la cama, Camus observaba a la mujer mientras ésta se vestía.  Cuánto tiempo llevaban en esa misma situación, era algo de lo que él no estaba muy seguro.  Todo lo que Camus sabía era que a pesar de no manejar ningún tipo de compromisos entre ellos, la compañía de la Amazona le era agradable e incluso, necesaria.

Le era muy placentera la sensación de su piel suave como la seda casi derramándose por la propia en una danza única como lo era cada encuentro entre ellos.  No había reglas ni obligaciones; solo la mutua compañía y disfrutar de esos escasos momentos a solas.

Él, que aún se encontraba sin moverse un ápice, no se preocupó porque la sábana cayera por su cuerpo cubriéndole solo a medias; dejando expuesto su torso bien formado y atlético.  Su cabello, por otra parte, caía por su espalda, seudo ocultando algunas partes de su piel.

“No tienes porque irte ya.”  Le dijo.

“Tu no deberías luchar mañana.”  Respondió Shaina, su rostro aún oculto por la máscara.  Ella nunca le había permitido verla sin ella.  Sus labios jamás se habían unido.  Su voz seguía impasible a pesar de los gemidos que hubiese emitido antes.

Camus se levantó finalmente aún sin responder.  Su blanca piel contrastaba con la semi oscuridad que les cubría y parecía casi brillar en medio de ella.  Shaina le miró a través del frío metal, curiosa por saber que otra cosa haría Acuario. 

El hombre llevó su brazo derecho alrededor de la cintura de Shaina, atrayéndola hacia su cuerpo.  Con su mano libre, comenzó a acariciar la mano de la mujer, subiendo lentamente por el brazo y hasta tocar el cuello; pretendiendo encontrar en la inexpresiva máscara el más mínimo rasgo e una emoción.  Deslizó sus manos hacia arriba acariciando la máscara, besándola en el lugar de los labios para luego tomarla.  Shaina le detuvo.

“No lo hagas.”

Camus la miró cómplice.

“Esto es lo que la Diosa quiere, que yo porte mi máscara y oculte mi rostro.”

“Es lo mismo sobre mañana, Shaina,”  le dijo él sin retirar su mano del objeto plateado, “la Diosa desea que me enfrente a mi alumno por ella y si desea que muera en ello, así se hará, ahora…” dijo mientras la apresaba entre la pared y su cuerpo desnudo, ya no había mayor resistencia de parte de la mujer para evitar que él tomara la máscara; “…la muerte asoma a mi puerta, sí, pero parece que no es tu mano plateada quien viene con ella, por lo que no serás tú quien acabe conmigo; así siendo la muerte descartada entre nosotros, hazle honor a tu código de Amazona y ámame.”

Shaina no opuso más resistencia; segundos más tarde el sonido del metal cayendo cerró la conversación.

 

 

Ariadne, 2005

 


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