Secreto
“Estoy de regreso. Después de años de estar lejos, haciendo de mí un maestro, he regresado. No sé por qué, pero necesitaba estar aquí. Hay algo en este lugar que me hace pensar en cosas que debía haber olvidado. Cosas que me recuerdan a…él.”
Suspiró y cerró su diario después de haber escrito esas últimas líneas en él. Sí, un maestro necesita un diario de vez en cuando y Camus de Acuario no era la excepción. Él era un Santo Dorado de la Orden de Atena, pero también era un hombre. Uno con gran valor y devoción a su Diosa.
Se levantó del lugar donde se encontraba y se fue a dar una caminata por los alrededores. Había gente allí que le gustaría ver y con quienes le gustaría hablar después de todo este tiempo.
Comenzó a caminar hasta llegar al Octavo Templo.
No pudo evitar sonreír. Era un lugar que le traía muy buenos recuerdos; era la Casa del único al que podía llamar “amigo”. Del único al que sentía como tal.
Camus expandió su cosmos buscando al propietario del lugar y lo encontró durmiendo. Él sabía que a Milo de Escorpio le encantaba dormir solo con unos shorts, así que fue hasta su habitación sabiendo que su amigo tendría su espalda al descubierto, enfrió sus manos y las puso sobre la espalda desnuda.
El Santo de Escorpio saltó tan alto, que casi toca el techo, y gritó tan fuerte, que Acuario no pudo evitar reírse a carcajadas. Dioses, se sentía tan bien estar de vuelta.
“Arghh” escuchó Camus, “¿Qué demonios…?!” decía esa misma voz que ahora encaraba al intruso.
“Vamos, Milo, no me digas que no puedes aguantar una bromita.”
“!Tú! ¿¡Cómo te atreves?!” El Escorpión lo señaló con su dedo mientras le mostraba la Aguja Escarlata brillando en él, pero se detuvo en cuanto se dio cuenta que Camus estaba riendo.
Él estaba riendo. Esa sonrisa era algo que le era ofrecido solo a él, a Milo el Escorpión, así que se calmó haciendo gala de su autocontrol.
“Si vuelves a intentarlo, te juro que te mato.”
“Milo, deja de decir sandeces,” le respondió Camus, “No harás semejante cosa, así que deja de quejarte de una buena vez.” El hombre regresó a su acostumbrada frialdad y Milo se le quedó mirando, notando algo diferente en él.
Se levantó y empezó a vestirse. Lo miró fijamente “¿Qué te pasa Iceman?”
Milo conocía a Camus desde que ambos eran niños y a pesar de la fría fachada de éste, Milo siempre pudo ver más allá y saber cómo se sentía su amigo en cualquier momento, era un don que nadie más tenía.
“No me pasa nada Milo, ¿por qué lo dices?” Le preguntó tratando de evadir el tema.
“Es solo que…” Milo supo que él no quería hablar mucho acerca de lo que fuera que le estaba ocurriendo, así que dejó el tema. “Mejor cuéntame, ¿qué tal el viaje? ¿Y tu discípulo? Ven y te sientas y me dices todo”
Camus lo miró y suspiró de nuevo, Milo jamás cambiaría; siempre tendría una sonrisa para él y unas palabras para hacerlo sentir mejor, aunque el otro ni se diera por enterado. Él las tomaría y aceptaría; cada una de ellas, porque era lo único que lo ayudaba a continuar sin tener que detenerse en aquellos momentos que no deseaba recordar. “El viaje estuvo bien. Mi discípulo está bien. ¿Satisfecho?”
“Viniendo de ti, es más que suficiente.” Milo rió mientras le servía una taza de té caliente a su amigo. Camus jamás renunciaría a su frialdad y lo poco que compartía con él era algo que Milo atesoraba. Era la forma de Camus decirle ‘Soy tu amigo y me agradas’ y Milo estaba más que feliz con eso. En realidad era más de lo que esperaba.
Cuando terminó de servir el té, Milo se sentó a su lado y habló toda la noche. Ambos amigos disfrutando la compañía del otro.
* * *
Los días pasaron y las cosas marchaban bien. Los Santos Dorados que habían atendido la llamada del Patriarca ya estaban en sus templos y se respiraba una atmósfera de tranquilidad y calma cubriendo el lugar.
Camus había sido bienvenido por todos ellos y él se les unió en los entrenamientos mientras pasaba algún rato con ellos, sin embargo, el sólo se sentía verdaderamente cómodo cuando estaba con Milo. No se sentía irritado o molesto por él de ninguna manera. Milo era alguien en quién él podía confiar.
Sin embargo, habían cosas que para él no era posible confiarle a nadie—especialmente ese asunto que empezaba a atormentarle desde su llegada. Ese tema era algo que aún no estaba dispuesto a enfrentar porque sencillamente no podía hacerlo. Incluso pensar en ello se le hacía insoportable; más en lo últimos días, desde que había regresado y que con la creciente amenaza de una guerra, hacía que todo fuera más vívido.
Recogió los papeles y las fotografías que tenía regadas sobre su cama. Eran recuerdos de un tiempo en el que había sido feliz y ya llevaba un rato observándolas; deleitándose en esos mismos recuerdos porque estas le hablaban de una época en la que se había sentido completo. Ahora, las pocas veces que se sentía de esa manera era cuando estaba con Milo y escuchaba a su amigo hablar sin parar. Era como estar — en familia.
El Escorpión llegó a recogerlo para ir a entrenar como cada mañana. Aún era muy temprano cuando sintió el cosmos de su amigo llamándolo. Se quedó mirando una de las fotografías y suspiró.
“On va parler áprès. Je te promets.” Dijo en su lengua materna, completamente ignorante que Milo estaba en la puerta de su habitación.
Milo jamás lo había visto en tal situación. Camus se veía pálido y triste. Sí, triste. Era algo inusual en él el dejar que sus sentimientos fueran evidentes, pero tampoco sabía que Milo estaba allí. El Escorpión sentía que lo estaba espiando y que lo traicionaba, así que se retiró sin hacer el menor ruido. Era muy doloroso para él ver a su amigo en tal estado, lo peor era que ahora sabía que Camus le estaba ocultando algo— pero ¿qué podría ser? ¿Cuál sería el secreto?
“On y va?” Dijo Milo cuando le vio salir, era la frase que Camus siempre le decía antes de irse a entrenar, pero no obtuvo ninguna respuesta. Camus no solo lucía triste, también lucía sombrío, era como si cargara un gran peso sobre sus hombros.
Milo quiso respetarlo, así que guardó silencio mientras entrenaban. Camus lo merecía aunque para él, era doloroso ver el sufrimiento en esos ojos que jamás habían mostrado nada diferente a frialdad.
Entrenaron duramente hasta que les fue imposible continuar físicamente. Camus seguía en silencio y Milo no se atrevió a violentarlo haciéndole preguntas acerca de lo que le pasaba.
Después del entrenamiento, ambos se retiraron a sus templos y no hablaron en varios días. Lo que tenía a Milo visiblemente preocupado.
El Santuario de Atena tenía varios lugares de los que pocas personas tenían conocimiento. La cascada era uno de ellos y era el lugar favorito de Milo. Le recordaba la humanidad en él. Él, quien era el asesino del Santuario, se sentía vivo y humano estando en ese lugar. Igual se sentía en compañía de Camus.
Tenía muchos compañeros en el Santuario, pero la única persona por la cual se preocupaba realmente era Camus de Acuario.
La frialdad de uno contrastando con la calidez del otro. “Extraña combinación” pensó él, aunque no le importaba, era una sensación agradable a pesar de lo que decían. Todos en el Santuario se burlaban a costa de él. Les decían que el uno terminaría envenenado y el otro congelado, uno de éstos días. Ahora todo era diferente.
Los momentos por los que estaba atravesando el Santuario eran algo de lo que jamás se había escuchado antes. El Santuario estaba en alerta. Una adolescente que clamaba ser la reencarnación de la Diosa Atena, estaba amenazando el Sagrado lugar.
Y uno de los discípulos de Camus estaba de su lado.
“¿Cómo te sentirás cuando te lo diga, amigo mío?” Musitó, creyendo que al decir esto podría evitar el horrible momento de hablar con el otro.
Camus llegó al lugar a tiempo, como era su costumbre. Milo quería hablar con él y había escogido su lugar favorito para hacerlo, “algo terrible debe estar pasando para hacer tal cosa” pensó. Vio a Milo a lo lejos. Se veía hermoso, pero su cosmos estaba alterado por alguna razón que él no lograba descifrar, desentonando con el lugar.
“Sólo me llamas a hablar aquí cuando es algo importante. ¿Qué pasa Escorpio?”
Milo se le quedó mirando y suspiró. No sabía cómo comenzar, aunque lo hizo sin dar mucho rodeo.
“Los rumores son que hay una niña que dice ser Atena” sus manos estaban frías y miraba el piso buscando las palabras precisas para darle el resto de la información, “también se dice que el Santo del Cisne está con ella y que éste la protege.”
El rostro de Acuario no cambió aunque en su interior no pasaba lo mismo, la sangre le estaba subiendo muy rápido a la cabeza y sentía el corazón a punto de explotar del puro coraje.
Pero ni siquiera en esta ocasión pudo engañar a Milo.
“ Sé que todo esto te afecta, sé que—”
“Basta Milo. Estoy bien, como siempre.”
“Es un aprendiz de Acuario, es tu aprendiz, Camus. No me mientas, ¿quieres?” Se le acercó pero al otro pareció no importarle y no se inmutó.
“Si él está protegiendo a la Falsa Atena, entonces que muera por su causa. Por ella.”
Milo lo miró sorprendido.
Camus se giró y posó sus ojos en el suelo. Esas memorias estaban atormentándolo de nuevo. “Lo siento Milo, pero tengo que irme.”
“Camus por favor... habla conmigo.”
“No sé de que me hablas, Milo.” Quería irse, no quería enfrentarlo. “Tengo cosas que hacer, ya nos veremos más tarde.”
Milo le vio marcharse sin dejar entrever su preocupación. Podía casi tocar aquello que estaba molestando a Camus. Jamás le había visto en ese estado, haciendo un verdadero esfuerzo por ocultar lo que sentía.
“Aquí estaré amigo mío, cuando me necesites.”
Se sentó de nuevo con el corazón más oprimido que antes mientras contemplaba el atardecer.
Camus llegó a su Templo y comenzó a dar vueltas por toda la habitación. ¿Cómo era posible que todo eso estuviera pasando? ¿En qué maldito momento Hyoga se había convertido en un traidor?
Odiaba esa palabra. Ya había visto a uno de sus compañeros sufrir demasiado por ella a través de los años aunque jamás había sido capaz de ayudarle por considerarse un traidor él mismo.
“Il y a long temps que nous ne sont pas parlé” dijo quedamente mientras tomó un portarretrato con una fotografía de su pasado. Se quedó mirando la fotografía y lloró. Era un dolor que cargaba desde hace muchos años, desde el momento en que ganó su armadura y fue envestido como el Santo de Acuario.
Un dolor que aunque comprendía, no dejaba de doler, de un pasado que había tratado de olvidar sin resultado. Algo que moriría con él.
Un dolor que sabía que regresaría a él en la forma de su pupilo.
En Hyoga.
Tauro, Cáncer, Leo, Virgo, Escorpio, Capricornio, Acuario, y Piscis se encontraban en el Santuario. Aries y Libra rechazaron la llamada del Patriarca. Sagitario estaba muerto y Géminis desaparecido.
El tablero estaba puesto y las piezas habían empezado a moverse.
Y Milo no pudo evitar respirar profundamente.
Una nueva guerra, sangre a ser derramada sobre suelo sagrado y a él no le importaba en lo absoluto. Todos sus pensamientos tenían nombre propio: Camus de Acuario. Quería hablar con él, y averiguar qué era lo que le pasaba. Había estado siguiéndolo, espiándolo pero no había conseguido nada distinto a frías respuestas y silencios eternos.
Milo necesitaba hacer algo urgente para hacerlo hablar.
“Situaciones desesperadas, necesitan medidas desesperadas”
Cuando estaba saliendo de su Templo, recibió la comunicación que el Patriarca lo necesitaba de manera urgente, así que todo el asunto con Camus tuvo que esperar. Una vez ante la Cabeza máxima del Santuario, éste le explicó la situación al Escorpión.
El Santuario estaba en guerra y ésta era inevitable. Milo fue llamado para acabar con los Santos de Bronce, pero él no deseaba derramar sangre innecesariamente, ya muchos Santos habían muerto hasta el momento y rechazó la misión.
Aioria de Leo se presentó a su vez y exigió ser el ejecutor de dicha misión a lo que el Patriarca accedió, mientras encomendaba otra a Milo.
Antes de marcharse, Milo pasó por el Templo de Acuario, quería encontrar una respuesta que le ayudara a entender el extraño comportamiento de Camus.
Tal vez si podía entenderlo, podría ayudarlo.
“Camus, tenemos que hablar.”
“No hay nada de qué hablar Milo.”
“Cómo puedes decir eso? ¡Mírate, estás más delgado, más pálido, no me digas que no me preocupe Iceman!”
“Así es como me ves, ¿no Milo? Para ti soy solo eso, Hielo. Creí que podías ir más allá de mi rostro, pero veo que no puedes. Nadie puede” pensó Camus mientras lo miraba fríamente.
“Camus, por favor...”
“Vete Milo, tienes una misión, ¿no? ¡Qué esperas, vete!”
“Cam—”
“¡Si tú no piensas marcharte, entonces yo lo haré! Que Atena esté contigo Escorpión Milo.” Camus salió dejando a Milo solo en el Undécimo Templo quien se sintió devastado ante el rechazo de su amigo.
Camus se mostraba más frío que nunca y Milo no podía ir más allá y darse cuenta de la realidad en los sentimientos de su amigo, ésta vez, la barrera era más grande que las veces anteriores. Lo único que sabía es que todo tenía que ver con Hyoga del Cisne. Desde el preciso momento en que Camus empezó a hablarle de sus discípulos hacía ya tantos años cuando los tomó bajo su tutela, Milo supo que ellos serían su debilidad.
Miró alrededor de la habitación; su cama como siempre, estaba impecable. No había nada fuera de su lugar, aunque cuando se fijó bien, sí lo había. Sobre el escritorio de Camus, Milo vio una caja de madera tallada de la manera más exquisita y tenía llave. Aún si él fuera tan atrevido como ver las cosas de los demás, Milo jamás se atrevería a violar la privacidad de Camus. Lo respetaba demasiado como para hacerlo. Sin embargo, en el suelo, cerca de la mesa, encontró una fotografía. Había cuatro personas en ella; una pareja con dos niños pequeños. Milo pudo reconocer a Camus como uno de ellos aunque en la foto se le veía muy sonriente. La pareja y el otro niño se parecían mucho a él, debían ser sus padres, el otro niño se veía un poco mayor que Camus pero ¿Quién era? Acuario jamás le había hablado de él.
Volteó la foto y encontró una leyenda en ella
“Marcel, Philippe et Michel,
Mon petite famille
Mon époux, mes fils
Mes grands amours
Le temps va passer, mais l’amour va rester dans notres coeurs.
Je vous aime beaucoup.
“Dioses…Michel…ese es el verdadero nombre de Camus…” Milo dejó la fotografía sobre la mesa. Cuando regresara hablaría con él.
“¿Cómo podría explicarte esto? ¿Cómo hablarte del dolor que vive en mi alma? No puedo Milo, eres muy importante para mí y no puedo perderte; no por culpa de mi pasado.”
Estaba caminando en la playa. Amaba la sensación del viento sobre su piel. El cálido viento de Grecia, que le recordaba a Philippe, tanto como le recordaba a Milo. Acuario sentía temor de abrir su corazón. El Siempre había estado solo. , Siempre por encima de los sentimientos. Nunca antes alguien había estado ahí para él—
Su nombre de nuevo—Milo.
Suspiró mientras lágrimas rodaban por sus mejillas. A pesar de su coraza, Milo siempre había estado allí para él. Siempre. Sin embargo, el miedo no lo abandonaba.
No podía decírselo, Milo lo despreciaría por eso. Por su traición. Y él no soportaría perder a su amigo.
Esta vez no soportaría más dolor.
Cuando Camus decidió entrenar a Hyoga y a Isaac, los había adoptado como a sus hijos y pese a su frialdad, siempre los había visto como lo haría un padre. Los había criado, no sólo habían crecido como Santos, sino también como personas; aunque había fallado en su propósito de hacerlos dignos de la armadura de Acuario. Jamás pudo cambiar las cosas que sus propios padres les habían enseñado antes de morir, pero algo les había quedado: luchar por lo que se cree. Aún a costa de su propia vida.
Isaac había muerto. Creía en Hyoga y murió por él.
Philippe había creído en él y también estaba muerto. , aunque—
Hyoga creía en la falsa Atena y moriría por ella.
Se sentó en la playa muy cerca al mar. Estaba descalzo y el agua tocaba sus pies.
“Es hora Camus, es hora que lo olvides y sigas adelante. Ya es hora.” Pensó.
Se perdió en el paisaje ante sus ojos.
“Puede que sea el momento, pero no estoy listo. Todavía no.”
Esa noche, Camus regresó muy tarde a su Casa.
Varios días después, Milo había regresado de una misión exitosa. La Isla de Andrómeda estaba destruida y el traidor de Albiore muerto. Aunque esa muerte le representaba demasiadas dudas, las cuales ya tendría tiempo de resolver. Por lo pronto, había un enemigo menos para el Santuario.
Entró en su Templo y dejó sus cosas por ahí; no quería pensar en nada distinto a descansar. El Patriarca lo había llamado para el día siguiente, así que el resto del día era todo suyo.
Se duchó rápidamente y sintió un hambre atroz, cuando llegó a la cocina a prepararse algo de comer, encontró a Camus esperándolo.
“¿Cómo pudiste, Milo?” le dijo enojado
“Hola Cam, ¿Cómo estás? El viaje estuvo muy bien, la misión está terminada, ahora, ¿De qué demonios me estás hablando?”
“¡Estuviste mirando mis cosas privadas, no lo niegues, Milo!”
“Lo siento, pero no sé de qué hablas.”
Milo se sentó en la cocina, estaba cansado y preocupado por tantas cosas que la sensación era ya de por sí embargadora y ahora con éste reclamo de Camus, parecía no mejorar.
“La otra noche cuando te dejé en mi Templo, husmeaste entre mis pertenencias y viste cosas de las que yo no quería que supieras.” Camus también se sentía muy cansado. Cuando llegó esa noche a su casa, había encontrado la fotografía sobre la mesa, él estaba seguro que la había guardado. Ahora se sentía traicionado.
“Necesito que me digas que no lo hiciste, que no tomaste la fotografía, que aún puedo confiar en ti, Milo” Su voz se rompió y su fría máscara ya no estaba.
Camus de Acuario estaba llorando.
“Cam, Yo encontré una fotografía en el piso, eso es todo. No abrí nada, ni husmeé entre tus cosas, Jamás lo haría. Me conoces demasiado bien para creer eso.”
“Yo lo maté, Milo.”
Milo se le quedó mirando atónito, viendo correr las lágrimas por sus mejillas.
“¿De qué hablas Camus? Todos hemos asesinado a alguien...¿De quién hablas?”
Camus respiró profundamente y lo miró a los ojos.
“Yo asesiné a Philippe.”
“Asesiné a mi hermano.”
Era la primera vez que Camus se abría de tal manera con él y ahora entendía por qué jamás lo había hecho. Milo sólo podía imaginarse lo que su amigo estaría sintiendo, y sin embargo, sabía que se quedaba corto en sus apreciaciones.
“Ven conmigo, nos sentaremos, tomaremos algo de vino y podrás contármelo todo.”
Milo caminó con su amigo hasta la estancia y allí Camus se sentó mientras él traía una crátera de vino y dos copas. Su amigo lucía devastado y por primera vez, Milo vio un profundo dolor en sus ojos, algo que él hubiera querido no haber visto jamás. Cuando regresó, se sentó frente a él y sirvió el vino en las copas, podía escuchar a Camus sollozar y su corazón le dolía. No sabía qué hacer o qué decir para ayudarle, y sentía el pecho oprimido.
“Muy bien. Soy todo oídos.”
Milo sonrió levemente. Quería mostrarle a su amigo que todo estaba bien, pero la expresión en el rostro del otro no cambió. De hecho, cuando Milo le entregó su copa, Camus la tragó de un sorbo.
Camus lo miraba. Sabía que su amigo quería darle fuerzas, pero la verdad era que no tenía ningún efecto en él. Ya lo había dicho. Había asesinado a su hermano. Ahora, ¿cómo contarle la historia a Milo?
“Camus...Camus...Michel!” Milo lo sacudía, una mano suave y cálida sobre su hombro. Acuario lo miró extrañado. Hacía mucho que Milo no lo llamaba Michel. Que alguien lo llamaba así.
“Philippe era mi hermano mayor.” Comenzó, si quería sacarse ese dolor del pecho, tendría que dejar de dar tantas largas. “Nuestros padres querían enviarnos al Santuario para convertirnos en Santos de Atena, pero nuestro maestro, Nivoe, nos llevó directamente a Siberia.” Suspiró. “Nuestros padres murieron unos cuantos meses después, pero nos enteramos años después de lo que había pasado. Philippe quería ser un Santo, lo deseaba con todo su corazón; yo sólo quería estar con mi hermano. Él era lo que yo quería llegar a ser.”
Milo se removió en su asiento, alentándolo para que continuara.
“Nuestro entrenamiento era realmente duro. Nivoe era una buena persona, pero era tan o más frío de lo que tu me ves.”
“‘Recuerden Ustedes dos, Los maestros del Hielo deben ser como el hielo mismo!’ Nivoe solía decirnos, aunque yo nunca entendí muy bien lo que quería decir. Quise renunciar a todo tantas veces...tantas...pero Philippe siempre sonreía animándome a continuar.”
“Siempre pensé que él iba a ser el Santo de Acuario, no yo.”
Sus lágrimas se secaron sobre su rostro pero ya no estaba tan frío. Su rostro mostraba—alivio. Milo continuó bebiendo su vino en silencio, mirándolo fijamente, reparando en sus expresiones con cuidado.
“Creo que necesito esto” dijo Camus mientras tragaba un nuevo vaso de vino. Se sirvió otro e hizo lo mismo.
“Para ya; vas a terminar ebrio” Milo lo miró comprensivamente. “Continua.” Dijo moviendo la mano que aún tenía libre.
Camus suspiró e hizo como Milo le había dicho. El se había metido en ese problema y tenía que resolverlo.
“Tienes razón.” Aclaró su garganta y continuó. “Los años pasaron. Mi hermano y yo crecimos, mientras el momento de obtener la armadura había llegado. Aquel que ganara esa mañana, sería el que fuera llamado el Santo de Acuario. El otro obtendría la Armadura de Cristal y se convertiría en Santo de Plata.”
“Mi hermano era muy poderoso, mucho más de lo que yo era. Cada vez que él me atacaba no podía detenerlo y como resultado, salí bastante herido; y yo ni siquiera le hice un rasguño. Él era demasiado para mí. Yo estaba petrificado del miedo...mientras que él estaba tan calmado. Yo estaba en el piso cubierto por mi propia sangre cuando escuchamos la voz de Nivoe.”
“‘Mátalo Philippe. Acaba con Michel. ¡Ahora!’ Nivoe gritó.
Philippe me miró, sus manos estaban en la posición para la Ejecución de Aurora, Yo lo miraba fijamente, muerto del miedo cuando él se quebró.”
Milo lo miraba comprensivamente, mientras Camus gesticulaba y hablaba como nunca lo había visto antes.
“Mi hermano estaba llorando, sus brazos caían a ambos lados de su cuerpo.” Camus manoteaba mientras miraba fijamente al Escorpión. “Estaba llorando Milo. ¿Puedes imaginar cómo me sentí? ¿Cómo me sentía de miserable viéndolo en ese estado?” Se llevó las manos al rostro.
“‘¡No puedo!’, Gritaba Philippe. ‘¡No puedo matarlo, es mi hermano, no puedo hacer tal cosa!’
“‘¿Estás sintiendo compasión Philippe? ¿Sientes piedad de tu enemigo?’ Nivoe le dijo, mientras se acercaba a nosotros, ‘Escúchenme muy bien los dos: Sus sentimientos son su fuerza pero también su perdición, sin embargo, la única verdad es que no pueden dejarlos interferir o Ustedes estarán muertos como Guerreros. Serán asesinados. Michel pudo haber acabado contigo en medio de tu irracional y lamentable demostración de tu poca comprensión de las enseñanzas que te he dado en todos estos años, Philippe.’
Yo los escuchaba Milo...los veía. Philippe lloraba inconsolable, mientras Nivoe lo miraba impasible aunque podía decir que se sentía decepcionado. Él también esperaba que Philippe obtuviera la armadura, aunque jamás nos trató de forma diferente. En ese momento juré que nunca me vería en una situación similar de nuevo. Si él tenía que acabar conmigo, no se lo dejaría tan fácil. Regresamos a la casa y no hablamos en lo absoluto, Nivoe se había quedado afuera en la nieve meditando y yo decidí ir a espiarlo, sentía una necesidad terrible por hacerlo.
Lo que vi me dejó más que sorprendido. Mi maestro estaba allí, en medio de la nieve, pero había perdido todo rastro de frialdad. Lucía calmado y lleno de paz. Era...adorable. Justo como tu te ves cuando estás en la Cascada.” A cada palabra, Milo sabía que Camus se abría más.
Ambos amigos sonrieron, aunque el Escorpión no pudo evitar sonrojarse. Pero no quería quedarse en el cumplido, así que le pidió que continuara.
“Cuando yo veía a mi hermano meditando, jamás vi esa expresión en él. Jamás vi lo mismo que en mi maestro.”
“Sin embargo, yo he visto eso en ti Cam. Muchas veces de hecho.” Y tomó otro trago de vino, mientras notó que Camus le miró dulcemente al tiempo que seguía con su relato.
“Regresé a la casa y encontré a Philippe durmiendo, yo me quedé despierto hasta que mi maestro llegó; había casi amanecido.
‘¿Qué haces despierto a estas horas Michel?’
‘Te estaba esperando, Maestro’
‘Deberías estar durmiendo, como tu hermano’
‘Enséñame’
‘¿De qué hablas?’
‘Enséñame. Te vi. Esa paz viniendo de ti...Hay más que no nos has enseñado... Necesito—necesito aprender cómo lograrlo. Enséñame, Maestro’
Mi maestro me miró con tristeza.”
‘Encuentra la respuesta por ti mismo, Michel. Todo lo que tenía para enseñarte, ya te fue entregado y también a tu hermano. El resto depende de ti.’
Me dejó allí lleno de rabia por su respuesta y su negativa y mi corazón doliendo por mi hermano. Cuando me fui a la cama estaba tan mareado por todo lo que había pasado el día anterior, que no desperté hasta la mañana siguiente. Nunca hablamos sobre ese asunto de nuevo. Nunca. Pero sabía que me estaba vigilando muy de cerca.
Philippe y yo seguimos entrenando. Él se esforzaba más que antes y lo mismo hacía yo. En la noche, yo iba al lugar donde había visto a mi maestro meditando e imitándolo empecé a hacer lo mismo; pero mi espíritu no estaba nada calmado, todo lo contrario.
Una noche, una voz dentro de mí me dijo ‘¿Por qué estás tan molesto Michel, Por qué?’
Creo que esa voz me cambió. A partir de ese momento, cada vez que meditaba lo hacía en el por qué de lo que había sentido durante el día. De esa manera, las emociones y los sentimientos dejaron de guardar secretos para mí y simplemente empecé a comprender.
Nivoe nos citó una mañana diciendo que el momento había llegado y que la lucha por las armaduras se desarrollaría de nuevo, que no había motivos para esperar más. Si nos hubieras visto Milo...esa mañana luchamos como nunca antes lo habíamos hecho pero el resultado fue muy diferente. En esta ocasión era mi hermano quien estaba en el suelo y yo en la posición de la Ejecución de Aurora.
‘Acaba con él, Michel.’
‘No.’
La mirada de mi maestro era inquisidora, me taladraba el alma...
‘¿Por qué? ¿Sientes compasión por tu enemigo, piedad, acaso?’
‘No.’
Philippe lloraba de nuevo, pensó que yo—” Camus suspiró buscando fuerzas para seguir, la mano de Milo en su hombro se las dio.
“‘No es compasión, ni piedad Maestro. No voy a acabar con él, porque esa es mi decisión.’
‘¿Tienes dudas en tu corazón, Michel?’
‘Ninguna. Aprendí lo que tenías para enseñarme. Tomo mis decisiones basado en lo que siento y en el por qué de mi sentir. No hay remordimientos, no hay pesares. Así, mis sentimientos no interfieren. Estoy por encima de ellos.’
Recuerdo que lo vi sonreír, de una manera que me llenó de tranquilidad. La armadura de Acuario se desensambló de su cuerpo cubriéndome, mientras que la armadura de Cristal salió de entre la prístina nieve de Siberia y cubrió el cuerpo de mi hermano.
‘Bienvenido a tu nueva vida, Camus, Santo Dorado de Acuario.’
‘Bienvenido a tu nueva vida, Cristal, Santo de Plata.’
El ritual pronto terminó. Regresamos a la casa a recoger nuestras cosas, yo debía venir a Grecia. Philippe entró a la habitación conmigo, quería que me dijera tantas cosas, que me abrazara y se sintiera feliz por mí...
‘¿No me dices nada hermano?’
‘Felicitaciones, Camus, Santo de Acuario.’
No podía dar crédito, para él ya no era Michel, era el Santo de Acuario. Y sentí que el mundo tal como lo conocía, moría en ese preciso momento.
‘Pero Philippe—’
‘Philippe murió a tu mano está mañana durante la batalla. Ahora soy Cristal, Santo de Plata y tu subalterno.’
Lo miré y comprendí, muy a mi pesar. Había rencor en sus palabras aunque no había perdido su sonrisa. Y tenía razón en todo lo que había dicho. Yo había asesinado a mi hermano para que el Santo de Plata naciera. El conocimiento que recibí, me costó más de lo que estaba dispuesto a pagar. Dejé mis sentimientos de lado y asentí. Luego, recogí mis pertenencias y me marché. Sólo volví a verlo cuando decidí entrenar a mis discípulos y él se encargaba de ellos mientras yo estaba en Grecia. Jamás volví a tratar con mi hermano a excepción de en fotografías, a ellas les hablo en la lengua de nuestros padres y por eso las conservo como un tesoro de mi pasado. Ahora ya no puedo ni hablar con Cristal, su existencia terminó debido a que era demasiado bueno, demasiado honorable, para la guerra que se avecina. Si yo no hubiera sido tan insistente con eso de “aprender”, él habría sido el Santo de Acuario y no estaría muerto. Así fue que asesiné a mi hermano y perdí lo que más amaba en el mundo. Ahora Hyoga también se encuentra en medio de esta guerra y tendré que hacer lo mismo con él; Acuario necesitará un sucesor algún día, y sólo puede ser él, y si no es digno entonces morirá definitivamente.”
“Camus—”
“Es cierto Milo,” dijo interrumpiéndole, “Isaac murió, lo sabes. Hyoga es el último de la Casa de Acuario y algún día tendrá que sucederme, pero tiene muy arraigado sus sentimientos hacia la memoria de su madre, y eso será su perdición. La tradición de Acuario debe continuar si queremos servir a Atena como es debido.” Puntualizó, sintiendo que aunque era cierto lo que había dicho, Hyoga era quien siempre terminaba por mostrarle que tal vez estaría equivocado, aunque el joven jamás lo supo.
Milo quería hablarle, decirle tantas cosas, pero fue interrumpido de nuevo. Un lacayo del Patriarca llegó a avisarles que la Falsa Atena estaría en el Santuario el día siguiente y que la contienda de las Doce Casas comenzaría. Ambos Santos suspiraron.
“Milo, quiero pedirte un favor... si Hyoga llega hasta tu Templo, prométeme que tendrán una lucha justa y que no lo matarás.”
Milo lo miró sorprendido pero no se atrevió a juzgarlo. No quería hacerlo.
“Tu hermano fue tu fortaleza, ahora, tu alumno es tu debilidad.” Lo dijo más como una afirmación que como un interrogante.
Camus asintió. Aunque no le agradaba la manera en que Milo podía ver en su interior, sintió que un peso era liberado de sus hombros y la tranquilidad de saber que su amigo lo entendía.
“Tu discípulo tendrá una lucha justa Camus. Te lo prometo.”
Él simplemente sonrió. Todo estaba dicho y hecho. Milo pudo notar el alivio en su alma y en su corazón.
“Tu secreto está salvo Camus. Ahora, ve a descansar y que Atena te proteja.”
Ambos amigos se despidieron con un fuerte abrazo aunque Milo tenía su corazón oprimido. La sonrisa de Camus fue más especial que todas las veces anteriores. Más que en años de conocerse, y un mal presentimiento lo embargó. La Batalla de las Doce Casas estaba a sus puertas y ya no había marcha atrás. Para ninguno de ellos.
La batalla había terminado finalmente, pero sus consecuencias fueron funestas. Al menos eso pensaba Milo al entrar al Templo de Acuario y ver el cuerpo de su amigo en el frío suelo del lugar. Cómo hablarle, cómo decirle que con él se habían muerto sus ansias de lucha. Cómo explicarle que fue lo más cercano que tuvo en el mundo y que daría su propia vida mil veces, solo por poder verlo sonreír. Por poder verlo vivo.
Miró el rostro de su amigo, por última vez, antes que le apuraran para llegar al Templo de Atena y reencontrarse con la verdadera Diosa. Se veía—en paz, como Camus era en realidad y tuvo que buscar en lo más profundo de su ser la fuerza suficiente para continuar y no romperse a llorar allí mismo, ante la pérdida de todo lo que él tenía.
Pero tuvo que abandonarlo allí y presentarse ante su Diosa y honrar la armadura del Cisne con su sangre. Si Hyoga había sido la debilidad de Camus, entonces él, Milo del Escorpión, le daría la fuerza para que cumpliera con su papel como Acuario, y honrara a su maestro. Para que fuera digno de él.
Los cuerpos fueron llevados a la Cámara de los Caídos, lugar reservado para aquellos que habían muerto por Atena. Allí, Milo se despidió de su amigo. Ahora él velaría porque el legado de Acuario se mantuviera. Y la memoria de Camus nunca muriera.
“Encuentra la paz final en Eliseo. Encuentra a tu hermano y dile en muerte lo que jamás pudiste decirle en vida. Seas bendito Michel y que tu alma viva para siempre. Adiós Camus. Adiós amigo mío.”
Ariadne, Febrero 2004