A Anita
Futuro
Fue en una fresca mañana de verano en que hablaron por primera vez. La verdad, Shaka de Virgo no se había preocupado mucho por los santos de bronce y mucho menos por uno que estaba tan poco relacionado con él. Sin embargo, el tiempo y las largas conversaciones que se sucedieron; más la insistencia del Santo del Dragón, hicieron que su perspectiva acerca de ellos y de su cercanía con la Diosa cambiaran radicalmente.
En un principio, Shaka había pensado que Shiryu era un demente. Las historias decían que siempre terminaba sin ropa o ciego, lo cual le resultaba por demás curioso. Shiryu, por su parte, se había limitado a tratar de explicarle que el cosmos nacía desde el alma, no desde la armadura, lo cual Shaka comprendía totalmente; pero—de nuevo venían a su cabeza los comentarios insistentes de todo el mundo al respecto.
Fue la manera como Shiryu se lo dejó claro lo que hizo que Shaka temblara al recordarlo.
El otoño ya daba paso al invierno que aunque poco notorio, empezaba a entrar en la región y eso había apaciguado el calor constante de los meses anteriores. Fue en esa noche que Shaka invitó a Shiryu a su templo. Sus conversaciones ya no sólo se limitaban al cosmos y a Atena como en un principio. Ahora, también tocaban temas como sus ya inexistentes familias y sus costumbres. Shiryu se había mostrado muy interesado en la tradición religiosa que Shaka seguía. Indio de nacimiento, lo más natural—o al menos eso pensaba Dragón—era que Shaka fuera Hinduista; pero todo indicaba que Shaka era Budista. Su mismo nombre incluso lo delataba. Sin embargo, el hombre servía a una Diosa Griega.
‘¿Qué es lo que aún no puedes entender al respecto, Shiryu?’ Había preguntado Shaka esa noche, mientras caminaba de un lado al otro buscando unas copas donde servir el Lassi que uno de sus discípulos le había traído desde la India.
‘¿Creo que lo mismo que tú no has podido entender sobre mí y mis batallas, Shaka.’ Le había respondido el otro serenamente. Luego, el silencio se había hecho presente y por unos instantes ambos se quedaron ensimismados.
La trivialidad de las conversaciones había dado paso a un entendimiento del que apenas si se estaban dando cuenta que existía. En realidad, pensaban cada uno por su parte, que no había nada que comprender. Cada uno actuaba siguiendo los dictámenes de su corazón y de su conciencia y eso para el otro bastaba.
‘¿Por qué mantienes tus ojos cerrados?’ Había preguntado Shiryu quedamente. Sus ojos se mantuvieron fijos en el vaso de Lassi que tenía enfrente, ‘cuando yo perdí la vista…creí que mi vida había terminado. No sé como Sunrei y el mismo Maestro me aguantaron.’
¿Había sido tristeza lo que Shaka había detectado en su voz?
Shaka se había quedado callado. Esta vez no había sido un instante, todo lo contrario. “La falta de vista,” había comenzado a decir él, “al igual que la falta de conciencia, van en el espíritu de la persona; hay gente que lo tiene todo enfrente y no ve nada. Habemos los que necesitamos buscar en nuestro interior sin distracciones del exterior. Y hay los que como tu, no pueden creer las bendiciones que han recibido y que además las cuestionan.”
“¡Pero…!”
“No importa si tenemos los ojos abiertos o cerrados, la divinidad debe buscarse en todo a nuestro alrededor, dentro y fuera, Shiryu.”
La conversación había terminado ahí, pero la búsqueda de respuestas en el otro no había terminado hasta mucho tiempo después.
Ahora, para Shaka, estar muerto significaba que había perdido su batalla contra sí mismo y que en ese camino había ganado su divinidad. Al seguir la senda de Buda, le había servido a su Diosa y Hades había podido ser derrotado. Ahora, sentado en la Fuente del Olvido, en su camino hacia Eliseo, se preguntó qué sería del futuro de Santuario y de sus guardianes. Para aquellos que como él seguían las enseñanzas de Buda, la muerte no era más que una transición entre una vida y la siguiente. No sentía miedo por sí mismo, pero el pensar en Santuario le traía desosiego a su alma.
Sentado en el borde de la fuente del Olvido, el hombre miraba el agua con cierto grado de interés. Tenía entendido que era el lugar donde los muertos olvidaban su vida terrestre, sin embargo, lo que le mostraban, parecía más bien ser el futuro. Shiryu se presentaba ante él, sentado en la cascada de Rozán, meditando con los ojos cerrados, su armadura divina vibrando al unísono con su espíritu en el fondo de la cascada.
Había sido mucho mayor el número de cosas que le unían a Shiryu de alguna manera. Y le admiró. Si Shiryu seguía de esa manera, buscando lo divino de sí mismo, seguramente sería capaz de seguir sirviendo a la divinidad misma.
“Shaka, es hora de irnos.” Dijo Aioria en el fondo, invitándole a que les acompañara en su camino a Eliseo. El hombre asintió, sonriendo con tranquilidad. “¿Pasa algo?” preguntó el León intrigado, al ver emociones en su rostro.
“Nada, Aioria. Es solo que el equilibrio entre Oriente y Occidente, y entre lo humano y lo divino, se mantiene.”
El león dorado levantó sus hombros sin comprender qué era lo que el otro decía, mientras el pequeño Buda le seguía de cerca.
Santuario, estaría salvo.
Ariadne, 2005