A Kamus e Hyocam. Por la amistad
Intimidad
Atena jamás se había pronunciado acerca de las relaciones entre sus caballeros. De todas maneras, fueran estas conocidas por todos o no, la Diosa sabía de ellas. Siempre, el silencio del frío mármol había guardado los secretos de alcoba que sólo los amantes pueden compartir. Siempre, ese mismo mármol, había develado esos mismos secretos para aquella que les había dado vida. Sólo ella, Atena, podía romper su silencio y penetrar en lo que estaba oculto. Por eso ahora, no le sorprendía lo que su cosmos percibía.
Un hijo de Escorpio y un hijo del eterno viento frío, se unían—de nuevo.
La mujer cerró las puertas tras de sí. Replegó su cosmos de manera que se concentrase en su cámara y decidió dejar que cada quien asumiera sus actos.
A fin de cuentas, el libre albedrío era un asunto de humanos; no de Dioses.
En Acuario, el mármol era empañado por la transpiración de los cuerpos y el vaho causado por la respiración entrecortada de quienes se encontraban en el lugar. Kamus gemía quedamente mientras se permitía sentir a Jabu hasta el límite de sí mismo. Ahora no existían las presiones de los demás, ni los rangos. Ni siquiera el hecho de que ambos fueran hombres.
Jabu seguía sentado sobre sus piernas, mientras sostenía a Kamus por la cintura. Su pecho sudoroso se acoplaba perfectamente a la espalda del otro mientras le abrazaba por detrás y retiraba el estorboso cabello que no les permitía sentirse más de cerca.
“Kamie.” Susurraba el Unicornio en el oído del otro, mientras sus movimientos se hacían más frenéticos y el clímax les sobrevenía indefectible y único. Siempre era diferente entre ellos. Ya no existía el pasado y mucho menos el futuro. Sólo el presente y la mutua compañía que se prodigaban.
Cayeron sobre el lecho. Las caricias sucediéndose; dando paso al descanso y a un momento más íntimo.
El hombre mayor tomó en sus brazos al más joven, a la vez que recorría su fino rostro con sus temblorosos dedos. Kamus buscó formar con sus labios las palabras que tal vez podrían expresar aquellos que sentía, pero Jabu le detuvo, sellando sus labios con su índice.
Kamus sonrió cómplice. El hablar estaba de más cuando los sentidos estaban exaltados.
Ariadne, 2005