Empezar de Nuevo
Hacía meses que no los veía. Meses que se había alejado de sus “hermanos” para poder curar sus heridas. Ahora, los amaneceres eran distintos. Su vida era distinta. Reencontrarse con su pasado en la Isla de Khan, le enseñó a amar el futuro que tenía enfrente con una pasión desconocida.
Shun, su hermano, su luz. Había pasado tanto tiempo. ¿Cómo estaría? ¿Habría cambiado mucho? Dioses, cómo extrañaba su sonrisa. Él era el único capaz de sacar lo mejor del Ave Fénix. Sólo él. ¿Y los demás? ¿Cómo estarían ellos? Seiya, Shiryu, Saori, Hyôga. En las últimas semanas cada vez que pensaba en ellos, su corazón saltaba de alegría. Ahora ellos también alegraban su vida. Jamás lo diría, por supuesto, pero su sentimiento era tan real como su nueva vida.
Al llegar a la entrada de la mansión Kido, sintió su corazón latir muy rápido. Era una ansiedad desconocida para él. Hasta que finalmente entró. La mansión estaba vacía, sola, lo cual no se esperaba, pero tampoco le importó. Sólo quería ir a la que alguna vez fue su habitación para descansar. Entró en la casa y la encontró a oscuras.
“¿Quién anda ahí?”
Escuchó una voz a sus espaldas, una voz fría y segura, que le sorprendió, después de ver la casa vacía, no esperaba encontrar a alguien.
“¿A quién le interesa?”
“¿Ikki?”
“¿Hyôga?”
Ambos jóvenes se quedaron callados, de repente Hyôga encendió la luz y se iluminó la habitación e se dio cuenta que estaba en el salón principal. Al cambio de luz Ikki tuvo que cerrar sus ojos, pero cuando los abrió pudo ver bien a su amigo. Recordando que cada vez que se encontró a solas en la isla, durante los últimos meses, y pensaba en su hermano, no podía evitar pensar en el ruso también. Había cierta conexión entre su hermano y Hyôga. Entre él y Hyôga. El ruso lucía cansado y tenía su pelo revuelto, tenía una camisa azul fuerte, sin mangas y jeans negros, además estaba descalzo. Parecía que se había quedado dormido allí mismo, lo cual le daba un toque extraño que le hacía lucir muy bien. Muy bien.
“Bienvenido,” dijo mientras bostezaba” Perdona pero no te esperábamos. Shun y los demás están en China con Shiryu.
“¿Por qué no fuiste?...Pato”
“No quise” contestó “Y no me llames Pato.”
Cómo lo sacaba de quicio el estúpido del fénix. ¿Por qué habría vuelto? Hacía meses que no sabían de él, y ahora de repente se aparecía. Típico. Qué largo iba a ser estar con el insoportable de Ikki. De pronto se quedo viéndole. Acababa de sentarse en una de las sillas individuales. Se veía tan tranquilo. Su mirada era distinta. ¿Cuántas veces se había quedado mirándole solo para tratar de descubrir qué pasaba en su interior, y ahora veía esto? ¿Qué le habría pasado a Ikki?
“¿Ya comiste?”
“No”
“¿Te traigo algo?”
“¿Y es que ya cocinas, Ruso?” Disfrutaba demasiado el poder molestarlo.
“No, pero soy excelente para pedir comida por teléfono.”
Después de un rato, Ikki se sentía mucho mejor. Estaba en lo más cercano a un hogar que conocía. Y además, con la persona más cercana a su hermano.
“¿Por qué fueron a China?”
“De visita. Shiryu quería que pasaran el verano allí.”
“¿Y por qué no fuiste?”
“Tenía asuntos pendientes aquí”
“¿Trabajo o amor?
“Ambos, tal vez” Amor al trabajo diría yo, pensó Hyôga.
“Oops, lo siento; no quería incomodarte.”
“¿Ahora pides disculpas? Si que estás raro Ikki. Eres amable, te disculpas. ¿Te caíste y tu cerebro se dañó o qué? Mi amor es mi trabajo, no tengo tiempo para más” ‘y ahora, ¿por qué le doy explicaciones?’ se decía a sí mismo.
“Estoy cansado. Si no te molesta me voy a mi cuarto. Gracias y hasta mañana, Hyôga.” Hyôga solo pudo asentir. Si eso era lo que quería, bien. Sabía que Ikki era de pocas palabras y menos explicaciones, y al parecer ya las había gastado todas. Ahora era oficial, algo le pasó a Ikki durante su ausencia. Le dio las gracias, lo llamó por su nombre. Confirmado, algo muy, muy, extraño había pasado.
Después de instalarse en su cuarto, Ikki durmió mejor que en años. Se sentía, digamos, feliz. Como hacía mucho, mucho tiempo no se sentía. Lo extraño era que en sus sueños estaba riendo a carcajadas con Hyôga a su lado. Y aunque no lo odiaba, tampoco era su preferido. Al final, se rindió y se rió del sueño mismo. Lo que no podía imaginarse era que en una habitación, a unos pasos de la suya, el ruso también soñaba con él. Y también sin saber por qué.
La mañana llegó y ambos caballeros se encontraron en la cocina. Al ‘ver’ que el otro no iba a preparar el desayuno, ambos decidieron hacerlo al mismo tiempo.
“¿Vas a prepararlo tú pajarraco?”
“No, hazlo tú pato. Eso sí, cuidado y me envenenas, ¿ok?”
Hyôga solo pudo reírse para sus adentros. Ikki sí había cambiado pero no tanto. Ahora si no le importaba contestar igual que siempre. Y bueno, qué más daba, tenía compañía. Cuando estaba sirviendo, su mano tocó accidentalmente la de Ikki, quién le ayudaba sosteniendo los platos. Esto confundió al cisne sobremanera. Fue como un corrientazo eléctrico. Pero le gustó la sensación. Ya luego pensaría en eso, se dijo, por ahora a desayunar en paz con el Fénix. Por primera vez.
El día llegó y terminó tranquilo. Ikki, por supuesto no hizo nada, mientras que Hyôga se fue a su trabajo en la fundación. En la noche cuando llegó, encontró de comer, y muy delicioso por cierto, pero no encontró a Ikki. Se duchó, se vistió cómodamente y salió al balcón de su habitación; desde allí pudo ver a Ikki acostado en el pasto, al parecer mirando la luna llena.
Hyôga bajó pero Ikki no estaba mirando la luna como él creyó, sus ojos estaban cerrados, se sentó a su lado. Se quedó mirándolo. Ikki era bastante apuesto. Mucho. Pero qué piensas, Cisne, se regañó a sí mismo. ‘Si se da cuenta te mata’. Hyôga recordó entonces como le gustaba quedarse viéndolo todo el tiempo cuando el ‘pajarraco’ se quedaba en la mansión. También recordó lo mucho que le gustaba verlo reír cuando estaba al lado de Shun.
“Un centavo por tus pensamientos Ruso.”
“¿Disculpa?”
“¿Estás bien? De pronto palideciste.”
“Sí no te preocupes, gracias por la comida.”
“Está haciendo frío, mejor entramos.”
Ya habían pasado varios días desde la llegada de Ikki. La convivencia entre los dos muchachos no había sido tan terrible después de todo. Los demás volverían pronto. El verano ya estaba terminando, y el otoño entraba bastante frío. En una de esas noches, Hyôga llegó a la mansión y encontró a Ikki junto a la chimenea, jugando con el fuego de ésta y con su cosmos.
“¿Ocupado?”L Ya no había hostilidad cada vez que se dirigían la palabra
“Un poco,“ y se rió a carcajada limpia. Igual que en mi sueño, pensó.
“Ikki, ¿puedo preguntarte algo? Desde que llegaste has estado bastante raro, ¿Por qué?”
Ikki perdió su mirada en el fuego. No podía simplemente mirar al ruso y decirle que se sentía en paz consigo mismo y su pasado. Que ya no era el mismo. Que por fin podía dormir en paz y que en sus sueños era precisamente él su compañía.
“Sólo arreglé cuentas conmigo mismo, y digamos que ya no me debo nada.”
“Oh, era eso. Me alegra.”
Sin embargo Ikki no pudo contenerse. Lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Hyôga nunca lo había visto llorar. Se sentó a su lado y lo abrazó. Se sentía tan bien estar en sus brazos, recostado en el pecho de Hyôga. Al estar así, sintió el crucifijo de Hyôga y se retiró
“Ikki, yo…lo siento”
“No es eso Hyôga, ya te lo dije, arreglé cuentas conmigo. Ahora debo hacerlo con Ustedes.”
De repente Ikki estaba hablando como si fuera su única oportunidad de hacerlo. Le habló a Hyôga de su niñez, de Shun y su amor por él, de su entrenamiento, de Esmeralda y su maestro, de él mismo, y luego de cada uno de ellos, Shiryu, Seiya, Saori. Cuando le tocó su turno, Hyôga se sonrojó. Ikki relató con detalle cada momento que habían compartido, buenos y malos.
“Siento mucho lo de tu madre”
“¿Por qué lo mencionas?”
“Porque quise usar el recuerdo de ella para hacerte daño. Si alguien hiciera eso conmigo, lo mataría.”
Ahora ambos se encontraban muy cerca el uno del otro. Hyôga por fin había comprendido al otro chico. Se estaba exorcizando. Parecía que quería comenzar con su vida de nuevo. Manteniendo lo bueno de la anterior y era evidente que ellos, su familia, era algo que Ikki quería conservar. Ambos suspiraron. Todo había sido dicho. Finalmente, los dos se miraron fijamente. Ikki se veía relajado, como nunca antes, de hecho parecía feliz. Fue ahí cuando Hyôga inclinó su rostro sobre el otro y lo besó. Delicado y fuerte. Frío y cálido. Ikki no se retiró. Ese beso le estaba dando más paz que el hablar hablado hacía tan solo unos momentos. Rápidamente atrajo a Hyôga hacía sí y lo besó con pasión. Éste último dejó que su cuerpo respondiera por él.
“Ikki... yo...”
“No sé que nos pueda traer esto Hyôga, si lo aceptamos y nos dejamos llevar, pero quiero empezar de nuevo. Y estos días contigo me enseñaron a valorarte mucho más.”
“Pero ambos somos hombres...”
“Yo siento algo por ti y no es por que seas hombre Hyôga, es por tu ser, por lo que eres. Pero tienes razón. Perdóname.”
Y poniéndose de pie, se fue a su cuarto. Segundos después su puerta se abría para darle paso a Hyôga.
“¿Lo que sientes por mí?”
“Apenas lo estoy descubriendo, pero me gusta lo que siento”
“Pero...”
“Ni creas que lo voy a repetir”
“Jamás te pediría eso”
Y acercándose lo tomó por el cuello y lo besó de nuevo.
“¿Pero qué haces?” preguntó Ikki
“Tienes razón, tu ser hermoso, tanto como tu exterior, y créeme, ambos me agradan mucho.”
Otro beso los unió. Más honesto, más apasionado. Pronto estaban en la cama. Sus ropas estorbaban. Ambos jóvenes. Ambos vírgenes. Ambos hombres. Pero el amor que empezaba a nacer pudo más que la vergüenza y el pudor. Esa noche un nuevo fénix renació de sus cenizas, mientras un hermoso cisne blanco se posaba a su lado para quedarse a su lado para siempre.
La mañana, los sorprendió aún abrazados. Pero había algo diferente. En sus rostros se reflejaban sus sentimientos, y al parecer se sentían bien al respecto.
“Buenos días”
“Mm.”
Un beso lo terminó de despertar.
“¿Y ahora qué va a pasar?” preguntó Hyôga
“No lo sé. Sólo sé que si estás conmigo, podré enfrentarlo. ¿Que te parece eso?”
“Me parece muy bien. Ya veremos más adelante qué pasa”
Ambos amantes, ahora también amados, se fundieron en un nuevo beso. Ya se preocuparían por los otros después. Por el momento sólo existían ellos, la casa era toda suya. Se darían su tiempo. Se descubrirían. Ya se enfrentarían al resto en su momento.
* * *
El otoño avanzaba y los que estaban en China parecían no querer regresar pronto. Aún después que por una llamada Shun se enterara que su hermano había regresado, los demás se las habían arreglaron para que se quedara con ellos, estaban demasiado a gusto; así que Hyôga e Ikki tuvieron más tiempo para ellos.
Extrañamente, Ikki y Hyôga habían logrado una armonía perfecta. Ikki por ‘órdenes’ de Saori, había comenzado a trabajar en la Fundación, por supuesto ayudado en un principio por los abogados y asesores de lugar. Aunque Hyôga estuvo más que dispuesto a ayudarle desde el minuto que fueron informados. Todos en la Fundación estaban asombrados por el desempeño de los “Hombres de confianza” de la Señorita Kido. Seguros, asertivos, aplomados, pero sobre todo atractivos. Todos y todas suspiraban en las mañanas cuando les veían llegar en el auto que la Fundación había puesto a su disposición. Llegaban vestidos en sus trajes, sus portafolios en sus manos y saludaban a todos de forma amable, siempre con una sonrisa en los labios.
Unos meses atrás había sido Hyôga, con su imponente belleza tan extraña en el Japón quien había causado sensación. Cuando empezó a trabajar allí, todos se fijaban en él, y eso le parecía un poco molesto, pero ahora, todo tomaba una dirección un poco diferente. Ikki estaba a su lado y a él le costaba mucho jugar al tonto cuando todos querían comerse a Ikki con la mirada mientras él se tenía que guardar sus sentimientos. Sus deseos.
Pero Ikki era en realidad algo digno de admirar. Un adonis de esta época que le quitaba el aliento a todos; especialmente cuando se ponía sus trajes oscuros, con las camisas impecables o las corbatas azul oscuro que hacían resaltar sus ojos azules— o cuando— Hyôga tuvo que respirar profundo y apurarse a su oficina. Si seguía de esa manera, le faltaría poco para que se le lanzara encima y comenzara a besarlo ahí mismo, enfrente a todos.
Ikki estaba de pie junto al escritorio de su secretaria, solicitándole unos documentos para luego en la mañana, así que era el momento perfecto para Hyôga se escabullera de la situación.
“Si Señor Phoenix, no hay ningún problema”
“Gracias Midori, eres muy amable”
Le sonrió con gracia y tomó de nuevo su portafolio, que estaba reposando encima del escritorio. Sentía la mirada del Ruso encima de él y sus manos sudaban por eso. Era muy intenso, así que se apuró en terminar con Midori para poder alejarse, que el día terminara pronto y por fin estar ‘en casa’. Con él.
Se rió de sí mismo, pese al trabajo, a la Fundación, a su hermano; toda su vida ahora se veía resumida al pato. A Hyôga.
Pasó por su lado y le sonrió mientras se dirigía a su oficina, Hyôga deseó poder perderse en esa sonrisa, una vez más.
“Tenemos un almuerzo, no lo olvides”
“Doce en punto, ¿no?”
“huh, huh.”
Ambos se dirigieron a sus respectivas oficinas, no sin antes darse su ‘acostumbrado’ apretón de manos; la única forma de tocarse en público sin ser demasiado evidentes. Luego, cada cual a su rutina. Llamadas, negocios, reuniones; todo en la Fundación era igual. Pero valía la pena porque el otro estaba allí.
Ikki había mostrado ser muy bueno para los negocios, y había sorprendido a todos con su audacia y precisión en ellos. Hyôga por su parte, era excelente en su trabajo, y ambos eran muy admirados por sus resultados y dedicación. La Fundación estaba más que satisfecha y Saori muy agradecida.
Después del trabajo, el ‘ritual’ comenzaba de nuevo. Se despedían de todos, salían juntos, se subían al auto y de vuelta a casa. Sin embargo, allí, en privado, se permitían rozar sus manos, en algunas ocasiones incluso, jugaban con el cabello del otro, o simplemente se dejaban caer en el asiento, escuchando la tranquila respiración del otro.
“Oye Ikki, ¿ordenaste comida? Huele muy bien.” Le decía mientas entraba en la cocina y pudo verlo preparando todo para que cenaran. Por lo general, era Hyôga quien lo hacía. Ikki se limitó a mirarle y sonreír.
“No, no ordené, la preparé yo mismo y espero que sepas apreciarla, Pato.”
Hyôga empezó a reírse, que lo llamara ‘Pato’ ahora, era una forma más de jugar que habían encontrado. Sabía que lo estaba incitando a que se acercara, a que lo besara y lo devorara— pero Hyôga lo haría esperar un poco, alargar ese juego de ellos le encantaba, hacía que Ikki enloqueciera de pasión y la noche les pareciera interminable. Además era viernes, y tendrían el fin de semana sólo para ellos.
Comieron tranquilamente. Hyôga estaba sorprendido por las dotes de cocinero del hombre a su lado. Por momentos se le quedaba mirando. Eso que sentían— Aún no entendía como habían llegado al punto donde se encontraban, pero sabía muy bien que era real. Estaban juntos. Y eso era más de lo que hubiera podido haber imaginado antes del verano. Era una nueva forma de alegría por decirlo de alguna manera, que nunca pensó experimentar.
Ikki por su parte lo miraba en silencio, no era un ermitaño como antes; pero aún era de pocas palabras. Además, le gustaba muchísimo lo que tenía enfrente de él. Hyôga le gustaba muchísimo, y aunque tardó mucho tiempo en aceptar que sentía algo por él, no le tomó tanto admitir que se había enamorado. Que su ‘nueva vida’ necesitaba algo que sólo el Ruso podía ofrecerle. Una paz que sólo había conocido al lado de Esmeralda, cuando aún era un niño; y que él en algún momento creyó que era amor. Pero ahora, lo que sentía por Hyôga le había dado una nueva dimensión a su concepto del amor; y parte de eso, era esa sonrisa hermosa y honesta que tenía al frente suyo y que le inundaba.
“Ikki... Ikki... ¿me estás escuchando?” El joven movía sus manos enfrente del rostro del otro.
“Ah... ¿qué? Discúlpame, estaba...”
“Pues no era prestándome atención precisamente.” Rió
“...perdido en tu sonrisa, Hyôga”
El Ruso no pudo evitar el corrientazo que subió y bajó por su espalda. Ikki tenía el don de desarmarlo en el preciso momento en que él menos se lo esperaba, comentarios que él jamás habría pensado, salían de sus labios, y él mismo terminaba sumido en ellos, adorándolos. Los ojos de Ikki brillaban de una manera diferente; había algo en ellos que él no había podido descifrar aún, porque muy en su interior, temía darse cuenta que era el mismo brillo que él veía en los suyos cada vez que se miraba al espejo y se encontraba pensando en él.
Porque temía reconocer que se había enamorado.
Y el corrientazo se repitió cuando Ikki lo tomó de la mano, atrayéndolo hacia él, obligándolo a ponerse de pie y sentándolo en su regazo, una pierna a cada lado de su cuerpo. Hyôga no apartaba sus ojos de los de Ikki, que ahora parecían puro fuego, y su corazón saltó de la emoción al reconocer que ese fuego estaba vivo por él.
“Hyôga, yo...”
Pero el Rubio puso su dedo índice sobre los labios del Moreno, el cuál éste último besó indiscretamente; sutilmente obligando a Hyôga a jadear quedamente, mientras sin dejar de mirarlo, posaba sus labios sobre los otros, que ya anhelaban el contacto que les mantenía vivos.
Hyôga lo besó lenta y profundamente. Ikki no pudo aguantarlo y tuvo que cerrar sus ojos con fuerza. Si seguía mirándolo, terminaría perdido de verdad.
‘Te amo, Te amo, Te amo, Te amo’ Su mente le gritaba, mientras apretaba al Ruso contra su cuerpo con más fuerza y éste último finalmente metía sus manos entre su oscuro cabello; para luego sentirse terriblemente frustrado cuando el cuerpo que tanto deseaba se apartaba de él.
“Vamos, hay que limpiar este desorden” le dijo mientras se levantaba y se alejaba de él. Él simplemente rió.
“Siéntete cómodo, yo creo que me iré a la cama.”
Hyôga no pudo evitar sentirme más que frustrado, había esperado otra reacción, que quisiera venir con él y allí— suspiró derrotado, Ikki seguía siendo el Fénix— impredecible.
“Pensándolo bien...”
“No lo pienses bien, recuerda que estamos sin ayuda hasta que ‘ella’ regrese.” Luego se levantó y Hyôga no tuvo más remedio que verlo marcharse escaleras arriba.
“No es justo...“pensaba Hyôga, “y yo que creí...“
Pero se dio por vencido y terminó por limpiar todo, cuando llegó a las habitaciones, se detuvo ante la puerta del cuarto de Ikki. Quería tocar la puerta y entrar, o simplemente entrar sin pedir permiso siquiera, pero esta vez no se atrevió; así que apoyó su frente en ella, su mano sobre la perilla.
“Te amo, Ikki...” Dejó salir en un suspiro, finalmente reconociendo lo que le pasaba, después de sentirse desolado por el ‘abandono’ del otro un rato antes.
Desde que había entrado a la habitación, Ikki se había sentado en el suelo, su espalda contra la puerta, y sus ojos cerrados. Hacía sólo unos cuantos minutos se sentía desbordado de deseo y amor hacia Hyôga, y ahora— ahora un vacío empezaba a llenarlo; tal vez Hyôga no sentía igual que él, tal vez todo había sido una bonita mentira, una mera ilusión.
Pero sentía un ardor en el pecho que le decía que lo que pensaba no era cierto, que no era una ilusión; pero él tenía miedo. Miedo a enfrentarse a la realidad, buena o mala. Suspiró. Un rato más tarde escuchó los pasos de Hyôga en el pasillo, acercándose cada vez más y cómo se detenían justo en su puerta.
Instintivamente se levantó y sin saberlo imitó la postura de Hyôga al otro lado de la puerta, como un reflejo imaginario del otro.
‘Te amo, Ikki...’
El corazón quería salirse de su pecho, todas sus emociones encontradas al escucharlo decir esas palabras, sus temores desvanecidos instantáneamente.
Hyôga casi se muere del susto al ver cómo la perilla giraba bajo su mano y la puerta se abría e Ikki emergía de entre la oscuridad. Sus ojos brillando como nunca antes, reflejando una tranquilidad aún mayor a la que viera aquella noche en que Ikki se hubiera desahogado.
Aún con su mano derecha sosteniendo la perilla, Ikki haló a Hyôga hacía él, uniendo sus labios, devorándolos con una pasión renovada.
‘Te amo, Ikki...’ Repetía su mente la voz del otro, una y otra vez, borrando sus dudas. Hyôga se dejó llevar por los besos y las manos del Ave de Fuego, llenándose de ellos, escuchando en las caricias lo que posiblemente los labios jamás dirían.
Se las arreglaron para llegar a la cama, cerrando la puerta de un solo golpe.
Hyôga tomó a Ikki por el cuello, apretando sus labios más, aún a riesgo de amoratarlos, mientras el japonés metía sus manos por debajo de su camisa, sintiendo con la yema de sus dedos, los perfectos abdominales del Rubio. Permitiéndose disfrutar de su piel.
Hyôga no pudo evitar que sus gemidos fueran cada vez más altos y sonoros. La calidez de la boca del otro besando y recorriendo lugares ya conocidos de su cuerpo, renovando su deseo de estar a su lado; lo excitaba cada vez más. Ikki se quitaba la ropa con prisa, pronto, se estaba acomodando entre las piernas de Hyôga, su boca acercándose más al duro miembro, para pasar su lengua sin prisas sobre la punta, causando un nuevo gemido tras otro. Hyôga, poco capaz de respirar apropiadamente, apretaba sus manos contra la cama, arrugando las sábanas, su cuerpo arqueado, su cabeza hacia atrás presa de deseo y placer.
Ikki podía escucharlo gemir, llamar su nombre entre jadeos y se sentía pletórico porque sabía que había más en lo que hacían que sólo deseo. Llevó sus dedos a la boca del Ruso y este comprendiendo, los humedeció ávidamente, le encantaba lo que Ikki le hacía, luego Ikki los retiró y los llevó a su entrada, introduciéndolos lentamente, sin descuidar su trabajo con su boca, haciendo que Hyôga brincara levemente a cada invasión, ya fuera sus dedos o su boca.
Torpemente, el Rubio sacó la botella de lubricante que desde hacía ya algún tiempo mantenían guardada en la mesa de noche, y como pudo se la entregó a Ikki, quien no necesitó de más palabras. Él mismo no podía esperar más.
Aunque esta noche, decidió que fuera diferente.
Durante el tiempo que llevaban juntos; Hyôga era siempre el pasivo, no sabían cómo se había decido, simplemente, así era, pero Ikki deseaba que esa noche los papeles cambiaran. Quería que Hyôga entendiera, que supiera. Así que al echar el lubricante, lo hizo sobre el miembro erecto del Ruso, quien al sentir el frío líquido se sobresaltó y levantó su cabeza un poco para observar petrificado como Ikki se sentaba sobre él, penetrándose con su erección.
Ambos buscaron sostenerse del otro. Cerrando sus ojos, sus cabezas hacia atrás. Fuertes gemidos y jadeos saliendo de sus labios. Hyôga se aferró a la espalda de Ikki, mientras éste se movía frenéticamente. Todo el juego anterior tenía a Hyôga al borde de su límite y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no llegar ahí mismo. Todo esto era más de lo que ambos esperaban. Era más de lo que hubiera creído poder recibir de Ikki, y comprendió que era su confesión tácita de todo lo que Ikki jamás diría en voz alta; todo enmarcado por su sentir. Sensaciones avivadas por su piel. Llenos de amor y deseo.
Y el clímax no tardó en llegar. Alucinante. Los gemidos ensordecedores de ambos llenando el lugar, Hyôga derramando su calor en Ikki, mientras éste llenaba el perfecto abdomen de ambos de su simiente.
Si la muerte les llegara en ese instante, ninguno dudaría, en que sería el perfecto momento para morir.
Juntos.
Unidos.
Después de unos momentos, se separaron y usaron sus propias ropas para limpiarse, dejándoles luego tiradas igual que ya estaban, y se metieron bajo los cobertores, rindiéndose ante Morfeo que los reclamaba.
Abrazados el uno al otro.
Cuando amaneció, Ikki se dio cuenta que estaba solo. Hyôga se había ido y pese a que no era una situación agradable a pesar de lo vivido la noche anterior, no le importó mucho. Se levantó perezosamente, con un poco de dolor, que notó al moverse. No se imaginaba que Hyôga pudiera sentirse de esa manera después de pasar la noche juntos; Pero se sentía tan bien que entendió por qué el otro nunca se quejaba.
Se bañó y vistió rápidamente para luego bajar al comedor. Esperaba encontrar a Hyôga en el gimnasio ejercitando, pero no estaba preparado para lo que vio.
“¡Hermano!”
Ikki no supo cómo reaccionar cuando Shun se lanzó efusivamente a sus brazos.
“¡Ikki!”
Dos voces más y por fin se dio cuenta de todo. El viaje a China había terminado y su pacífica convivencia con Hyôga también. Sólo habían tocado el tema un par de veces, pero sabía que no sería fácil decirle a los demás su actual situación. Tenían que llegar justo ahora, pensó maldiciendo, mientras le lanzaba una mirada furtiva a Hyôga, quien hablaba con Saori de los por menores del viaje.
“Pueden pasar, mi Señora” dijo Tatsumi, regresando al comedor seguido por todos los demás. Ikki quedándose último; cuando Hyôga pasó por su lado, lo haló del brazo.
“Pato, ¿por qué no me dijiste?”
“No tuve oportunidad... además él,” dijo señalando a Shun “quería sorprenderte y no me dejó subir a avisarte.”
Ikki arrugó su rostro y pasó una mano por su cabello –“Pero...”
“¡Hermano! No me digan que ya empezaron a pelear, Hyôga” Shun arrugó la nariz “Vamos a desayunar.” Y abrazando a su hermano se lo llevó hacia el comedor.
El día pasó ‘tranquilo’ aunque no era precisamente lo que Hyôga e Ikki tenían en mente para pasar el día— o el fin de semana. Prácticamente no habían podido estar solos en el mismo lugar. Shun estaba tan emocionado por ver a Ikki y estar de nuevo con él, que no le había dado un respiro.
Las semanas siguieron su curso, pero Ikki y Hyôga se ponían cada vez más tensos. Ahora Shun se quedaba hasta muy tarde en el cuarto de Ikki y casi siempre terminaba quedándose a dormir, haciendo imposible que Hyôga acompañara a Ikki, y éste se las veía negras cuando quería escabullirse al cuarto de Hyôga, porque siempre se encontraba a alguien en el pasillo, teniendo que dar la media vuelta y regresar frustrado a dormir al lado de su hermano.
Sólo en su cuarto, Hyôga sentía su desesperación crecer, deseaba pasar tiempo con él, que hablaran, que hicieran el amor, lo que fuera, pero tenerlo a su lado unos momentos. Sólo para él. Lo necesitaba y la situación no ayudaba para nada, aunque en pura apariencia, él la estaba llevando mejor que Ikki. Ahora, hasta ir a la oficina era un a tortura. Siempre había alguien acompañándolos.
De alguna manera, nadie había notado lo que estaba pasando entre los muchachos; se mostraban irritables, aún el uno con el otro, así que todo parecía normal. Y Shun y los demás en el medio tratando de que no pelearan, sin saber que esa era ahora la única forma que tenían para dirigirse la palabra.
Unos días después, Ikki compró su propio auto, por lo que el verse en el auto de la Fundación estaba también fuera de perspectiva. Hyôga pasaba ahora mucho tiempo en la oficina y ya ni siquiera iba a la mansión a cenar, y las pocas veces que se veían era aún más tenso que la anterior.
Un sábado, a finales de Noviembre, la noche estaba bastante agradable y la mayoría había salido. Ikki estaba en la biblioteca sentado frente a la chimenea; una rutina que había retomado después que su hermano regresara. Los únicos momentos en que podía estar sólo— Cuando los últimos meses los había pasado con él. Y el alma le dolía porque lo sentía cada vez más lejos.
No era que no amara a su hermano o a los demás, al contrario. Era— que se había acostumbrado a Hyôga; estaba enamorado de él y el amor lo había vuelto egoísta, lo quería sólo para él. Porque lo sentía suyo, así como él mismo se sentía de Hyôga. Y si antes había sentido miedo a aceptar sus sentimientos, ahora sentía pánico al pensar que no podía estar con él. Mucho más después de la decisión que había tomado.
“Imaginé que te encontraría aquí” oyó su voz en la puerta y a ésta cuando él la cerraba. ”Ikki, tenemos que hablar.”
“Tú dirás” Ikki se levantó y giró para verlo frente a frente, sintiendo el mundo derretirse bajo sus pies cuando lo vio. Hyôga por su parte tuvo que contener el aliento.
¿Por qué los Dioses tenían que jugar con ellos de esa manera?
“Ikki...”
Pero no le dejo siquiera que comenzara, precipitándose a hablar “Me voy Hyôga” dijo muy serio, sin dejar de mirarlo y sin poder evitar ver dolor en sus ojos.
“¡¿Qué?! ¿¡Te vas?!”
“Escúchame...”
“¡No!” Le contestaba furioso “¿Tomas la decisión y sólo me informas?” Ikki se acercó tomándolo por los hombros, el otro forcejeando “¡Suéltame!”
“Quiero que vengas conmigo,” le dijo ahora que podía tenerlo, aunque fuera fuertemente agarrado, sus manos en su rostro, “Quiero que vengas conmigo.”
Hyôga trató de calmarse, pero lo último que escuchó lo hacía sentir nublado— irse— con Ikki— ¿y los demás? ¿Y Shun?
Finalmente logró zafarse del agarre del otro y se alejó, acercándose a la ventana.
“¿Por qué?”
“Porque no puedo seguir aquí si no puedo estar contigo, y quiero que vayamos y empecemos una vida aparte. Juntos.”
El Rubio lo escuchaba incrédulo, sin poder decir nada. Cuando intentaba decir algo, sólo balbuceaba
“Yo no... No sé”
“Por todos los Dioses Hyôga,” se acercó a él “¿te es tan difícil entender que quiero estar contigo?”
Hyôga giró mirándolo a la cara, aún sin poder dar crédito a todo lo que escuchaba ‘quiere estar conmigo... Dios’ pensaba mientras Ikki seguía hablando.
“Ikki...”
“Mira Hyôga, la situación aquí con Shun es cada vez más difícil, compré un departamento hace poco... yo sólo...” se quedó en silencio por unos momentos, pensando en sus palabras, no le gustaba como estaban saliendo las cosas y él no quería obligarlo, ”no tienes que hacer nada que no desees, sin embargo, cuando tomes una decisión házmelo saber, ¿quieres?”
“¿Y tu hermano? ¿No te importa acaso?” Ikki se detuvo junto a la puerta suspirando con desespero, molesto porque Hyôga le diera tantas largas.
“Mi hermano aceptará mis decisiones y si de verdad me ama como dice, las respetará.”
“No sé...”
“Ya te dije Hyôga, cuando tomes una decisión, no importa cual sea, avísame.”
Luego se acercó a él y lo besó profundamente, con desespero por sus largas, con rabia por su indecisión; con toda su alma.
“Te amo, Pato.” Le dijo, sus labios casi sin dejar los del otro. “Midori, sabrá dónde encontrarme.”
Ikki salió de la casa, sus cosas ya estaban en el auto. Jamás había tenido que tomar una decisión tan difícil en su vida. Había jurado proteger a su hermano, y aunque lo amaba con todo su corazón, Shun ya podía cuidarse sólo, y él necesitaba su espacio— tanto como lo necesitaba a él, pero Hyôga era tan cabeciduro que se preocupaba primero por los demás que por lo que él mismo deseaba. Y— ¿si lo que Hyôga deseaba no era estar con Ikki? ¿Y si, tal vez se avergonzaba de sus sentimientos? ¿Y si debido a que no habían podido pasar tiempo juntos, los sentimientos de Hyôga habían cambiado?
Pero Hyôga había dicho que lo amaba— y los besos, y las caricias compartidas, y la ultima vez que habían estado juntos— no podían ser mentiras. Su piel se negaba a la idea. Su ser le gritaba que dejara de pensar tanta estupidez.
Se amaban y eso era lo único que importaba. Además, pronto estarían juntos. Porque Hyôga vendría con él— Algún día.
Así que se alejó y no miró atrás una sola vez.
Hyôga se quedó sólo en la biblioteca, tratando de entender todo lo que le estaba pasando; buscando una razón para no largarse de una buena vez y regresar a Siberia.
“Lo amo, pero ¿y los demás?”
‘Te amo, Pato’
“¿Qué dirán cuando se enteren?”
‘Te amo, Pato...’
Hyôga se debatía entre sus pensamientos. Su amor, las palabras de Ikki, ¿y— si los juzgaban? ¿Los condenarían acaso? ¿Y Shun? No podría hacerle daño, era su mejor amigo, y ahora, por su culpa, había perdido a su hermano.
Empezó a caminar por la habitación, su pecho agitado, moviéndose de arriba abajo. De pronto se detuvo frente a la chimenea, cayendo de rodillas en el piso, su cosmos brillando a través del perfecto hielo que se estaba formando.
Hielo sobre Fuego.
Fuego dentro de Hielo.
Ikki.
Besos, caricias, miradas, conversaciones, su cuerpo, su voz—
Ikki—
“Te amo Pajarraco.” Dijo mientras una lágrima se cristalizaba al bajar por su mejilla.
Y esperó. Anhelaba que el pajarraco regresara por él, con él, estaba dispuesto a aceptar todo, pero Ikki no regresó, y miles de lágrimas se unieron a la primera.
Y la desolación se apoderó de su corazón.
* * *
Cuando los demás llegaron a la casa, Shun descubrió que su hermano se había marchado y Hyôga no pudo darle razón alguna de él, salvo lo ya sabido; que se había ido, y gracias a que se encontraba iracundo debido a todo lo que había pasado en las últimas horas, pudo disimular su dolor mostrándose arisco.
Seiya y Shiryu se limitaron a quedarse en silencio, respetando el dolor de Shun y el hecho que este fuera al jardín a buscar el árbol donde entrenaba con Ikki y eran aún unos niños, allí pudo ver sus marcas junto a las del otro y lloró inconsolable hasta caer de rodillas y golpear el suelo con sus puños sin poder entender. Sin darse cuenta que desde una de las habitaciones, Hyôga lo miraba sintiéndose culpable por el dolor de su amigo y por la partida de aquel a quien amaba.
Para Hyôga las noches eran cada vez más largas, especialmente desde que no dormía. El sueño se había alejado de su vida y todo parecía haber perdido sentido. Su trabajo era algo más que tenía que hacer. Ya no le importaba ir o venir, estar en la oficina o en casa. Todo le parecía fútil.
Cuando estaba en casa, tenía que soportar ver a Shun con su cara larga y a los demás tratando de consolarle. Siempre que el teléfono sonaba, el muchacho se apresuraba a contestar creyendo que era su hermano, el mismo Hyôga brincaba en su asiento a la espera que así fuera pero nunca era él. Y al terminar la semana, ya ni siquiera esperaba que Ikki llamara. Había perdido la esperanza.
Las cosas eran aún peor cuando estaban todos juntos. La simpatía que todos expresaban hacía Shun lo hacían rabiar. ¿Qué no se daban cuenta que él también sufría? ¿Cómo no podían entender que él moría a cada minuto sin él? Que se había enamorado como un chiquillo, que ahora sin él nada valía la pena. Pero nadie veía su sufrimiento. Seiya, Shiryu, la misma Saori, estaban tan pendientes de Shun, el pobre jovencito que sufría por la pérdida de su hermano, y lo único que Hyôga podía hacer era despreciarlos a todo en silencio. Por ser tan tontos como para no darse cuenta, por creerlo de hielo de verdad, por no darse cuenta que él también sentía—
El único que había visto algo diferente en él, ya no estaba.
Ikki empezó a organizar todo en su nuevo departamento. Cada objeto puesto en él tenía una intención; agradar al Pato. Había escogido todo cuidadosamente. Obviamente el estilo era Japonés— revuelto con Ruso. Ikki rió a carcajadas al ver el lugar. Era extraño pero le gustaba mucho y se moría de ganas por poder compartirlo con él, pero Hyôga no llegaba; incluso había hablado ya con Midori y ella le había confirmado que él no se había acercado a preguntar por su paradero. Al pensar en eso se dio cuenta que esperaba demasiado. Y creyó que no debería hacerlo, pero tampoco podía irse en contra de lo que sentía.
Se dejó caer en la cama. Acababa de poner el último cuadro en la pared. Por poco y tiene que vender su alma para que la Señora que también estaba ofreciendo por él no se lo llevara, no podía permitirlo. Lo miró de nuevo, soñando que Hyôga estaba ahí con él, riendo, besándolo, recorriendo con sus labios todo su cuerpo— imaginaba incluso el peso del otro sobre él— Se levantó de la cama aún miraba el cuadro. El Cisne se elevaba en el cielo hacia la aurora boreal que brillaba majestuosa como fondo— y pensaba que tal vez las cosas podrían salir bien después de todo— y que Hyôga pronto llegaría.
Una nueva semana inició finalmente y nadie supo dar razón de Ikki, si se le preguntaba a su secretaria, ésta se limitaba a responder que su jefe se encontraba en viaje de negocios. Shun incluso acudió a Saori, quien le confirmó lo que ya se había dicho. El jovencito salió de la oficina con el alma en vilo; estaba acostumbrado a que Ikki se marchara pero ésta vez, él le había prometido que se quedaría y le había mentido y era algo que no podía aceptar. Simplemente no podía.
Saori se quedó en silencio viéndolo sufrir, pero había hecho una promesa y no podía decir nada. Desde el momento en que Ikki había acudido a ella por ayuda y consejo, su silencio estaba más que garantizado. Pero le dolía sobremanera verlos así, especialmente a Hyôga. Ella como su Diosa podía sentir su dolor, incluso podía llegar a hacerlo el suyo propio, pero era sólo Hyôga quien debía solucionar las cosas, o al menos quien intentara buscar respuestas, porque ella podía sentir el amor del Cisne por el Ave de Fuego.
Pero ellos eran humanos y fueron bendecidos con el Libre Albedrío y sólo ellos podrían cambiar su destino.
“Señorita Kido, el Señor Phoenix se encuentra en la línea.”
“Gracias Sakura.”
Ella tomó el auricular con un ligero temblor en sus manos, ansiosa por saber de él, dando la espalda a la entrada de su oficina.
“Hola Ikki, ¿Cómo te encuentras?”
“Todo está bien Saori, no te preocupes.”
“¿Regresas la próxima semana como acordamos?”
“De hecho te llamo para avisarte que regresaré antes y que es muy probable que mañana mismo te vea en la oficina.”
“Eso quiere decir que estás instalado, ¿verdad Ikki?”
“Sí, así que mañana estaré allí... hmm. Saori... ¿está todo bien?”
“Si Ikki, todo está bien, termina lo que tengas aún pendiente y regresa pronto. Ya se te extraña.”
“Muy bien, nos vemos.”
Ella no tuvo tiempo de responder siquiera, Escuchó la puerta de su oficina ser azotada con violencia, pero cuando giró a mirar quién había sido, no alcanzó a ver nada, salió a preguntarle a su secretaría quien había sido, y esta le respondió que el joven Cygnus acababa de entrar a la oficina sin ser anunciado como era ya costumbre, pero que había salido casi al instante y que se veía hiperventilado.
Saori fue directamente a su oficina. Hyôga se notaba furioso, sentado en un sillón mirando por la ventana, ella podía sentir su cosmos brillando más de lo regular y notó que la temperatura en la habitación iba bajando gradualmente.
“Hyôga...”
“Sabías donde estaba y no dijiste nada.”
Ella no respondió. La rabia con la que el otro había dicho esas palabras le había dolido profundamente.
“Shun ha sufrido bastante y tu le dices a Ikki que todo está bien, ¿cómo pueden estar las cosas bien? ¿Cómo pudiste?”
Se levantó encarándola, manoteando con fuerza, lleno de ira, con lágrimas amenazando con salir inexorables.
“¿Cómo pudiste?”
Saori lo miró profundamente afectada por su reclamo. Además, había más que eso en sus palabras. Había un ‘¿por qué me dejaste sufrir?’ implícito en ellas que le rompió el corazón a la humana en ella.
“Cómo pude me preguntas, ¿cómo pudiste tú tomar esa actitud con el hombre que supuestamente amas? ¿Tan terrible era que él también te amara? ¿Tan terrible era enfrentar a su lado lo que pudiera presentarse y ser feliz?”
“¿Tú qué sabes? ¡Tu me mentiste!”
“No Hyôga, yo no te mentí; tú has sido el único que no se ha acercado a Midori o a mí para preguntar por su paradero, y eras tú el único a quién él pidió que se le dijera.”
“Pero tú...”
“¡Yo nada Hyôga! ¡Deja de lamentarte y haz algo por el amor de Dios!” Él la miró con más rabia, pero ya no deseaba discutir. Su cosmos empezó a regresar poco a poco a la normalidad. Su ser empezaba a reconocer finalmente que se había equivocado. “No puedes seguir huyendo, ocultándote tras excusas absurdas. Ustedes se prometieron estar juntos y enfrentar lo que se presentara, pero pareces haberlo olvidado, Hyôga. Juntos.”
“¿Cómo lo sabes?”
“Hay secretos en mi casa que no pueden estar ocultos para una Diosa.” Ella se acercó finalmente y lo abrazó, haciendo que se sintiera libre para llorar, un poco mejor por aceptar las cosas tal y como eran; sintiéndose un estúpido por lo que había hecho— o dejado de hacer.
“Saori... tu...”
“Cuando llegues a los estacionamientos, encontrarás uno de los autos listo para ti.” Él asintió secándose las lágrimas con rapidez.
“...y Shun?”
Ella suspiró, “deja que yo me preocupe por él; ya no es un niño y si Ustedes se empeñan en tratarlo como tal, no lo dejaran darse cuenta que ya creció. Además, pese a la apariencia frágil de Shun, él es muy fuerte.”
“Pero con la partida de Ikki...”
“Hyôga,” Lo interrumpió ella, “¿cuando vas a entender? Él quiere a su hermano a su lado, pero eso no significa que quiera que sea infeliz; al contrario. Y si Shun lo ama tanto como dice, aceptará y respetará su decisión.”
“Es lo mismo que Ikki dijo.”
“Es la verdad.” Ella se acercó tomando su rostro entre sus manos, retirando algunos mechones de su cabello de su rostro. “Ustedes han sufrido y sacrificado tanto por mí que es justo que encuentren la verdadera felicidad. Mejor si es entre Ustedes... se lo merecen tanto.”
“Gracias Saori.”
“Ahora vete.” Él asintió y comenzó a caminar alejándose.
“Hyôga...”
Él giró para mirarla de nuevo, viéndola con otros ojos ahora.
“Dile a Ikki que no tiene que regresar mañana mismo, que su licencia aún no termina.” El joven asintió, “Y por cierto, la tuya comienza a partir de este preciso momento.” Él quiso decir algo, pero ella no se lo permitió. “Enviaré tus cosas digamos... ¿mañana en la mañana? Imagino que tendrán mucho de qué hablar.”
Él sonrió y salió corriendo. Efectivamente un auto lo estaba esperando y el conductor tenía todas las especificaciones necesarias. Pronto habían llegado a una zona residencial de Tokio, bastante bonita y elegante. Hyôga llegó allí lleno de interrogantes, con miedo, no sabía cómo podría enfrentar a Ikki después de su última conversación. Las cosas no habían quedado muy bien entre ellos y él personalmente se sentía devastado. El conductor se alejó en cuanto Hyôga descendió del auto dejándolo allí a su suerte. El joven se acercó a la entrada del edificio, con un papel en la mano que indicaba el número del departamento, sin embargo, él decidió preguntar primero si el otro estaba, de esa manera, podría—escapar si fuese necesario.
“Buenas tardes, ¿el departamento de Phoenix Ikki?”
“¿De parte de quién?”
Aunque dudó por un momento para responder, finalmente lo hizo. “Cygnus Hyôga.”
“Ah Señor Cygnus, el Señor Phoenix dejó este juego de llaves para Usted, siga por favor, el elevador está al fondo.”
Hyôga miró las llaves que fueron puestas en sus manos. No se imaginaba que algo así estuviera pasando. ¿Habría Saori llamado a avisarle? No podría ser. Lo próximo que supo es que estaba frente al departamento. Los minutos anteriores, simplemente desaparecieron en medio de sus divagaciones. Así que allí estaba. Tomó las llaves más veces de lo que fuese necesario. Sabía que solo tenía que introducirlas y girar la perilla y allí estaría ese Japonés desquiciado que él se moría por ver, pero simplemente no pudo hacerlo, quedándose allí de pie por unos minutos que fueron interminables. Hasta que las palabras de Saori empezaron a repetirse una y otra vez en su mente. Y finalmente abrió la puerta.
Ikki había terminado finalmente, ya había descansado un rato y ahora se encontraba en el balcón disfrutando de una bebida fría para refrescarse, se había duchado, cambiado de ropa y ahora disfrutaba del paisaje, aunque no podía decir que estaba del todo tranquilo. Saori había cortado la llamada muy de repente y eso lo dejó un poco preocupado. Ya la llamaría luego para ver qué había sucedido, por lo pronto, lo esperaba un montón de películas que se había prometido ver esa tarde, así como varios potes de helado que estaban en la nevera. Cuando sintió la puerta del frente abrirse giró con rapidez a ver quién podría haber llegado, creyó que tal vez era el conserje que acababa de salir y había olvidado algo, pero se quedo frío en cuanto lo vio.
“Hyôga...”
“Ikki... hola...”
Ambos se quedaron allí de pie, mirándose sin decir nada más. Ambos con temor a acercarse y hablar, era todo demasiado perfecto para arruinarlo si alguno se movía, si alguno decía algo. Hyôga temía que Ikki lo echara del lugar. Ikki temía que Hyôga saliese corriendo. Y así se quedaron un rato.
El lugar era simplemente perfecto, pensó Hyôga; todo tenía un lugar específico y aunque no era propiamente iluminado del todo, tampoco era oscuro. Ikki estaba en cada centímetro del lugar y él se sintió como un extraño allí. Como si no perteneciera. Pero verlo allí cuando entró del balcón lo hizo devolverse a todo lo que habían pasado juntos y sintió miedo de perderlo por sus estupideces. Saori tenía razón, habían prometido estar juntos. Y él, lo amaba con todo su ser. Así que no había mucho más que agregarle a la ecuación.
“Bienvenido a tu casa... Pato.”
Y esas palabras— ¿por qué Ikki se daba el lujo de desarmarlo de esa manera?— El Ruso no pudo hacer más que sonreír, avanzando lentamente, Ikki había abierto sus brazos, señalando todo, y él solo pudo empezar a caminar lentamente hasta que estuvo cerca al otro.
“¿Mi casa?”
“Y mía, si me aceptas”
“Te amo.”
Ikki quiso haberlo detenido antes de decirlo, pero al escucharlo se dio cuenta que no necesitaba más. Que la soledad de los últimos días se desvanecía con sólo tenerlo ahí. Y él sonrió, tranquilo, como nunca antes, lleno de esperanza porque su futuro parecía estar mejorando a cada movimiento del Cisne. A cada palabra suya.
Lo atrajo contra su cuerpo y lo besó. Despacio, luego mas fuerte, recordando, marcando esos labios como suyos de nuevo. Con miedo a abrir los ojos y darse cuenta que era todo un sueño. Pero lo amaba tanto— y ese calor que sentía abrazado a él no podía ser una mentira.
“Yo te amo más.” Le respondió, para luego besarlo de nuevo, y al mirarlo de nuevo, ambos terminaron riéndose y besándose una vez más.
Saori llegó a la mansión al final de la tarde. Sonrió maliciosamente al imaginarse la charla de sus amigos, pero se sintió bien al creer que por fin ellos estaban empezando a solucionar sus vidas. Ahora era el momento que los demás hicieran lo mismo, y saber lo que estaba sucediendo entre Ikki y Hyôga era el primer paso.
Durante la cena, todos seguían con sus caras de funeral, lo cual la molestó bastante, esperaba que después de tantos días, ya hubieran superado lo que sucedía y se decidieran a salir de ese letargo tan absurdo, así que dejó caer su cuchara con rabia sobre su plato.
“Hasta cuando van a seguir con sus caras largas’”
Todos la miraron, Seiya se sentía un poco indignado por lo que ella había dicho, y tomó la palabra por los demás
“Saori, ¿qué tienes? No ves que Shun está...”
“¡Ay Seiya por favor! Es suficiente de llorar, ¿crees que si Ikki estuviera mal no te lo habría dicho ya?” Dijo mirando a Shun, “tu hermano está muy bien, de maravilla diría yo,” al ver las caras de los demás, se apuró a terminar lo que tenía por decirles, “Hyôga está con él, no creo que necesite nada más.”
“¿Hyôga?” Dijo Shiryu.
“Sí, Hyôga, el rubio de Rusia que Ustedes ya conocen y que hasta hoy vivió en esta mansión con nosotros.”
“¿Vivió...?”
La mujer giró sus ojos, a veces se preguntaba cómo estos tres no podían ser tan inteligentes como los demás, suspiró.
“Sí, hasta hoy, a partir de este momento, la residencia de Ikki y Hyôga esta en otro lugar, y les pido por favor que no empiecen a preguntar dónde es y demás, en cuanto ellos estén preparados se lo harán saber.”
Shun sonrió, y Saori con él. Él jamás hubiera esperado que algo así pasara, pero si su hermano era feliz, él estaba más que dispuesto a estar allí para él. Lo amaba demasiado como para juzgarlo. “No rompió su promesa entonces...”
“No Shun, solo necesitaba algo de tiempo.”
Seiya y Shiryu se largaron a hacer todo tipo de preguntas, molestos porque no les hubieran compartido nada de eso antes, tratando de averiguar de Saori todos los detalles de la relación de los otros dos, sin poder lograr nada.
Molestos por lo buena para guardar secretos que podría ser una Diosa.
Cuando despertó, Ikki lo estaba mirando, perdido en el rubio de sus cabellos, acariciándolos con cuidado.
“Si no te conociera diría que tanta ternura es imposible en ti.”
“Lo era. Cambiaste demasiadas cosas en mí, Pato.”
El se acomodó bajo el otro, para poder disfrutar de la vista del otro desde su posición. Sin poder creer que hubiera pasado tanto tiempo lejos de él.
“¿Juntos Ikki?”
“Juntos Hyôga.”
Y rieron, libres, con ganas de hacerlo porque finalmente su promesa sería llevada a cabo. Besándose, acariciándose, entregándose de nuevo uno al otro sabiendo del amor ya confesado. Amándose. Para siempre.
Ariadne, 2004