57.  Almuerzo

Personajes: Atena, Sunrei, June, las Amazonas plateadas y los Santos Dorados.

Advertencias: Más alucinaciones…

 

 

 

 

Lo más absurdo de su viaje a Japón, era que a pesar de todo el entrenamiento por el que pasaron por años en Grecia, jamás nada les había preparado para estar en Tokio y viviendo en la mansión de la familia Kido.  Uno a uno los Santos dorados del Santuario de Atena se sentían abrumados y fuera de lugar.  Era bizarro para todos, y para ellos en particular, demasiado incómodo.

Fue por eso que Atena decidió hacer algo especial para el último día de su visita, antes de que regresaran a Santuario.  La Diosa invitó a los chicos del Orfanato a que pasaran el día con ellos y sonrió ampliamente cuando Miho también se presentó allí.  Las dos, ayudadas por las otras mujeres, Sunrei, June y Marine—Shaina había decidido que no les sería de ninguna ayuda—se habían encargado de poner la mesa y preparar las comidas de ese almuerzo.

Atena les vio pasar la mañana rodeados por los chicos del Orfanato y luego por los mismos Santos de Bronce, quienes a pesar de todo, mostraban un respeto muy grande por aquellos a quienes consideraban sus superiores.  La Diosa sonreía al verles interactuar con tal naturalidad como si nada hubiese ocurrido.

Al ser llamados a la mesa, fue Seiya quien tomó la palabra y les hizo sonrojar a todos con sus palabras.

“…porque aunque lo formal se vive en la cena, que sirva este almuerzo para que nuestras vidas como hermanos, comiencen.”

Todos sonreían al escucharle, poco elocuente y lleno de palabras rimbombantes, pero lleno de verdad y honestidad.  En ese instante los Santos dorados se dieron cuenta de su error y unas horas más tarde, en privado, le pidieron Atena su permiso para quedarse unos días más en Japón y conocer mejor a los de Bronce—esas habían sido sus palabras—y a los niños del Orfanato.

Atena no pudo decir que no.

 

 

 

 

 

 

Ariadne, Septiembre 30 de 2007

 


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