53. Tierra
Personajes: Habitantes del Santuario
Tenía que golpear las rocas más fuerte que los demás. No importaba que sus manos se rompieran, ni que la sangre manara de ellas. No podía dejarse vencer. No quería que su cuerpo terminara arrojado a las fosas en las cuales iban a dar todos aquellos que eran vencidos en los entrenamientos,
Ya había podido vencer todas las demás pruebas. No debía ser muy difícil el pasar esta última; era su cosmos y él en contra de la tierra tosca que quería vencerle.
Luchó un poco más. Invocó las pocas fuerzas que le quedaban e hizo brillar la poca cosmoenergía que aún había en su cuerpo. Había escuchado a las amazonas hablar la otra vez; ellas decían que en tanto hubiera cosmos en un ser humano, podría lograrlo todo.
Pero él había fallado. Su cuerpo se hacía pesado con todo su peso sobre sus piernas, haciéndolas flaquear mientras caía al piso sobre sus rodillas y manos, el cabello regado sobre su rostro, mientras jadeaba buscando recobrar el aliento.
El Santo encargado del trabajo físico ese día le vio desde su puesto al frente de quienes estaban entrenando. Se limitó a llamar a un par de soldados que estaban allí, ordenándoles que llevaran al muchacho a las barracas y que le dieran de comer. Quería también que buscaran a alguien de las casas de sanación para que atendiera a sus heridas. Les dio instrucciones específicas de que él no se levantara de su cama a menos que hubiera recuperado su fuerza completamente y aún cuando lo hiciera, no debía regresar allí. Debía buscar a los santos de plata que le escogiera alguno y le entrenara.
Después de todo, pensó el hombre, hacía mucho que no veía un cosmos recién incendiado brillar de esa manera y de seguro quienes en realidad sabían al respecto estarían muy complacidos.
Era una lástima, pensó también, que los otros dos que ahora yacían al lado del joven, tuvieran que ser llevados a unirse con el suelo sagrado de Atena para siempre.
Ariadne, Julio 23 de 2007