045. Luna
Personajes: Artemisa, Selene y Hécate. La tríada de la Luna.
Advertencias: Artemisa aparece en la saga del Tenkai hen. La intervención de Selene y Hécate es cosa mía.
Artemisa caminó en silencio por el cielo estrellado que cubría la tierra. Era menguante, su época, y le ponía ansiosa saber que Selene la luna llena y Hécate la luna nueva estarían pronto a su lado; sólo tenía que esperar a que Apolo por fin se decidiera a desaparecer.
Ya no faltaba mucho para ello.
Una tras otra, las diosas se encontraron, sonriendo al verse una frente a la otra, el triunvirato de la luna.
“Atena está en su Santuario.” Aclaró Selene después de estar hablando un rato. El hacer este tipo de aseveración implicaba más de lo que ninguno en Olimpo estaría quizás dispuesto a asumir. Significaba que Atena continuaba reinando sobre Terra, y aunque para muchos ello estaba bien, para otros, esto era sinónimo de pérdida.
“Atena está cuidando a Pegaso, ha regresado al lugar donde creció.” Espetó Hécate, su mirada fija en la copa de vino en su mano. El equilibrio se había roto después de todo. Una diosa criada y educada como humana no era más que problemas para ellos. Los humanos se elevaban ahora en contra de los dioses. No era igual que antes, cuando se protegían los unos a los otros, no. Los humanos podían ahora sublevarse, y lo peor, podían salir vencedores.
“Se ha levantado en contra de su gente.” Finalizó Artemisa finalmente. Para la joven diosa, esto era doloroso, no solo al pensarlo, sino también al decirlo. Atena era su hermana menor, sí; pero al mismo tiempo era como ella, una de las diosas que había pronunciado los votos más difíciles de mantener. Lo habían hecho, junto con Hestia, no por el hecho de que ser vírgenes fuera más importante que cualquier otra cosa, sino porque a través de ello, aseguraban que la pureza de la vida misma era preservada. Atena estaba rompiendo uno a uno sus votos como diosa, y faltaba poco para que olvidara su divinidad y se rindiera a ser humana permanentemente.
Artemisa, Selene y Hécate se quedaron ensimismadas por unos minutos. Era claro para ellas lo que estaba ocurriendo, las implicaciones de que Atena prefiriera a un humano por sobre la humanidad. El silencio se mantuvo entre ellas por más tiempo del que alguna vez se hubiera conocido entre los habitantes del Olimpo. No era incómodo estar así, al contrario. ¿Acaso no es eso el ser luna, silencio?
Algo debía hacerse antes de que otros dioses intervinieran. Ares y Hades ya habían fallado.
“Yo iré.” Dijo Artemisa, la cazadora.
“Yo te daré mi poder.” Ofreció Selene.
“Y yo haré que tu voluntad se cumpla.” Sentenció Hécate.
Ariadne, Junio 18 de 2007