38. Toque
Personaje: Atena
Advertencias: Alucinaciones mías, nada más que eso.
Desde que la diosa Atena había llegado al Santuario, ésta había sido colmada de mimos y caricias de aquellos más cercanos a ella. Shion solía remover la máscara de su rostro y se quedaba viéndola dormir por horas, para luego cantarle una canción de cuna si la escuchaba llorar. Rozaba con sus enormes dedos la diminuta y delicada cabeza de la bebé y ésta se calmaba al escuchar su voz gruesa pero tierna y así, ella seguía durmiendo.
Luego, ya fuera Saga o Aioros los que cuidaban de ella, éstos la tomaban entre sus brazos ante la mirada atónita de las sacerdotisas y del mismo Shion siempre presentes en la habitación. Era todo un deleite verles jugar con ella, a veces era Saga quien la cargaba y Aioros quien hacía caras y muecas graciosas para lograr robarse una carcajada de la bebita y que esta se removiera gustosa en los brazos del geminiano.
Sin embargo, el lazo con Aioros creció cuando su cosmos buscó proteger a la recién nacida de la maldad de su hermano que se había apoderado del cuerpo de Saga. Aún sintiéndolo ella en ese estado no le culpó, el corazón de Saga seguía fiel a ella, y la diosa lo sabía, por eso en su bondad, había sido su cosmos el que había impedido que Aioros actuara en contra de él. Fue allí cuando su cosmos buscó el de Aioros, cubriéndole, protegiéndole lo suficiente para que la pusiera a salvo. Y lloró en su interior la pequeña cuando Shura no supo reconocerla y fuera Aioros el que saliera malherido.
Fue tal vez el toque del señor Kido lo que hizo que Atena se convirtiera en Saori. El anciano se había enamorado de tal manera de la pequeña, que le hizo la promesa al moribundo Aioros de encargarse de ella. A pesar de haberle creído al muchacho, de las pruebas de la divinidad de la bebé y de la armadura que él se montó al hombro para salir de Grecia y cumplir su palabra, el señor Kido no podía dejar de ver en ella a una simple niñita con la sonrisa más hermosa que hubiese visto.
Así fue como creció Atena, rodeada de todo lo que un niño podría desear en el mundo. Nada la tocaría para hacerle daño, pero, en su afán por protegerla, Mitsumasa Kido la convirtió en una niña caprichosa que no consideraba a los menos favorecidos que estaban a su alrededor. Esta fue la diosa que conocieron los hijos de Kido cuando vivieron en su mansión antes de ser enviados a entrenar por todo el mundo.
Con lo que Atena no contaba era con su divinidad. Saori la mujer, jamás se imagino que su mundo se transformaría cuando se reencontrara con aquellos que había maltratado alguna vez. Que la vida le devolvería una a una las humillaciones inflingidas y que éstas tomarían la forma de la esperanza de Shiryu, de la belleza de Shun, la tenacidad de Hyoga, la fuerza de Ikki y la esperanza de Seiya. Menos aún se imaginó que todo un Santuario se reuniría en su nombre y lucharía por él para el bienestar del mundo.
Ahora, sentada en su cámara en el Santuario, rodeada por la suntuosidad y la verdad sobre sí misma, Atena renacía en sí misma. Se daba la oportunidad de ser la diosa que siempre había sido y Saori cedía ante ella, comprendiendo lo que las personas habían hecho en su vida.
La diosa tomó a Niké en mano derecha y salió, su cabeza en alto y orgullosa de aquellos que la servían. Iría a encontrarse con ellos en el Salón del Patriarca y ese día celebrarían que el mundo era de nuevo un lugar seguro.
Todo, gracias a ellos.
Ariadne, Febrero 5 de 2007