30. Muerte
Personajes: Máscara de la Muerte, Milo y Afrodita (Signos de agua del zodíaco).
Tenía que morir para saber qué era lo que le ofrecía a otros. Ya le había hablado a todos de lo que haría. No quería complicaciones. También les había prometido que de interferir, él mismo les golpearía hasta dejarlos al borde de la muerte.
Sólo Milo se le enfrentó. Le dijo que si quería morirse, lo hiciera, pero lejos de ellos. Fue Milo también quien le propuso aplicarle las agujas escarlatas para que se muriera de una jodida vez—aún al momento de recorrer el camino del mundo de los muertos le causaba gracia lo que Milo le hubiese dicho.
Le había tomado la palabra a Milo y habían planeado todo meticulosamente. El veneno del escorpión le ayudaría a caer en un letargo parecido al de la muerte, no necesitaba más. Después de todo, ¿no era él la muerte misma?
El veneno había hecho trizas su interior. Le había quemado y le había obligado a retorcerse. ¿Qué no había decencia en la muerte? Sonrió y gritó de júbilo para sí mismo cuando eso había ocurrido. El dolor infringido—y ah si Milo se las pagaría luego por ello—era la más gloriosa recompensa que hubiese podido conocer.
El valle de la muerte se presentaba ante él vasto y atractivo. Caminaba al lado de aquellos que en realidad habían partido. Nadie le miraba, nadie le reconocía, pero eso pronto cambiaría. Su Maestra le había enseñado que la muerte era el camino más justo. El único poderoso de hecho. Que sólo aquellos que la conocen a profundidad pueden impartirla con justicia. Que su unión con Escorpio y Piscis tenía que ser tan perfecta como en las generaciones anteriores.
Pero pronto estaba regresando de su trance. Vomitaba todo ese veneno con poca gracia y mientras Milo le sostenía frente a la palangana, Afrodita le limpiaba otorgándole algo de decencia.
“¿Qué tal estuvo?” preguntó Piscis intrigado.
“Dile al Bicho que te de un viajecito de estos, te gustará.” Respondió él.
Afrodita le vio con desagrado y se quedó luego mirando a Milo, cuestionándolo.
“Déjame en paz, Dite que sólo hice lo que este imbécil me pidió.”
“¡Por poco y lo matas, Alacrán!” Bufó Afrodita perdiendo la compostura, mientras caminaba alejándose de ellos.
Milo le agarró por los cabellos y le obligó a acercarse a donde estaba Máscara lavándose el rostro y el cuello para encararse los tres.
“Somos lo que somos y no voy a permitirte estas escenitas, Dite,” cuando el otro le iba a contestar, haló de sus cabellos y le obligó a callar, “o entiendes la muerte o mejor te buscas otro trabajo, por eso le ayudé a este idiota, es tu turno.”
El rostro de Máscara de la Muerte se retorció en una mueca de placer. Milo podía en realidad ser tan retorcido como él—algunas veces. Pero le había visto. Habían caminado juntos uno al lado del otro hacia el lugar del que no se puede regresar.
Ahora, lo caminarían los tres, hombro con hombro como sus maestros y los maestros de estos. Cáncer, Escorpio y Piscis, se transformarían en la muerte misma.
Que Atena tenga piedad de los enemigos de Santuario, fue lo que Afrodita dijo antes de que Milo le pinchara y caminara el mismo sendero que Máscara acababa de caminar.
El único que conocerían hasta el día de su muerte definitiva.
Ariadne, Noviembre 19 de 2006