TRES – La Llorona

¿Vivirá de huevos y manzanas
Cuando la sangre de los hombres es tibia?
(La Bruja Joven)
George Sterling
(La Sed de Satanás: Poemas de Fantasía y Terror)

 

 

Cerró el libro que había estado leyendo y lo dejó en la mesa de centro de su sala. Desde su balcón podía ver la ciudad entera y eso la calmaba un poco; sin embargo, ese día había estado lloviendo un torrencial que sólo le traía sombras a su ya tribulada alma. Hacía mucho que no se sentía así, pero era quizás el clima lo que la estaba afectando, porque aún no sabía qué era lo que le pasaba.

Hacía mucho también que los fantasmas de su pasado no se presentaban danzando ante sus ojos. Quizás esas eran las sombras que se le presentaban y le decían: somos parte tuya, deja de negarnos.

Cruzó los brazos sobre su pecho y luego de unos minutos los dejó caer hasta abrazar su cintura. Suspiró largo, pensando en las posibilidades que un día con lluvia podía traer. La verdad era, que sin importar la fascinación que había tenido con esta de niña, ahora le temía más que le odiaba.

Cada gota de agua era un recordatorio silente de sus acciones. De aquello que el miedo la llevó a hacer. Lo peor de todo, se decía, era que seguía sin poder arrepentirse de sus decisiones. Era cierto que había días como ese en que sentía que todo se le venía encima, pero no era una sensación flagelante para ella. Era sólo un aprende a vivir con lo que decidiste hacer y deja de darte excusas.

Aceptar. Esa era la clave de todo.

Suspiró en resignación. Si continuaba así iba a quedarse divagando y tenía asuntos más importantes de los que ocuparse. Se giró y caminó hasta el altar que tenía en un rincón de su la sala. Allí, tenía imágenes pertenecientes a múltiples panteones religiosos: católico, pagano, budista, etc., no importaba. Sofía pensaba que tenía el derecho a aprender de todos y de todo.

¿Por qué pedir permiso?

Incluso su compañero lo sabía y lo respetaba.

Se rió al pensar en el pobre de él. Era eso o tener que aprender a vivir solito y sin ella, y estaba segura de que tal cosa no ocurriría.

Ella misma no quería vivir sin él.

En su altar, encendió un par de barritas de incienso y bajó la cabeza en señal de respeto. Luego continuó su camino al cuarto del servicio el cual se había convertido en su estudio. Miró a su alrededor y buscó el lienzo en el cual trabajaría esa tarde. Buscó sus óleos y los preparó con paciencia, olvidándose que la lluvia seguía golpeando su ventana, recordándole que se quedaría otro rato por ahí haciéndole compañía.

Sofía se fijó en su lienzo con cuidado. Movió la cabeza a un lado y otro buscando la forma inicial que vio en su cabeza cuando comenzó a pintarlo. En el instante en que su psique hizo click con la pintura, tomó el pincel y dio el primer brochazo.

Perfecto. Pensó en el momento en que se fijó como su amarillo vibraba con el azul que ya se había secado.

 

 

El dolor regresó sin anunciarse. Esta vez en forma de una migraña que avanzaba y aumentaba a medida que pasaban las horas. Quería pensar que eso era lo peor que le estaba pasando, pero estaba equivocada de tantas maneras que cuando regresó a su escritorio después de su hora de almuerzo, no se extrañó cuando le dijeron que se comunicara con Recursos Humanos.

Por supuesto que la noticia a ese punto no la sorprendió: el auxilio educativo que había solicitado había sido negado y le anunciaron que era poco probable que pudieran darle el permiso que necesitaba para estudiar si es que decidía continuar con su idea de hacerlo.

Se había levantado pesada y sombría a pesar de haber sonreído en agradecimiento. Se había ido al baño y había arruinado su maquillaje al mojarse la cara con agua del lavabo. Se había quedado unos minutos de más allí respirando y tratando de pensar que las cosas pasaban por una razón. ¿No había algo por ahí que decía que los retrasos de Dios no eran negativas?

Cuando finalmente pudo regresar a su puesto de trabajo, tuvo que aguantarse a cuánto usuario quejumbroso y molesto que se contactó con ella para que le atendiera o que se lo comunicaron porque las asesoras de turno no supieron dar respuesta, y ella desde su cargo era la llamada a atenderlos, siendo el siguiente paso en la cadena de mando.

Al llegar a su apartamento estaba cansada, agobiada y con un genio de los mil demonios.

Para rematar, se dijo, Oscar no llamaba, Gabriela no atendía sus llamadas y Marcela le había avisado por correo electrónico que no podrían hablar esa noche. Eso de que su mejor amiga estuviera a punto de ser mamá la tenía un tanto emocionada, un tanto con envidia. Pero bueno, se decía, ya le llegaría su momento de hacerlo.

Al entrar en la cocina encontró una nota de Oscar pegada con uno de los imanes decorativos en la puerta en la que le avisaba que había venido en la tarde y en la que le dejaba besos y abrazos y mimos que ella recibió con una sonrisa.

Así de simple era que se le quitara el cansancio. Sólo esperaba poder encontrar algo que desapareciera su dolor de cabeza con igual efectividad.

Se cambió y se fue al estudio a trabajar en su computador un rato. Quería repasar el pensum de varias universidades para poder definir los cursos que haría. Que el banco no estuviera dispuesto a darle los permisos y los auxilios ahora, no quería decir que no pudiera continuar buscando por su cuenta. Era su preparación la que estaba en juego allí, y haría lo que pudiera para conseguir lo que deseaba.

Por lo menos se decía, no iba a rendirse.

Navegó en internet un rato hasta encontrar algunas imágenes que podría usar como fondo de escritorio en su computador. Al hacer click en ‘Guardar como’, se abrió la ventanita con la última carpeta donde se habían guardado archivos en el equipo. Lo que encontró allí hizo que sus emociones se extrapolaran como nunca antes.

Siguió la ruta que mostraba la ventanita y encontró en un archivo las fotos de varias chicas desnudas. Navegó por la carpeta viendo las fotos. Todas eran fotos de desnudos de esas que aparecían en páginas porno de la red. Las encontró con marcas de agua con el nombre de los sitios donde las habían encontrado, las encontró sin la dichosa marca. Pero, lo que más le impactó fueron algunas de las últimas fotos. Las chicas en esas no eran de ningún sitio web, al contrario; conocía a una de ellas.

Su dolor de cabeza se aumentó en ese instante de tal manera que apagó el computador, se fue a la cocina y se comió lo primero que encontró en la nevera, recalentado del día anterior, y se fue a la cama después de tomarse un par de pastillas para el dolor y otra para dormir.

Debía pensar, debía sopesar lo que acababa de encontrar para tomar la decisión correcta y no equivocarse.

Eso, no quería equivocarse.

 

 

Amalia esperó con paciencia hasta que Marcia le abrió la puerta. La mujer le dio paso para que entrara y una vez cerró la puerta se pararon frente a frente.

Amalia siempre había amado la sonrisa de Marcia, quien, sin importar sus desventuras, se la pasaba siempre sonriente y con una palabra dulce en los labios para todos. Pero debía admitir que admiraba y envidiaba sobre manera la forma en que ella salía adelante sin importar qué fuera lo que estuviera pasando en su vida. Era esa tenacidad y ese no dejarse de nadie lo que la hacía la sobreviviente que era. Jamás comprendería, eso sí, porque le gustaba continuar vistiendo faldas y vestidos cuando los pantalones podrían ser tan cómodos.

Marcia por su parte, admiraba la sabiduría que siempre emanaba de Amalia, la dulzura de su mirada y el tipo de mujer que ella era. Amalia era la mujer que había adoptado a toda la humanidad a pesar de haber perdido a su propia sangre.

Las mujeres se abrazaron al saludarse. Sus energías se reconocieron y se aceptaron la una a la otra. Amalia ayudó a Marcia a mantener el equilibrio para luego caminar con ella hacia la cocina, donde bebería el café más delicioso que hubiera probado en su vida.

—Seguís siendo buena con esto de la cocina. —La afirmación las hizo sonreír y Amalia vio la facilidad con que Marcia se movía en su territorio. —Quien no te conozca ni se da cuenta que no tenés más que una pierna.

La risa de Marcia fue estridente y resonó por toda la casa. Esa, era una habilidad de Amalia que le encantaba. Era directa y descarnada si era necesario, pero jamás con la intención de dañarla. Estaba agradecida que fuera así; al menos sabía, que no la miraban con lástima y que en ella, tenía a una buena amiga.

—Siempre Mija. Pero no viniste a mi casa a hablarme de mi comida, ni a tomarte mi café. ¿Qué pasa, mi Señora bonita?

Amalia aspiró el olor a café que había en la cocina y esperó a que la otra se sentara a su lado para empezar a hablar.

Le contó acerca de los líos en su barrio; de cómo los jóvenes eran cada vez más difíciles de encauzar y de la muerte de sus amigos. Se quejaba de que se estaba quedando sola en un mundo que pronto dejaría de necesitarla. Entonces le habló de las noches anteriores. Del aullido en los árboles, de las montañas quejándose y de los vientos revoltosos. Le habló de cómo se la pasó luchando contra eso y de cómo, aunque logró apaciguarlos, ella sola no podía con tanto.

—No soy más que una humana, Marcia. ¿Cómo puedo yo contra todo el mundo?

La mujer le escuchó sin interrumpirla. Los temores de los que ella le hablaba eran casi los mismos de los que le habló el Padre Manuel la última vez que la había visitado y así se lo contó. Amalia abrió los ojos como platos. Si ellos también habían sentido lo que se estaba moviendo, entonces, todo era más peligroso de lo que pensaba.

—Pero ¿Cómo? ¡¿Es que no hay nadie aparte de nosotros que se de cuenta?!

Amalia se había puesto de pie y había caminado por la cocina frenéticamente. Ella, a quien todo el mundo se acercaba como a una madre buscando apoyo, consejo, nunca había actuado desde la desesperación y sabía, que ese era el primer paso para caer presa de lo oscuro.

Al decírselo a Marcia, ésta la miró asustada. Ellas no usaban ese tipo de expresiones. No hablaban de un lado bueno o de uno malo. No hacían alusión a luz u oscuridad. Ellas conocían lo suyo, la magia de la naturaleza; aquello con lo que habían nacido y que las había atado a esa tierra y a esas montañas y que en algún momento de sus vidas las había unido; pero no le daban un nombre. Eso sí, tenían una regla muy clara: jamás hacer algo que vaya en contra del libre albedrío de otro ser.

Marcia se quedó sentada esperando en su banquito en la cocina. Cuando Amalia se ponía así, cuando sentía que el mundo era en realidad más grande que ella, se exasperaba y desesperaba y comenzaba una retahíla de reproches con y sin sentido que ella escuchaba con paciencia. Esa era la mujer que se preocupaba, que quería respuestas inmediatas y soluciones aún más rápidas.

—¿Se te olvidó que falta ver si quieren nuestra ayuda?

—Vos no has dejado de orar y tejer y de cocinar, ¿o sí?

—Sabés bien que no. Pero nadie sabe que pido por ellos, o que en cada cosa que he tejido va un rezo para protegerlos o que en mi comida va algo que les cuida.

—Nadie te agradece que los protejás…

—Pero es que no tienen qué hacerlo. Vos sabés que los que las buscan a ellas, lo hacen porque no saben a dónde más ir. Son demasiados religiosos para aceptar ayuda sin pensar que no hay nada más natural que esta magia de nosotras… —ella hablaba mientras movía sus manos señalándose ella y a Amalia— pero decíles magia pa’ que viás cómo se ponen… Amalia… ¿cuánta gente sabe que el viento te habla, o que los árboles se quejan con vos?

La mujer se quedó en silencio y volvió a sentarse. Marcia estaba en lo correcto, pero aún así, la desazón en su pecho no se iba.

—Yo no sé no cuidarlos… —dijo Amalia exasperada.

—Yo tampoco —respondió la otra suspirando.

 

 

Se le volvió a pasar preguntar por eso de las fotos. Hasta ahora, Oscar nunca había mostrado mayor interés por fotografías de ese tipo y menos, por descargarlas en el computador de su casa. No sabía qué era peor, si que él se hubiera atrevido a mirar las fotos o que las hubiera descargado.

En su casa.

Llamó a Gabriela de nuevo y ella no contestó el teléfono lo que la hizo rabiar un tanto más. Ya llevaba un par de días así. Días en que nada le salía, en que todo parecía estar en su contra. Días en que deseaba que la tierra se abriera bajo sus pies y se la tragara completica.

Unas horas más tarde, estaba tocando en la casa de Belén. Ya iba casi una semana desde que se suponía que ella debía ir a verla. La niña de siempre le abrió la puerta y la hizo pasar. De nuevo le trajo el agua saborizada de siempre y ella la tomó sin mayores miramientos. Poco a poco se iba acostumbrando a su sabor.

Belén entró a la sala caminando con lentitud. Andrea se le quedó mirando y buscó en ella algo que la hiciera cambiar de parecer, que le hiciera darse cuenta que quizás todo era un sueño y que ella no tenía de qué preocuparse. Cuando la mujer la vio, notó lo decaída y desmejorada que la muchacha estaba. Las bolsas debajo de sus ojos habían crecido mucho y ni la tonelada de maquillaje que se había aplicado esa mañana podía ocultarlo.

—Él ya no me quiere.

La mujer se rió muy en sus adentros. Lo que había comenzado como un ‘quíteme a esta mujer de encima’ se había convertido en ‘mi novio no me quiere’. Debía haberse sorprendido por el cambio, pero la naturaleza humana era lo más inconstante que ella hubiese conocido y a las mujeres el mundo se les acababa cuando el amor las dejaba. Bueno, se decía, no a todas. Había unas que era capaces de seguir su vida y volver a ser ellas. Había otras, que debían aprender cómo vivir primero.

—¿Qué querés que haga? —Belén se sentó en el sillón al frente de Andrea. La chica estaba pálida, de seguro no se había estado alimentando bien y ella la necesitaba bien para la próxima reunión que tendría en unas semanas. Quería invitarla a que conociera a las demás, y que ellas la reconocieran como parte del grupo. Si Andrea estaba con ellas, podrían hacer mucho más de lo que ya hacían.

—Quiero que sólo me ame a mí.

La mayor no la había visto tan decidida hasta ese momento. Aún así, si eso era lo que Andrea deseaba, ella se lo daría.

—Vení conmigo. Te tenemos que limpiar primero.

La limpieza le explicaba Belén, era esencial. Eso le permitiría estar dispuesta para que la magia actuara y los resultados pudieran verse. Se desnudó en un espacio que había libre en el centro de la huerta. Las gallinas se habían escondido corriendo para huir del agua. Los gatos la miraban desde sus aparadores dispersados entre los árboles y las tapias de las casas contiguas. Los perros ladraban unos y aullaban otros. Ella, entre tanto, temblaba del frío.

Belén le había pedido a la niña que le llevara unas ramas de ruda y de otras cuyo nombre ni recordaba. Al menos el de la ruda le era conocido de su niñez, cuando su abuela le regalaba pedacitos de la yerba para mantener con ella a toda hora. Ahora le daba golpes con el ramillete que había hecho con ellas. Se cubría para que el frío no le diera tan duro, para que los golpes no le llegaran tan fuertes. Sin importar qué fuera; Belén era inmisericorde y simplemente continuaba con sus rezos y sus golpes por todos lados.

Un rato después le dejaba vestirse de nuevo —sin secarse, para que el efecto durara— y se sentaban en la cocina. Andrea la vio tomar uno de los frasquitos vacíos y la vio buscar entre sus trastes una olla enorme, que estaba renegrida por fuera de tanto usarla. Se ofreció a ayudarle a alzarla, pensando que quizás Belén no podría con ella, pero la vio moverse con tanta facilidad que no se ofreció de nuevo cuando no recibió respuesta.

La vio llenar la olla de agua y echar más yerbas ahí. La veía agarrar de montoncitos de matas secas y frescas, la veía echar polvos de alguna clase ahí, envasados en frascos viejos de condimentos, pero que no olían para nada como comino o laurel. Belén revolvía lo que metía en la olla con una cuchara de palo, lo probaba y continuaba revolviendo.

Ella se mantenía sentada en la mesa de la cocina, los brazos cruzados sobre el pecho y el temblor cediendo poco a poco debido al calor del fuego en el que la cocción se hacía.

Una hora más tarde, Andrea se llevaba un par de frascos con el brebaje que belén le había dado, con simples instrucciones de usarlo para preparar la comida que fuera a consumir con su novio y con una promesa de que él sólo querría estar con ella.

Al regresar a su casa y cerrar la puerta, Andrea se derrumbó y lloró como había evitado hacerlo hasta ese momento.

Afortunadamente, se dijo, empezó a llover en ese momento y sintió que la ciudad lloraba con ella y por ella debido a todo lo que le estaba pasando.

 

Sofía se la pasó pintando todo el día. Eso era lo que hacía cada vez que llovía a cántaros. Le gustaba que Medellín llorara por ella. La hacía sentir mejor saber que el cielo tenía tanta agua que podía llorar sin cansarse.

Ella estaba cansada de llorar.

Había terminado un nuevo cuadro. Eso la tenía motivada y sentía que podría tener todo listo para hacer la exhibición que quería hacer desde que era una niña. Al mirar hacia el lado, vio los diferentes lienzos ya terminados y sonrió. Ya había alrededor de diez terminados, todos de colores vivos y llamativos. No sabía por qué había escogido esos colores, cuando normalmente pintaba sólo con rojo, negro y blanco, lo que la recordaba mucho al maestro Rayo* o ¿era otro pintor? Ya no recordaba cuál de tantos y estaba bien, se decía. Necesitaba concentrarse, dejar de pensar tonterías y pensar en la textura de la pintura sobre el lienzo. En su olor que se metía por cada poro de su piel y en cómo los colores le regalaban una sinfonía de combinaciones de la que se enamoraba con cada pincelada que daba.

Amaba lo que estaba haciendo. Y todo lo que nacía del amor, era bueno.

Su estómago decidió jugarle una mala jugada en ese momento y gruñó exigiendo atención. Se levantó de su silla cansada; hizo algo de estiramiento y suspiró contenta por el deber bien hecho.

Al revisar su nevera buscando algo de comer, se encontró con que no se le antojaba lo que había allí ni quería ponerse a preparar nada. Buscó helado en el congelador y frunció el ceño al ver que no había.

Fue a su cuarto y buscó su bolso. Afuera, la lluvia amainaba y ella deseaba un cambio. Al regresar. Se volvería a ocupar de sus cuadros. Y luego de ocuparse de su compañero, volvería a continuar pintando.

Estaba inspirada y quería aprovechar su momentum.

 

 

Cuando comenzó a cocinar no se ocupó mucho acerca de quién iría a su casa. Sólo pensó en preparar algo y decidió darle una probada a lo que había llevado a su casa en el frasquito que le había dado Belén. Pero luego de media hora preparando comida, Oscar y Gabriela llegaron a visitarla. Le pareció extraño que se aparecieran cuando ambos habían ignorado sus llamadas temprano ese día, pero se alegró de todas maneras. No quería pasar esa noche sola.

Afuera, seguía lloviendo. A veces mermaba la lluvia, otras veces aumentaba, pero no paraba. Era una constante ese día y lo agradecía. De nuevo pensaba que era mejor que lloviera a que ella llorara y era tantísimo mejor si nadie más que ella sabía la tormenta que había dentro de su ser.

Gaby le ayudó a preparar la ensalada. Ella se encargó de hacer una vinagreta a la que le agregó el brebaje. Si bien era para Oscar y para ella, qué importaba si Gabriela lo tomaba. ¿No era su amiga y era quién le había presentado a las dos brujas que le estaban ayudando?

Oscar se sentó a ver televisión y desde la cocina hablaban acerca de los últimos resultados del fútbol americano que tanto le gustaba a él. A ratos les explicaba a ellas cómo era que funcionaba el juego y ellas, Andrea en especial, trataba de entender todo acerca de los cuartos, de los time-off, y de cómo anotaban. De todas maneras, ella seguía entre preparar la comida, hacerle caso a Oscar desde la sala y hablar con Gaby en la cocina.

—A la final no fuimos donde Belén.

Andrea se le quedó mirando mientras se llevaba un pedazo de tomate a la boca. Quiso corregirla y decirle que ella sí había ido, pero algo le indicó que era mejor si se mantenía callada y guardaba esas visitas a Belén para sí misma. Asintió simplemente y continuó preparando la carne.

—¿Has pensado qué hacer cuando vas donde ella?

—Nada… parece que ya no me están molestando. Entre Lucía y ella me quitaron el problema de encima.

Gabriela se le quedó mirando y luego se encogió de hombros. Si eso era lo que Andrea pensaba, tanto mejor para ella. Haber ido donde Belén la había dejado más atemorizada que nunca. En toda su vida visitando a diferentes brujas de la ciudad, nunca se había encontrado con una tan atemorizante como Belén y si podía evitar siquiera verla, entonces, para ella estaba más que bien.

Andrea por su parte respondía con gruñiditos o monosílabos. Estaba ocupada en irse comiendo los pedazos de verduras que quedaban a medida que los picaba finamente o en juliana, según lo que necesitara. Le pasaba a Gabriela o le indicaba qué hacer o de dónde tomarlo para terminar la ensalada y por último le entregó la vinagreta que había preparado.

—¡Qué delicia! ¡Mujer, me vas a tener que enseñar a hacer esta vinagreta! ¡Está buenísima!

Andrea sonrió y escuchó a Gabriela en el comedor admirando su cocina y contándole a Oscar acerca de la delicia que ella estaba preparando.

Se la pasó bastante callada durante la cena. Había algo en el aire que no lograba comprender y mucho menos identificar. Por su parte, Oscar y Gabriela estuvieron de lo mas conversadores. El estuvo contándoles acerca de un paciente que llego esa mañana con delirios de ser Dalí y como tuvieron que arreglárselas los de psiquiatría para convencerlo de que les permitiera atenderlo. Gabriela no paraba de reírse con la historia.

Ella, les contó acerca de un cliente asiático a quien conoció en la exportadora en la que trabajaba. Según ella, un ‘tipo fuera de lo común’ que no paraba de mandarle mensajes por correo electrónico y los cuales ella respondía con su inglés de colegio.

Sonrió cuando tuvo que hacerlo pero por lo demás, Andrea continuó callada. Ese día se sentía deprimida, sin importar que por otro lado hubiera la posibilidad de que todo mejorara. El haber llorado antes de que ellos llegaran, la había obligado a darse cuenta que su vida estaba fuera de su control y, que de continuar así, el no saber cuál sería el siguiente paso en su vida o que todo aquello que creía seguro no lo era, la haría enloquecer.

—Amor, ¿te pasa algo? —La pregunta de Oscar le pareció tan tonta que se limitó a mirarlo con tanto amor como creyó que sus ojos podrían demostrar, para contestar con un simple, ‘estoy cansadita, eso es todo’.

La reacción su novio y su amiga fue de continuar hablando de las tonterías que les había pasado durante el día y de casi que ignorarla. Se había convertido en la tercer parte de una conversación en la cual, ella, simplemente sobraba.

Estuvo segura que no se dieron cuenta cuando ella se despidió y se fue a la cama. Tuvo tiempo de ducharse y cambiarse a sus pijamas antes que Oscar viniera a buscarla, quejándose de lo maleducada que ella era por dejarlos hablando solos.

En su cabeza, las ruedas giraban a toda prisa y prefirió no discutir. El dolor de cabeza regresaba, como ya le era común, y se instalaba de nuevo allí, para molestarla y recordarle cuánto estrés le causaba todo a su alrededor en ese momento.

—¿Prefieres que baje y haga malacara mientras ustedes conversan? ¿O mejor me quedo aquí tratando de que no me dé más dolor de cabeza? Tú dime qué hacer y yo lo hago.

Oscar la miró como si ella fuera una desconocida y salió de la habitación. Un momento después, escuchaba un adiós de Gabriela desde la sala y la puerta del apartamento cerrándose.

Había comenzado a llover fuerte de nuevo. Y aunque quiso acompañar a la ciudad y llorar con ella, las lágrimas la abandonaron de repente y se quedó sola y en silencio pensando en lo bizarra que era su vida en ese instante y en cómo se le estaba escapando de las manos.

Se preguntó si valía la pena luchar sola por esa vida que ya no era suya. Se preguntó si Oscar lucharía por ella en caso de que la situación fuera a la inversa.

Al no tener respuestas, se dejó caer en su cama y cerró los ojos.

Escuchar la lluvia caer la arrulló hasta quedarse dormida.

 

 

Fue a parar a una cadena de almacenes. El lugar estaba pulcramente organizado y caminó sus pasillos uno a uno, indiferente de lo que había en los estantes. Bien se podía interesar en el último producto que estaban anunciando, como se podía quedar viendo vitrinas llenas de productos que ya ni siquiera reconocía.

Metió botellas de agua de sabor, con gas y sin gas; uvas y fresas para comer mientras pintaba. Buscó galletas bajas en grasa y luego se dirigió hacia el frigorífico. Encontró su marca favorita de yogurt y, aunque no su favorita de helado, sí encontró una que le gustaba lo suficiente para llevarla. Nada como una buena combinación de chocolate y vainilla para pasar la lluvia.

Ese día, se había puesto unos jeans con una blusa amarilla holgada. Le gustaba como le quedaba porque ocultaba los rollitos que ya se habían acumulado alrededor de su cintura y la hacía sentir de su edad, así ya hubiera dejado de parecerla hacía mucho tiempo. Era muy joven, tanto que no había llegado al medio siglo de vida, pero no tenía de qué quejarse. Cada minuto que había vivido había sido maravilloso. Aun los más difíciles lo habían sido. Pensó en ponerse un sombrero que combinara con su blusa amarilla, pero se arrepintió. No pensó que fuera a caer muy bien que la gente la viera tan vestida de colores en un día que debía ser sombrío y oscuro.

La lluvia no dejaba de caer. Sofía la escuchaba a lo lejos mientras cantaba la canción que sonaba en los parlantes; ella seguía navegando los pasillos pasando el tiempo antes de regresar a cenar y a su pintura.

Estaba en el mundo en que vivía la mayoría parte de su tiempo, alejada de todo y de todos, etérea y sin embargo tan real. Fue en ese momento en que se detuvo abruptamente. Todo su ser se sentía conmocionado por la energía que lo acariciaba y lo acunaba. Era como si un ser más grande que ella le tomara en sus brazos y le obligara a acomodarse entre ellos. Estaba tranquila; no como las otras veces en que su centro se agitaba y la desazón se apoderaba de ella. Continuó su caminata buscando el lugar del que venía ese torrente tan familiar como desconocido. Regresó en sus pasos hacia casi la entrada del lugar. Allí las vio.

Una mujer vestida de un verde oscuro que le recordaba a las montañas que veía cada mañana desde la ventana de su cuarto al levantarse. De cabellos largos y decorados por unas canas bien cuidadas que no revelaban su edad, pues su rostro se mostraba joven y afable a pesar de las patas de gallo que ya se habían apoderado del rabillo de sus ojos. La otra, vestida de un rojo tan profundo como el de la sangre. Era de mirada dulce, pero de aspecto severo, que sonreía poco —quizás sólo en público era así, no alcanzaba a estar segura—. Ella llevaba muletas. Sólo tenía una pierna.

Marcia y Amalia también la habían sentido y la estaban buscando. La vieron, la estudiaron y evaluaron. Justo como ella lo había hecho.

Sofía se les acercó y así, sin conocerlas, se olvidó por un minuto de su carrito y se abrazó a ellas. Ambas le tomaron de la cintura y escondieron sus rostros en el espacio entre cuello y hombro de ella.

La divinidad, cualquiera que fuera el nombre que ellas le dieran, las había llevado a ese momento. A que se encontraran.

Tres en una.

 

 

Caos.

Si alguien le pidiera una descripción para lo que estaba viviendo, esa sería la palabra que ella usaría.

Oscar le había regañado por su grosería con él y con Gabriela. Se había puesto tan necio con eso, que luego de gritarse con él por teléfono, terminó llamando a su amiga a disculparse y luego de mucho rato de escucharla quejarse por lo mal que se había sentido, por fin la oyó decirle que todo estaba olvidado.

Al colgar el teléfono se prometió a sí misma que no caería en el jueguito. Que su tiempo también valía y que ella también merecía respeto.

Miró a su alrededor y se dio cuenta que era mejor cambiar de cara. Estaba malhumorada y con el ceño tan fruncido, que de seguro terminaría con más arrugas de las necesarias y muy pronto. Sus compañeros sólo se atrevieron a hablarle mucho rato después.

—Amiga entonces, ¿nos vamos pa’l Lleras a la noche?

Se quedó mirando a Susana, la chica que le había hablado y no supo qué responderle. Muy en contra de su buen juicio aceptó y quedó con ella de verse más tarde.

Al llegar a su casa, encontró en el contestador un par de mensajes de Oscar en los que le avisaba que esa noche saldría temprano de su turno y que pasaría por el apartamento. Ella tomó su celular y le marcó a su número, mientras sacaba ropa del clóset y decidía qué ponerse. Los jeans azules que aún no se estrenaba le combinarían con cualquier blusa que quisiera usar; el problema era que estaba muy cansada para ponerse las botas que mejor salían con ellos.

Cuando él respondió, le sorprendió la frialdad con la que le habló. Andrea se quedó mirando el teléfono varias veces en medio de la conversación mientras él respondía de manera extraña, lo cual ella aguantó por poco tiempo.

—¿Se puede saber qué te pasa?

Silencio.

Oscar no respondía y ella se desesperaba cada vez más.

—Oscar…

—Nada, no me pasa nada.

Cerró los ojos de nuevo. No quería pensar. Quería olvidarse del mundo, que el mundo se olvidara de ella. La impotencia se iba apoderando de sus sentidos y quiso gritar tan fuerte y tan alto que algo explotara en algún lado para no ser ella quien lo hiciera.

—La gente de la oficina me invitó un ratico al Lleras. ¿Me querés acompañar?

Silencio.

Andrea se aburrió del jueguito de su novio, con tanta decencia como pudo resumir en unas cuantas palabras y colgó el teléfono. Dejó la ropa donde estaba y se echó sobre su cama a llorar abrazada a su almohada.

Había empezado a llover de nuevo.

 

Belén la llamó esa noche. Le anunció que la luna estaba llena y que era el mejor momento para empezar la siguiente parte del trabajo que debían hacer para que el novio estuviera siempre a su lado. No pudo negar que dudó si quería eso o no. Amaba a Oscar, pero no le gustaba cómo se había estado con ella los últimos días y sentía, que ya le estaba pasando más de una. De todas maneras, se levantó y buscó lo más fácil para cambiarse de ropa e irse: jeans, tenis y una camiseta que ya ni recordaba que tenía en su clóset.

La casa de Belén esa noche estaba llena de mujeres. Las veía brotar de todos los cuartos, de todos los lados y todas daban órdenes e indicaban qué debían hacer y cómo. Esto la tomó por sorpresa ya que pensaba que por encima de Belén nadie mandaba, más después de la manera en que había desafiado a Lucía ese día, pero más tarde se daría cuenta que todo era parte de los roles que cada quien iba a desempeñar esa noche.

Once mujeres además de ella. Trece con Belén. Todas vestían de ropa holgada. Unas de blanco. Otras de negro. Las contó tres veces antes de perderlas de vista. Las contó de nuevo cuando estuvieron todas juntas en la sala. Las contó una vez más cuando se reunieron en la entrada de la huerta.

Ella fue la penúltima, con Belén a su espalda, que cruzó el círculo que habían dibujado en el suelo. Le escuchó hablar antes y después de que cruzara el mismo círculo. Las trece se acomodaron y se tomaron de las manos.

Andrea siguió cada instrucción que dieron. Cada mujer hizo sus peticiones. Muchas hablaron de sus maridos, sus compañeros y sus esposos. Las otras hablaron de sus hijos, de la necesidad porque no les faltara el trabajo y porque los trabajos les salieran bien. Un par de ellas hablaron acerca de sus trabajos y otro sobre las personas que querían sacar de sus vidas. Fuera como fuera, todas tenían una necesidad y cuando llegó su momento de hablar, no pudo encontrar lo que de verdad quería, así que lo dejó salir todo de un solo tirón.

Quieroqueminoviomeamequedejealamujerclaquemeestaponiendocuernosonquemeasciendaneneltrabajo.

Habló mientras tenía los ojos cerrados y se abstraía de lo que estaba pasando. Continuaba siguiendo las instrucciones. Respiraba cómo y cuándo le decían que debía hacerlo. Buscó su energía y la canalizó a través de sus manos, la compartió con todas y a su vez recibió de todas ellas.

Se mantuvo serena y firme en todo momento a pesar de las náuseas que se apoderaban de ella y del mareo que le nublaba la vista. Se aferró a las manos de quienes estaban a sus costados y también les ayudó a mantener el equilibrio. Se sintió lívida cuando la mirada de Belén se posaba en ella, y aún así, no se amilanó por ello.

Cuando la reunión terminó, la dueña de casa tenía en su rostro una sonrisa de triunfo que la sorprendió.

En el cielo, la luna se podía ver llena y redonda, pero estaba opaca, como si quisiera ocultarse. No había nubes; todo estaba despejado y el halo de luz alrededor de ella, aunque amplio, no brillaba como siempre.

—Nada como hacer esto en luna llena.

Se sentó en uno de los butacos cerca a los frascos que siempre estaban cerca a la entrada de la huerta. Belén hablaba con su voz chillona y ella se giró a mirarla, ya que quedaban casi a la misma altura. Ahí se mantenía, el triunfo de haber hecho algo bien.

—Belén, ¿qué acabamos de hacer?

La mujer se mantuvo en silencio un par de minutos antes de mirarla a los ojos. En ellos, Andrea vio un brillo extraño, algo sobrenatural que la abrumó, pero que no cuestionó. A pesar de sus dudas, de su pregunta, sentía su cuerpo vibrando al unísono con las otras mujeres en el lugar. Algo que las unía y las ponía en el mismo nivel.

Belén lo vio en los ojos de Andrea. El entendimiento que viene lento pero certero después de compartir tu magia con otra persona.

—Acabás de despertar tu magia, mujer. Eso fue lo que acabamos de hacer.

La joven mujer asintió. Se supo unida a las otras, y las miró con cuidado. Todas tan diferentes y todas con las mismas preocupaciones. Poco a poco, se fueron acercando a ella, todas bebiendo del jugo que la niña le servía cada vez que ella iba de visita. Cerró los ojos y por primera vez disfrutó el sabor a tierra del menjurge mientras escuchaba a las otras hablar.

El regreso a su casa, varias horas más tarde fue tranquilo. Las calles de la ciudad estaban prácticamente vacías y aunque revisó su teléfono celular antes de ponerse en marcha, no se molestó en responder ninguna de las llamadas perdidas que tenía. Disfrutó el silencio y la soledad sobrecogedora de Medellín después de la medianoche.

Puso la radio y empezó a cantar al ritmo de Sin Bandera. Mientras lo hacía, empezó a llover. Frunció el ceño al ver el agua caer y puso a funcionar el limpiabrisas. Condujo con cuidado y a duras penas pudo ver al portero de la urbanización donde quedaba su apartamento debido al torrencial que caía.

Al llegar a su casa, se encontró con que la puerta estaba sin llave y las luces de la sala estaban encendidas. Entró con cuidado; no quería sorpresas desagradables, pero al cerrar la puerta, Oscar salió del estudio.

—Creí que te fuiste a bailar.

—No. Me fui para otra parte.

Andrea observó sus reacciones con cuidado y siguió su camino hacia el cuarto. Allí, se desnudó y busca sus pijamas para cambiarse, totalmente despreocupada de si Oscar estaba allí con ella o no.

Él se acercó a ella por detrás y la abrazó. También extrañaba la cercanía con ella y quería estar a su lado; pero la relación se estaba poniendo rara, se decía. Necesitaba encontrarse de nuevo con ella.

Esa noche, Andrea lloró mientras hacían el amor.

Oscar ni siquiera lo notó.

 

 

—Shhhh… parece que a alguien la trasnocharon y no fuimos nosotros.

Susana empezó a reírse de ella, haciendo la burla ligera al contarle cada ligue que pasó esa noche. Por primera vez en semanas, Andrea de verdad se interesó en lo que su compañera le decía. La conversación avanzó con normalidad. Un par de personas se les acercaron y agregaron a las historias que Susana contaba. Andrea se rió como hacía mucho que no lo hacía.

Cuando se quedaron solas de nuevo, Susana que hasta ese momento había estado de pie y recostada contra el escritorio de Andrea, buscó una silla vacía que estuviera cerca al puesto y se sentó muy pegada a ella.

—Nena, ¿vos conocés alguna bruja?

La muchacha se le quedó mirando y abrió sus ojos tanto como le fue posible. Que Susana le estuviera preguntando eso, y más aún, que lo hiciera con tanto secreto, hizo que el color la abandonara, poniéndose pálida a pesar del maquillaje.

—¿Co… cómo así?

—¡Nena! —Susana siseó, tratando de que no levantara mucho la voz,— vos sabés… una de esas brujas que te leen las cartas o la mano… una de esas… —Susana hablaba y movía sus manos al tiempo, impresionando a Andrea con la velocidad y sincronía con que hacía ambas cosas a la vez.

—Pues…

—Andre… dale, si conocés alguna avísame que tengo un hombrazo que quiero pa’ mí y quiero a ver si una de ellas me ayuda.

De repente, se levantó de su asiento y regresó a su puesto de trabajo, dejándola perpleja y sin saber qué o cómo responder. Pensó en Belén en ese momento y tomó el teléfono para llamarla, pero se arrepintió, decidiéndose a hacer la llamada más tarde. Por ahora, quería disfrutar el hecho de que su mañana estaba tan normal como hacía días no lo era.

Esperaba, de todo corazón, que sus días empezaran a mejorar.

Belén le había dicho en algún momento que tuviera paciencia. Que supiera esperar. Ella lo hacía de a pocos, sin saber cómo esperar, tratando de aprender la mejor manera de hacerlo. Le era difícil, no podía entenderlo, pero ahora veía lo que esperar podía traerle.

Decidida, tomó el teléfono y marcó el número de Belén. Luego de hablar por teléfono y trabajar un buen rato, pasó por el puesto de Susana y le dijo que tenía quién le ayudara.

Irían a casa de Belén después del trabajo.

 

 

La casa de Belén estaba silenciosa ese día. Los gatos estaban acomodados por todos lados durmiendo, mientras que los perros mostraban sus panzas a cuanta persona llegara al lugar y se iban a dormitar en los rincones y bajo las ventanas. Las gallinas, les comentó la niña cuando las hizo pasar a la sala, se habían ido a acostar temprano, algo que ver con la luna esa noche que ellas en realidad no entendieron.

Andrea notó cómo Susana observaba todo a su alrededor con la avidez de una niñita que entraba a un sitio en el que no podía tocar nada so pena de un castigo por parte de sus padres. La joven mujer se quedó mirando el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y cuando iba a hablar acerca de lo oscuros de sus ojos, Belén llegó a la sala acompañada de Nora, la mujer que Andrea había conocido el día anterior.

Nora la saludó como si fueran amigas de toda la vida. Ella se dejó abrazar, respondió de igual manera mientras Susana la miraba sorprendida.

—¿Esta es la amiga que me contaste?

—Sí Señora. —Andrea procedió a presentarlas y se mantuvo en su asiento, como una espectadora ante una obra presentada sólo para ella.

Belén se quedó mirando a Susana mientras le contaba la razón por la que estaba allí. Eran compañeras de trabajo y eran tan absurdamente diferentes que cuestionó el cómo podían ser amigas. El centro de energía de Susana era egoísta y muy oscuro. Prescindible. Belén la escuchó hablar acerca del hombre que le gustaba y de lo que quería.

Es que tiene novia…Incluso había hecho pucheros con los labios, mostrándoles a ella y a Nora cuán mimada podía ser. ¿Si el hombre ya tenía mujer, para que meterse con él? ¿Que no era de otra? Sin embargo, se reprendió, ella no era quien para cuestionarla. O, ¿acaso ella misma no era de las que rompían amores y ligaban a los que de otra manera?

Nora, que parecía estar acompañando a Belén en todo lo que hacía últimamente, se sentó en frente de Susana y sacó un mazo de cartas del bolsillo de su vestido. Belén se sentó en una de las sillas laterales.

El mazo era viejo y estaba gastado de tanto uso. Había algunas cartas que estaban dobladas y maltratadas. Andrea vio cómo las empezó a revolver sin dejar de mirar a Susana quien, impaciente, miraba a la mujer con ansiedad.

Ella no reconocía ese mazo. Recordaba alguna vez la carta de la muerte que salía en la secuencia inicial de una novela colombiana de los noventas, pero más allá de eso, no tenía ni idea de qué eran las cartas o qué representaban. Estas estaban gastadas, seguramente gracias a ser muy usadas; no estaba muy segura si era por eso. Lo que sí sabía, era que las cartas se veían en mal estado.

Acabadas.

Nora fue poniendo las cartas en frente de ella, de una en una y en hileras de tres. Las figuras estaban ‘al derecho’ y ‘al revés’ y Nora y Belén compartían unas miradas cómplices que ella siguió con cuidado.

—Ese hombre puede ser para ti, pero tienes muchos problemas para llegar a él.

—Lo sé… tiene una novia de lo más pesada. —Susana sonaba molesta mientras hablaba.

Andrea vio asentir a Nora y a Belén. Miraban las cartas, luego se miraban entre ellas y Nora hablaba de nuevo. Le aseguraba que podían hacer algo, pero necesitarían un objeto que fuera de él y algo que fuera de ella. De la novia del sujeto en cuestión ni hablaron, pero Andrea supo que de eso se ocuparían después y cuando lo supo, algo en ella la hizo saltar y le exigió ser cauta. Le gritó que pusiera cuidado, pero ella ignoró la vocecilla que le estaba hablando.

—Cuando nos traigas eso, te vamos a poder ayudar, antes no.

Susana las observaba con cuidado y estaba maravillada con ellas. Belén y su aire de anciana —y nadie iba a corregirla al respecto—, Nora y el misterio que escondía detrás de sus ojos tan claros. Le habían prometido que la ayudarían y al mirar a Andrea se dio cuenta que si todo funcionaba le estaría agradecida de por vida.

Antes de salir de la casa, Belén le pidió a Andrea que fuera a la huerta con ella, pa’ que le ayudarla a recoger una cosita, le dijo. Entre tanto, Nora aprovechó para cuestionar a Susana y saber más de lo que ella deseaba.

—¿Qué te pasó? —Belén le preguntó mientras ella suspiraba y se apoyaba en el borde del balconcito, con cuidado de no tocar los frascos que había ahí ni romperlos.

—Que me la gané con él y con Gaby.

—Esa Gaby no me gusta. —La voz de Belén sonaba acusadora, pero no quiso continuar hablando. Se alejó de Andrea y buscó entre los frascos en la cocina. —Esto es para vos. El otro que te llevaste, se lo vas a seguir dando a él y este te lo vas a tomar vos solita, ¿me oíste?

—¿Pa’ qué es?

—Pa’ que te cuides, mujer. Pa’ que te cuidés de Gaby, de Susana, de la mona esa.

—Creí que ya me habías quitado a la mona de encima.

Belén continuó buscando entre los frascos antes de responderle.

—Los trabajos toman paciencia y toman tiempo.

—Pero ya llevamos mucho tiempo… —Andrea caminó hacia ella, y puso su mano en sus hombros. Ese día todo debía estar bien. Todo debía seguir bien.

—¿Vos confiás en mí?

Andrea asintió, apurada. Confiaba. Quería confiar. Quería creer que todo estaba bien, que todo seguiría bien. Necesitaba creerlo.

—Sí.

—Entonces, hacéme caso. Te tomas las goticas tuyas, le das las de él y seguimos con el tratamiento. Roma no se hizo en un día, mija.

—¿Nena, nos vamos ya?

Susana llegó hasta allá, huyendo de los gatos y espantada de las gallinas y los perros. Nora venía detrás de ella, guardaba su mazo en el bolsillo de su vestido y sonrió antes de meterse a la huerta, y correr a las gallinas con el pie, espantándolas.

—Ella debe volver apenas tenga lo que le pedimos, ¿la podés traer?

—Sí Señora. Nos vemos después.

Susana se fue hablando animada acerca de las promesas de Nora. Cuando Andrea la dejó en su casa, le hizo prometerle que la llevaría de nuevo. Según Susana, ya tenía una cómplice para ganar al hombre que ella quería. Según Andrea, esa era otra oportunidad para aprender más.

 

 

Sofía estaba emocionada. Había conocido a esas dos mujeres maravillosas en un instante en que el universo conspiró para que entraran en su vida. Como ella lo veía, su ser estaba completo.

A pesar de estar meditando, se rió al pensar en ello. En sus muchas lecturas, había leído de varias culturas en las que las diosas se presentaban en una tríada. Recordó la historia de la luna griega, de Artemisa, Selene y Hécate; siguió sus pensamientos a donde la querían llevar y divagó con ellos en los recuerdos de los mitos. Las lunas griegas representaban las fases de la mujer: la doncella, la mujer y la anciana. Su mente la llevó entonces al panteón Celta y cómo la Diosa que se adoraba en la antigüedad también tenía esos tres rostros: la doncella, la mujer y la anciana y era representada por la luna. Curioso, se dijo. Todos los mitos y los ritos eran muy diferentes entre sí, y sin embargo, todos parecían unidos de la forma más sencilla.

A medida que profundizaba en su meditación, las palabras se repitieron y mutaron; de doncella a novicia, de mujer a madre, de anciana a sabia.

Cuando su mente se quedó en silencio, el universo se presentó ante ella en esa forma: una luna y sus rostros. Vio a la doncella, vio a la mujer, vio a la diosa. Se vio a sí misma siendo cada una de ellas, y siendo ella misma. Vio el lado oscuro de la luna y se dio cuenta que eso, también era parte de ella.

De ellas.

Cuando las había conocido, ella no pudo contenerse. Verlas, sus energías, ver la sinergia entre ellas y cómo se llamaban con la suya y se reconocían. Darse cuenta que ellas eran la parte del rompecabezas que le faltaba, eso, había maximizado sus ilusiones. Eso, le había significado resolver la gran parte del conflicto interno que tenía. Había otras mujeres como ella; mujeres que veían lo que al mundo ya se le había olvidado ver.

Eso la tenía sonriendo como hacía mucho que no lo hacía.

Un par de horas más tarde, Sofía comenzó a prepararse. Había quedado de recoger a Amalia en la estación del metro y de ahí se irían a comprar un pastel de chocolate que ya había visto antes en una tienda. De ahí, se irían para la casa de Marcia. No podía negar que estaba desbordante de alegría. Incluso su compañero la había abrazado feliz de verla tan radiante.

Si ella pudiera explicarle a él cómo se sentía. Pero no quiso quedarse pensando en eso; él la entendía completamente. Eso la hizo sonreír mucho más.

El camino hasta la estación del metro fue rápido. Ese día no se encontró con un solo semáforo en rojo y al llegar a la estación, Amalia ya la estaba esperando y la sonrisa con la que la mujer la saludó aumentó su alegría. Se asustó por eso. No era normal que pasara de sus estados normales de depresión a esos estados de alegría.

Eso no le pasaba a ella.

Y sin embargo, eso era lo que estaba viviendo.

Se bajó del carro para saludar a Amalia. Al abrazarla, su meditación comenzó a revivirse en su mente.

—Mi niña bonita, ¿cómo estás?

Su voz, se decía. Amalia era dulce, era tranquila. Sus palabras eran un bálsamo para ella. Ese día, llevaba su cabello recogido en una cola de caballo atada en la parte baja de su nuca y tenía puesto un conjunto de pantalón castaño oscuro y una blusa beige.

—Bien, bien —respondió ella, una sonrisa brillante en sus labios. —Vamos, que Marcia nos debe estar esperando hace rato.

Subieron al carro y siguieron su camino hacia el sur.

Amalia la miraba de reojo. Hacía mucho no veía a una mujer que irradiaba tanta luz tan hermosa y sólo podía sonreír, un reflejo de la alegría de Sofía.

 

 

Marcia se la pasó cocinando todo el día. El padre Manuel la había llamado y habían quedado en verse al día siguiente, ya que ella tenía la cita con las “chicas” ese día. Con Manuel, hablaron acerca de los acontecimientos desde la última vez que se habían visto. La naturaleza seguía gritando que las cosas que estaban pasando no estaban bien, que alguien tenía que luchar por el equilibrio y que era mejor hacerlo pronto, muy pronto, antes de más cosas pasaran y ya no hubiera nada qué hacer.

El sacerdote no había llegado a escucharla tan preocupada en muchos años.

Sin embargo, el tono de la conversación cambió en el momento en que Marcia comenzó a hablarle de Sofía. Su voz cambió de repente, tornándose tan ligera como Manuel recordaba que era antes de su tragedia. Comenzó por contarle lo bizarro de su encuentro. Ni Sofía había podido evitar abrazarlas ni ellas habían podido evitar la sensación de bienestar que les sobrevino cuando habían respondido al abrazo.

Marcia le habló de sus energías y de cómo danzaban la una con la otra mientras se reconocían y se fundían. Hacía mucho que el sacerdote no escuchaba de algo así. Tanto, que ya ni siquiera podía recordar si había sido una realidad o un mito contado en el seminario, cuando apenas sí estaba comenzando su vida clerical.

Sofía, le contaba ella, tenía ojos grandes y expresivos que ella comparó con los de una lechuza. Manuel se rio ante la descripción y le dijo que con ese nombre, más le valía a la buena mujer ser bien inteligente. Marcia le regañó, medio en broma medio en serio y le recomendó que se ‘volviera más serio’ argumentándole que estaba muy ‘viejo’ para estarse burlando de la gente.

—Me gustaría conocer a esta Sofía. Parece que es una buena persona.

—No señor, primero es reunión de ‘brujas’ —movió sus dedos en el aire aunque él no podía verla— y luego ya se la presentamos.

—¿Amalia sigue preocupada?

Marcia respiró profundo. Sí, seguía preocupada. Mucho seguía pasando y dudaban que pudieran hacer más de lo poco que ya estaban haciendo.

—Puedo escuchar como piensas desde aquí, Marcia.

—Esto es poco fácil, Manuelito… poco fácil.

—Sí, pero mientras nos mantengamos firmes en lo que somos, podemos equilibrar la balanza.

—La muchacha de la medallita de San Benito de la otra vez… ¿no ha vuelto a la iglesia?

—Yo soy el que no ha regresado a San José. Ya sabes que mi parroquia es la de San Benito.

—Hablando de eso… ¿sigue yendo mucha gente?

—Todos los días. ¿Si ves que siempre hay quien viene por ayuda? No todo está perdido mujer…

—Yo sé… yo sé… pero a veces como que todo es más grande que uno, padrecito…

Al hablar así, tocó el muñón en su pierna. Cuando las personas perdían la confianza en los otros, cuando les temían, era cuando cometían los peores actos. Así fue como perdió a un esposo y a sus hijos hombres. Mejor sin ellos, sí, se decía; pero igual eran su familia y ella estaba muy joven y tuvo que aprender a criar a su hija así.

—Dicen por ahí que todo es equivalencia, Marcia. Perdiste tu pierna, pero ganaste el conocimiento de tu sabiduría.

—Dejá de hacer eso, que sabés que no me gusta.

El sacerdote se rió. Su risa llegándole a ella alta y clara como si estuvieran en la misma habitación.

—Sí mija, pero es que usted anda pensando en voz alta.

—Que tu Dios te acompañe Manuelito, nos vemos mañana.

—Ya llegaron.

—Sí señor.

—Mañana nos vemos entonces. Que tu Divinidad esté contigo siempre, mi Señora.

Marcia colgó el teléfono y se levantó a abrir la puerta. La sonrisa con que las recibió se comparó sólo con la que ellas le ofrecieron. Les dio paso para entrar y vio cómo Sofía se quedaba viendo cada objeto en su casa, humilde como ella era.

—Tienes una casa muy bonita, Marcia —dijo Sofía, mientras le pasaba el brazo por los hombros.

—Está a la orden, mija.

Sofía caminó por la casa hasta llegar al solar donde Marcia cultivaba sus matas. Allí al mirar al firmamento se dio cuenta que estaba oscuro y cargado. Se encogió de hombros y se sentó en la cocina con ellas a almorzar.

Qué importaba si llovía de nuevo. La ciudad lloraría sola esa vez.