DOS – La Madremonte

—Dios es mi Padre, la Naturaleza es mi madre […]

Anónimo

 

 

El dolor se mantuvo por varios días hasta que se volvió un amigo más en su vida. Regresó a su trabajo más cansada y sin haber disfrutado de sus vacaciones como se lo merecía. No sólo estaba físicamente agotada; su psique estaba tan golpeada que no sabía qué tanto más podría aguantar.

Sus visitas a Lucía empezaron a hacerse casi diarias. Poco a poco había comenzado a aprender de las yerbas que eran buenas para el cuerpo y las que le hacían mal. Las había comenzado a probar una a una y según la que tomara su cuerpo reaccionaba diferente.

Su mayor problema era que, sin importar lo que hiciera, nada había disminuido el jodido dolor. Y con el pasar de los días eso era todo lo que le preocupaba. Un día decidió dejar el asunto de la rubia a un lado. Decidió que si le estaban haciendo algo era porque ella lo permitía. Ella se debilitaba al pensar que Oscar podría estar engañándola y se debilitaba cada vez que le daba ese tipo de poder a la otra mujer. Había dejado de preocuparle que Lucía le recordara que la seguían molestando, o que cada vez que miraba en las cartas le salieran la muerte y la torre. Se había concentrado en su novio, y aún así, el dolor no la dejaba.

Eso la estaba cansando.

El día anterior cuando estaba hablando con Gabriela y Lucía, les dijo en medio de su desesperación que si ellas no podían ayudarla entonces que necesitaba otra bruja. Una que sí supiera lo que estaba haciendo y que pudiera ayudarla, porque primero quería volver a tener el control sobre su cuerpo, y luego quería devolverle a la perra esa todo lo que le estaba haciendo.

Sus palabras sin embargo, se las estaban cobrando más caro de lo que podía pagar.

Ahora se encontraba en una casa del norte de la ciudad. A diferencia de la casa de Lucía, esta era enorme y tenía un patio que daba a una especie de colina. Atrás, se podía ver una especie de huerta y animales corriendo por todos lados: gatos, perros, gallinas. Todos vivían juntos en un bullicio que la abrumó desde que cruzó la puerta hacia el interior.

La mujer que las recibió, sin embargo, era demasiado pequeña comparada con el tamaño de la casa donde habitaba. Su piel estaba arrugada y manchada, y era su joroba lo que hacía que su cuerpo estuviera doblado hacia adelante permanentemente. Su cabello estaba lleno de canas desperdigas por todos lados y parecía que no había lavado su vestido en semanas.

Lo peor, era el olor pútrido de la casa.

Gabriela y ella iban tomadas de la mano. En los últimos días, Gabriela era todo lo que ella tenía en el mundo. Se había convertido en su paño de lágrimas, en la única persona que sabía por lo que estaba pasando. Lo único que no pudo compartir con ella fue el estado de su relación con Oscar.

Las llamadas seguían pasando y cada vez eran más abusivas. Las pocas veces que Oscar se estaba quedando en su casa, la mitad del tiempo se la pasaba en el teléfono ya fuera hablando o chateando y el tiempo entre ellos había disminuido a tal punto, que su intimidad era nula.

Ella simplemente lo extrañaba y quería que todo terminara pronto.

La mujer, Belén, dio un alarido llamando a una niña que se apuró a obedecerla y traer bebidas para las personas que acababan de llegar. Ella se quedó mirando a Andrea sin fijarse en las otras dos. Sin embargo, cuando Lucia quiso hablarle, ella le dio una mirada que le heló los huesos.

—Vos… —dijo ella mirando a Andrea a los ojos, —vos estás muy mal, y ni siquiera te has dado cuenta. —Una vez terminó su frase, sus ojos se fijaron en Gabriela. —Y vos…

Esa frase no la terminó.

La niña regresó con una bandeja con un par de vasos con un agua amarillenta en ellos. Andrea tomó el suyo y al probarlo le supo a Frutiño™ con mucha más agua de la que era permitido usar para prepararlo. No quiso pensar mucho para no comparar clases ni estilos de hacer las cosas. La niña se apresuró y regresó con un vaso más, con un agua de diferente color para Lucía. La mujer al verlo se quedó en silencio y bajó la cabeza, aceptando lo que Belén quería decirle.

—Bruja, nadie entra a mi casa y me desafía. —Belén habló con calma y su voz salió con tal decisión y voz de mando que Lucía no pudo más que asentir. Cuando llegó allí, a pesar de saber a casa de quién iba; se había ido con el aura cargada de protecciones y defensas que al entrar en casa de Belén se volvieron ofensas. Al parecer, ella al notarlo, empezó a observarla hasta decidir que no era lo suficientemente importante como para gastar tiempo en quitársela de encima. Algo simple y sencillo sería más que suficiente.

Lucía respondió inclinando la cabeza lo suficiente y dejó el vaso a un lado. Estaba segura que de tomárselo, terminaría buscando ayuda para lo que fuera que viniera en él.

Andrea no podía dar crédito a lo que veía. Hasta el momento, Lucía era la única bruja que ella conocía y había confiado en ella. Ahora, llegaba esta otra mujer que era deforme y jorobada y la doblegaba. Dudó entonces que Lucía pudiera serle de ayuda de nuevo y apretó la mano de Gabriela que no la había soltado.

—Señora, ¿qué es lo que tengo yo?

La pregunta le salió de sopetón y sin filtro. Si quería saber, si quería averiguar bien lo que estaba pasando consigo misma, mejor se tiraba de cabeza a averiguar de una buena vez. La mujer estiró su mano y le mostró una mano de dedos huesudos y torcidos. Pensó que podías ser artritis, que no tenía por qué ser nada más que eso; pero también se dijo que ya estaba bueno de decirse mentiras.

El juego en que se había metido de creer o no creer, tenía que acabar y debía ser esa misma tarde.

Quizás, el hecho de que lo que había hecho no funcionara, no había sido culpa de Lucía. Ella misma no le había puesto a los ‘trabajos’ la fe que necesitaban para funcionar. Se dijo ahí mismo que no le pasaría de nuevo.

Belén no había dejado de mirarla y observaba las emociones de la muchacha bailar por su rostro como en una exhibición. La maldición que le habían echado era muy sutil, no era para que todos la vieran; pero era fuerte. La mujer que deseaba a la ‘bestia’ que tenía como novio, lo deseaba tanto que no se estaba midiendo. Nunca entendería a las mujeres y su extrañaba afición por los hombres. Ellos no eran más que un problema que no necesitaban en su vida. Ellos hacían daño, violaban el alma y el cuerpo, envenenaban las buenas intenciones y rompían corazones sin medirse del desastre que dejaban atrás.

Por eso les llamaba ‘bestias’. No había encontrado aún, un hombre que no se mereciera el apelativo. Y eso que cada día llegaban varias mujeres como Andrea buscando la manera de mantener el de cada una al lado.

La muchacha le había preguntado que qué tenía ella. Dudó. No era solamente una cuestión de saber que estaba tapada con una energía oscura y sucia que la cubría y no dejaba que los trabajos obraran. Tampoco era una cuestión de saber que quien le estaba haciendo el maleficio la quería muerta, no alejada. Y menos aún era un asunto ligero de tratar. Ese trabajo tenía una forma intrincada de funcionar. Se alimentaba de la depresión de la chica. Y su bestia estaba ayudando. La estaba engañando y la pobre o no sabía o disimulaba muy bien.

Que qué tenía ella… Belén no tenía palabras para describirlo. La querían lejos de su bestia. Y si moría tantísimo mejor, pensaba Belén al leer el maleficio escrito en el aura de la pobre muchacha. Eso no era todo, esta era de las buenas, buenas. De las que si aprendían, sabrían mucho y serían mucho más de lo que se esperaba de ellas. Pero, también era cierto que la chica no sabía ni dónde estaba parada en términos de sí misma.

Bien. Eso podría funcionar para su beneficio.

—La mona que te quiere matar, se llama Alejandra y es muy mala. Muy mala.

Belén se levantó de su asiento y movió su deforme figura en frente de Andrea y movió su dedo índice derecho sobre sus ojos hasta posarlo sobre el centro de la frente de la joven mujer. Andrea sintió en ese momento que el mundo le dio vueltas y rezó para que el malestar terminara pronto y que todo a su alrededor dejara de girar. Se sentía cansada, demasiado cansada.

Pronto, perdía la conciencia y caía desmayada en el mueble de la sala de la casa de Belén.

 

 

El olor del lugar donde se encontraba era nauseabundo, pero no podía alejarse de allí. Sentía sus miembros pesados y colgando como un peso muerto que se aferraba a su cuerpo sin permitirle caminar. Estaba ahogada, sin poder respirar. Atrapada en una realidad que no era la suya, porque en su mundo, ella podía moverse y era más ligera. En este, ella era pesada, dura y estática. Era muda, sorda, ciega. Era un ente, una figura más no una persona.

La oscuridad era más oscura aquí. Más densa.

Y sin poder evitarlo más, en el lugar donde estaba, Andrea lloró.

 

 

Cuando recuperó el conocimiento, estaba acostada en el mueble grande de la casa de Belén. Al parecer, en medio del pánico de Gabriela, la tribulación de Lucía y el conocimiento de Belén, habían decidido que mejor le permitían descansar un poco y regresar a sus cinco sentidos de a pocos, a su ritmo.

Quiso sentarse, pero la mano de la mujer mayor en su hombro la hizo desistir, por lo que optó por obedecer. Ella sabía más. Sabía muchísimo más de lo que Lucía sabía. Lo había visto en sus ojos toscos. Escuchó voces lejos de ella, como si no pertenecieran allí. Como si fueran de otro mundo, pero muy en la realidad. Luego sintió a Gabriela a su lado; estaba segura. Ese era el perfume que su amiga usaba y que ella le había regalado en su cumpleaños. Esas eran sus manos que estaban muy frías, porque ahí estaba su acostumbrado anillo en la mano izquierda. Se mantuvo con los ojos cerrados, en calma. Respiraba y contaba de uno a diez y luego a la inversa hasta que perdió la cuenta de todas las veces en que contó y de qué manera.

—Ya podés abrir los ojos.

La voz de Belén le llegó y sintió que la traía de vuelta. La llamaba y la obligaba a hacerle caso, a obedecerla. Ella lo hizo, no cuestionó. Necesitaba que las sombras se fueran, que dejaran de cercarla, que la dejaran en paz.

Necesitaba luz.

Abrió los ojos con lentitud y se tomó un poco más de tiempo antes de incorporarse y sentarse. Aún al hacerlo, descargó su cabeza en el respaldo del asiento usándolo como apoyo para mantener el equilibrio. Estaba segura que si no lo hacía entonces caería de nuevo y precisaba alejarse de ese sitio espantoso donde había terminado.

—¡Nena! ¡Nena! —Los llamados desesperados de Gabriela resonaron en su cabeza haciendo que se percatara que le dolía. Si seguía así, la migraña la atacaría pronto y no quería sentirse enferma.

—Vieja, pará que me va a explotar la cabeza. —Su voz, contraria a la de Belén, salió chillona y diferente a sus propios oídos. Se asustó por ello, pero decidió no pensar mucho. Así le dolía menos.

Se llevó las manos a las sienes y apretó, buscando con ello aliviar el dolor, aunque en realidad tan sólo lo aumentaba. Gabriela le puso la mano en la frente, fría como la tenía y sintió alivio.

Belén se le quedo mirando. No solo veía en Andrea alguien que podía llegar muy lejos en la brujería, también veía a alguien que podría beneficiarla a ella en el futuro. Ella podía limpiar a la muchacha; eso no era problema, era complicado, pero posible. Lo que la hacía dudar era la voluntad de Andrea.

Para ella, las personas tan voluntariosas como Andrea, eran difíciles de manejar y sus escasos cuarenta años creía no poder manejarla. Su cuerpo y su alma se estaban consumiendo tan rápido debido a los trabajos que hacía por otros que sabía que se veía de más de sesenta años. Eso de la edad nunca le importo, pero no dejaba de ser mujer y preocuparse,

La niña que las había estado atendiendo entro en ese momento. Le hablo a Belén en voz baja y la mujer asintió. Había alguien en la puerta esperando por ella para que la atendiera.

Andrea se puso de pie apoyada en Gabriela. Belén vino hasta ella, quedando casi a la mitad de la altura de la muchacha y le dio un pedazo de papel con su número de teléfono. Le instó a que la llamara pronto y le dijo que estaba a su servicio para lo que necesitara.

Lucía y Gabriela las vieron hablando desde una esquina. Lucía sentía como si su energía la estuviera dejando de a pocos mientras que Gabriela quería estar al lado de Andrea para saber qué estaba hablando con la bruja. Ese sentirse excluida de lo que estaba ocurriendo la hacía rabiar.

Al salir de la casa, Andrea buscó la mano de Gabriela y se aferró a ella. Gabriela apretó la suya antes de soltarla.

 

 

El teléfono no paraba de timbrar. Andrea se había pasado la noche buscando información en internet acerca de limpiezas corporales. Quería ver si encontraba algo que pudiera leer y la pudiera ayudar ya que no llamaría a Belén sino hasta el otro día. Se levantó de su asiento y buscó el teléfono para responderlo. Al ver el identificador de llamadas, notó que no era local y se apresuró a contestar.

—¡Andre! ¿Dónde estabas que no contestabas?

La voz de Marcela, su amiga desde la infancia, era sonora y aún no perdía ese acento paisa tan marcado y tan característico de ella. Andrea rió.

—Estaba en internet. ¿Cómo has estado?

La emoción en su voz dio paso a las risas de ambas mientras hablaban y se contaban los últimos acontecimientos de sus vidas.

Andrea sonreía mientras escuchaba a su amiga hablar por teléfono. Se habían conocido a mediados de primero de primaria cuando los padres de Marcela recién se habían mudado a Medellín siguiendo el traslado de su papá a la sede de la fábrica en que trabajaba. Desde ese día se habían llevado bien y hasta hacía un par de años habían sido inseparables. Andrea fue su madrina de bodas y ya había hablado con respecto a que fuera también la madrina de su hijo. Qué mal, se decía Andrea, que ella ahora tuviera que vivir en Bogotá y la distancia fuera tal que sólo las llamadas por teléfono o el Skype™ se habían convertido en el tercer miembro de la amistad entre ellas.

—¿Y… cómo van las cosas con Oscar?

Sabía que eventualmente tocarían el tema, pero no quería abordarlo. Se había pasado los últimos días negándose a las posibilidades. Oscar seguía hablando de matrimonio como si nada estuviera pasando y sin embargo, ella ya no confiaba en él como antes y no estaba segura de poder hacerlo de nuevo. Se limitó a responder de la misma manera que hacía con todo el mundo.

—Todo va bien con él. Ya sabes cómo es…

—No, no sé. —Sentenció Marcela.

Se le hizo un nudo en la garganta, uno que se apretó debido al silencio incómodo que se generó en ese instante. Marcela estaba en lo correcto. No debía saber; por un lado ella no había hablado con nadie de lo que estaba pasando con Oscar y por el otro, hacía tanto que no hablaban que Gabriela había ocupado el lugar de confianza en su vida. Quizás fuera por la cercanía entre ellas.

Andrea se colgó la culpa al cuello cual si ésta fuera una cadena de plata.

—¿La verdad? Ahí vamos.

—¿Vas a hablar o te saco las palabras?

Una amenaza/juego que siempre tenían ellas, una forma de retarse para no guardarse nada que pudiera dañarlas.

—Me encontré unas fotos raras en su celular.

—¿Cómo raras?

—Una vieja… una mona.

Marcela se quedó en silencio al otro lado de la línea.

—Marce…

Andrea escuchó un suspiro antes de volver a oírla hablar de nuevo. Esta vez, Marcela le pidió prudencia y le sugirió confrontarlo y averiguarle directamente a él si lo que ella pensaba podría ser cierto en alguna medida. Ella le escuchó con cuidado. Marcela tenía razón, y era mejor no actuar con la cabeza caliente y hacer las cosas como se debían hacer; después de todo, ella como Oscar, quería casarse y era mejor si lograban hacerlo bien.

—Apenas sepas alguna otra cosa me cuentas.

Esta vez, Marcela habló con algo de dolor e ironía en su voz. Andrea no la debía estar pasando bien y ella estaba tan lejos.

—De una.

Marcela continuó preguntándole acerca de su familia, del trabajo en el banco. Media hora más tarde terminaban la llamada con Andrea prometiendo no ‘perderse’ tanto y con Marcela jurando que llamaría más seguido.

 

 

Cuando llamó a Belén, la mujer la atendió con amabilidad. Andrea tenía que reconocer que no se esperaba el gesto. Aunque Belén no había sido ruda con ella, sí lo había sido con Lucía y eso todavía la hacía sentir atemorizada. Pasó de la sensación y se dejó llevar por el impulso. Mejor hacer y luego pensar. Necesitaba dejar el miedo oculto en algún lado donde pudiera guardarlo para cuando en verdad lo necesitara. Ahora mismo, ese no era uno de sus momentos para temer.

La mujer la invitó a su casa, pero le indicó que viniera sola. Le dijo que viniera vestida cómoda porque de seguro saldrían a caminar por ahí y la necesitaba dispuesta para el paseo. Igual, si no salían, nada pasaba.

Andrea llegó puntual, eran pasadas las seis de la tarde y era un viernes. La niña del otro día abrió la puerta y en silencio la guió hacia la sala. Allí le mostró las sillas para que se sentara y se marchó de nuevo, seguramente hacia la cocina. En los momentos en que Andrea se quedó a solas, pudo contemplar la casa. Había una imagen del Corazón de Jesús que nunca había visto. Era la misma pose del acostumbrado en cualquier casa antioqueña que se respete, pero este tenía el cabello y los ojos extrañamente oscuros y no importó que ella se pusiera de pie y caminara por la sala, sentía que esos ojos la seguían y no la perdían de vista.

—Tómese esto, la Seño ya viene.

La niña habló, por lo que sería la segunda vez desde que ella la había conocido. Le trajo un vaso con agua saborizada como el de la vez anterior y lo dejó en la mesa del centro para que ella lo tomara. Esta vez se la tomó apurada, no sabía si Belén demoraría o no, pero era mejor estar preparada. Unos minutos más tarde, la mujer entraba en la casa, y Andrea lo supo por sus pisadas fuertes.

—¡Ya llegó! ¡Vení nos vamos pa’ allí atrás y hablamos un ratico. —Extendió su mano para que ella la tomara y al verla dudar, la movió alentándola a que la tomara, —Dale, vení.

La parte de atrás de la casa de Belén era más impresionante que la de adelante. Allí había yerbas y ramas y frascos vacíos apilados desde el piso hasta un mini-balconcito que daba hacia la huerta de la casa; frascos de compota, de Nescafé, de varios tamaños y grosores. Se tuvo que abrir camino entre los gatos, los perros y las gallinas que parecían pulular por doquier para acercarse y ver que algunos no estaban tan vacíos. En algunos de ellos flotaban alacranes y lagartijas en un líquido transparente que bien podría ser alcohol.

—Pa’ la suerte.

Belén señaló los frascos con los animalitos con uno de sus huesudos dedos y luego le pidió que la siguiera. Caminaron en la huerta y Andrea escuchó a Belén diciendo algo repetidamente, como si estuviera orando y la vio arrancar pedacitos de yerbas de un montoncito y luego más pedacitos de otras que estaban ya secas y amarradas. Juntas pero no revueltas, dijo la mujer cuando se giró a mirar a Andrea y su cara de sorpresa al verla moverse por ahí.

—Éstas son buenas… y las vamos a necesitar. Hay que hacer un sahumerio. Veníte.

Había una especie de fogón al aire libre a un costado de la huerta; alejado de las plantas y cerca al muro. Allí, Belén puso unos carbones que Andrea no supo cómo encendió y echó las yerbas encima de ellos. Buscó la tapa de una olla que tenía por ahí, tiznada de tanto usarla en ese fogón, seguramente, y la usó para azuzar el fuego. Vio los carbones arder en pequeñas llamas amarillentas y rojizas mientras las yerbas tomaban un color negruzco y su olor comenzaba a mezclarse.

—Belén…

Al escuchar su nombre, la mujer se giró. Tenía que esforzarse, para poder levantar la mirada, encorvada como era ella.

Andrea vio como Belén se sentaba en un butaco que apenas si alcanzaba los 30 centímetros de alto. La vio más pequeña de lo que era y también la temió más. La joroba de la mujer se hizo más pronunciada y sus ojos le parecieron más desorbitados que antes. De nuevo murmullaba inteligiblemente para ella y la vio golpear un pedazo de carbón con una roca hasta dejarlo en astillitas.

—La clave para un buen fuego está en cómo se alimenta. —Andrea la vio tomar las astillas y echarlas en las llamas que ya ardían. El fuego se avivó y el sonido de su crepitar hizo que se le pusiera la piel de gallina. —El fuego suyo se está muriendo.

La joven se sentó en un butaco igual al de Belén que estaba ahí, a su lado. De hecho, noto, había varios de esos, todos en círculo.

—¿Qué quiere decir con eso?

Belén se le quedó mirando con cuidado. El miedo se dibujaba en su rostro y la aprensión por lo que no conocía hacía que la chica se dejara ayudar. Muy en el fondo sí que quería ayudarla y no sólo a limpiarse. Si esa muchacha usara esa aura fuerte de ella para lo que ella la necesitaba… quería más efectividad en sus conjuros, en sus pociones, en las contras y en los filtros de amor. Serían más potentes. Servirían a más gente y Andrea estaría tan agradecida con ella que no se negaría a aprender y trabajar a su lado.

—¡Belén! ¡Belén! —La grita gritó desesperada. Su mirada retorcida le hizo helar los huesos y la vio enderezarse y parecer tan alta como ella definitivamente no era.

—¡Limpia tu fuego mujer! —La mujer habló, golpeando su muslo mientras lo hacía y se inclinaba hacia adelante, hacia ella— ¡Limpia tu aura! ¡Lucha contra lo que te están haciendo!

Andrea, quien también se había inclinado, recupera su postura y apoya sus brazos en sus rodillas, dejando caer su cabeza entre ellas. Si todo fuera tan fácil. Si ella pudiera entender eso de su fuego.

—¿Y eso… cómo se hace?

 

 

Todas las personas que conocían a la señora Amalia, conocían la clase de mujer que era. Menudita de cuerpo, delicada. Unos decían que si se descuidaba, un día el viento se la elevaría del suelo, llevándosela enredada en él y no la regresaría. Otros decían que ella era como un árbol: bien pegada a su tierra y sin posibilidades de doblarse siquiera.

Fuera lo que fuera, nadie sabía exactamente quién era ella. Y aún así, todos sabían que no había nadie con más aguante que ella. A su edad, Amalia ya había perdido un par de maridos, varios hijos que o no habían alcanzado a nacer o que habían muerto siendo muy niños.

Entre amores, hijos, familia, amigos y vecinos, la muerte había tocado en su puerta tantas veces que ya había perdido la cuenta.

Amalia miró por su ventana y se fijó en las personas que caminaban por allí. Iban de arriba a abajo de la calle y caminaban unas a toda prisa, otras más lento. A todos los ritmos y sólo Dios sabía con qué enredos en la cabeza. Luego bajó la cortina y la cerró, dejando el mundo afuera por un rato más. Mejor si así podía alejarse de ese mismo mundo y descansar de él.

Caminó con calma hacia su cuarto especial. Allí, tenía un tapete verde que cubría cada metro cuadrado de piso. Había unos cojines pulcramente puestos en el lado opuesto a la puerta. Amalia dejó sus sandalias en la entrada, y entró sin prisas. Reacomodó los cojines y se sentó en ellos. Cerró los ojos y se abstrajo del mundo.

Pensó en las ceibas enormes que había en la ciudad. Amaba cuando se iba a caminar por el Jardín Botánico y se sentaba a su sombra. Pensó en aquellas que algunas vez adornaron la Avenida La Playa y de las cuales ya quedaban sólo unas cuantas. Pensó en ellas, en lo grande y antiguas que eran; en lo hermosas que eran sus cogollos y las hojas como se abrían para luego caer y ser parte del suelo.

Se imaginó siendo una de ellas. Visualizó sus pies alargándose profundos por el suelo de su casa, a través del tapete verduzco que tenía bajo los cojines. Les vio bajar abajo, muy abajo, hasta llegar a los hilos de agua que se entrelazaban por debajo de la tierra. Vio sus pies hacerse parte de esa tierra, de esa agua. Y continuaron hacia abajo. Se alargaban y se enredaban con las raíces de otros árboles, de otras ceibas de su tierra, de sus pinos, de los robles y alces de otros países. Se volvía una con esas raíces. Sentía la tierra húmeda alrededor de su cuerpo. La podía sentir hacerse una con ella. Llegaba hasta el centro; al calor de ese centro.

Luego, pensó en su cuerpo que se hizo tronco. Se vio gruesa y maciza. Vio sus brazos elevarse al cielo, como ramas; con brotecitos de hojas que se enredaban juguetonas entre ellas y con otras que crecían y se alargaban y se abrazaban al cielo y ella era tan vasta como el firmamento.

Sonrió mientras en su mente, se reflejaba aquello que ella visualizaba.

La tierra y ella eran una y la misma.

El cielo y ella eran lo mismo.

Respiró una, dos, tres veces. Inhaló, contuvo su respiración y exhaló.

Continuó respirando. Continuó visualizando. Se hizo una con su mundo interior. Después de mucho rato, mismo que ella jamás contaba, visualizó a la inversa. Sus brazos y sus piernas volvieron a su cuerpo. Su torso recuperó su forma y en su mente volvió a hacer ella. Respiró una vez más y luego de un par de segundos abrió los ojos con lentitud.

Miró su reloj infaltable en su mano izquierda. Dos horas.

—Vaya…

Debía apurarse. Era cierto lo que decían de ella. Amaba cuando la comparaban con un árbol. Eso, era lo que más se encontraba en su tierra. Por donde miraras Medellín estaba lleno de árboles. El valle y sus montañas tenían árboles, agua, flores y naturaleza por doquier. También era cierto que debía ir a la casa de Doña Ángela a acompañarla mientras llegaban a darle la comunión como cada martes, por lo que no debía perder tiempo.

Hoy se había identificado con una ceiba.

A ver con qué se le ocurría identificarse al otro día. Los guayacanes estaban ya floreciendo. Y esos sí que eran bellos.

 

 

Sus ropas olían a humo, pero no iba a quejarse. Belén la había estado rezando y el sahumerio le había abierto las fosas nasales y al respirar una y otra vez, sentía como si le hubiera limpiado de adentro hacia afuera y toda esa negatividad que había cargado encima desapareciera.

No había entendido nada de las palabras que Belén había dejado salir de sus labios como un torrente, pero ella había estado embelesada con su voz extraña y la forma como estas palabras semejaban un cántico.

La niña entró más tarde y les llevó un vaso con más de ese líquido que a ella le gustaba servirles. Se lo tomó de nueva cuenta, sedienta como no se había sentido antes y esta vez, sí se dedicó unos minuto a saborearlo. Definitivamente era Frutiño™, tenía más agua de la necesaria y tenía un saborcito medio extraño medio conocido que ella aún no lograba identificar. Se encogió de hombros y terminó el contenido.

Ahora estaba caminando por el barrio de Belén. Muchas personas salían a saludarla, le daban las gracias por cualquier ayuda que recibían y ellas no dejaban de caminar. Tenía unas ganas enormes de echarse a dormir. Estaba cansada; muy cansada y sus piernas le dolían, pero no era el dolor absurdo de antes. Lo tenía de haber pasado sentada mucho tiempo y ahora de caminar casi sin parar.

—Ese es el cerro Picacho. —Belén señaló hacia el frente y ella asintió. Medellín tenía varios cerros dentro de ella y ese era uno de los conocidos, por lo que le fue fácil reconocerlo. —Y encima está el Cristo Rey.

—¿Ahí es donde está la antena?

Belén se encogió de hombros. Ella conocía de cosas de brujas, no de las bobadas con las que se metía todo el mundo. Continuaron con su caminata hasta encontrar un caminito que estaba medio escondido detrás de unos matorrales a la orilla del cerro. La mujer le señaló a la joven para que la siguiera y al notar cómo ésta lo hacía, asintió en medio de la baja luz de las calles que aún bañaba la parte baja del cerro.

—¿Para dónde vamos?

Andrea preguntó un poco asustada, un poco prevenida. Belén podría acabar con ella allí y nadie se enteraría de que algo le habría pasado ya que no le había avisado a nadie dónde estaría; ni siquiera a Gabriela. Al pensar en ella sintió una punzada de dolor en el pecho. Gaby era la persona que la había llevado con Lucía en primer lugar y ahora ella estaba con Belén sin haberle hablado al respecto y se decía, eso la hacía la peor de las amigas.

—Si seguís pensando así, se te va a explotar la cabeza, ¿sabés?

La voz de la mujer le alcanzó en un momento en que se encontraba subiendo una ligera pendiente. Se detuvo un momento y miró hacia atrás, notando la ciudad engalanarse de luces a medida que la noche se asentaba sobre ella. Al girar de nuevo hacia adelante, Belén la esperaba unos pasos más adelante y la urgía para que la alcanzara.

—El mundo puede ser tuyo si vos así lo querés. —Comenzó a hablar la mujer, —pero para eso, tenés que quererlo… y ahora mismo ese mundo es tu novio; ¿verdad?

Andrea finalmente llegó a su altura y jadeó, tratando de recuperar el ritmo de su respiración. Asintió, y se mantuvo en silencio mientras la mujer continuaba hablando.

—Bien, entonces… a la que te está haciendo el maleficio se lo podemos devolver. A tu novio, podemos hacer que no mire a nadie más que a vos. ¿Eso está parece bien?

Por un momento su mente se llenó de posibilidades. Su raciocinio estaba nublado desde el principio de los rumores y de las dudas. ¿Quería de verdad deshacerse de esa mujer, de la tal Alejandra? ¿Podría hacerlo? Y Oscar, ¿estaba dispuesta a atarlo a su lado? Porque al final de todo, las posibilidades terminaban siendo mínimas: mantenerlo a su lado o dejarlo ir.

—¿Qué tenemos que hacer?

Belén sonrió ampliamente. Esa actitud de Andrea le gustaba. Podía ver la duda escrita en su rostro y aún así, estaba dispuesta a tomar el riesgo. Además, tenía dinero suficiente para darle la acostumbrada ‘colaboración’ que pedía al final de un trabajo.

—Primero, tenemos que limpiarte a vos.

La mujer abrió la riñonera que había atado alrededor de su cintura antes de salir de la casa. En ella había metido un par de frasquitos, más alargados que los que tenía apilados en su casa y por el olor de ellos al abrirlos, su contenido era aceite y uno de ellos tenía algunas hojas pequeñitas metidas en él. Belén comenzó a hablar en voz alta, orando. Le hizo sentar en unas piedras que había cerca a ellas formando un semicírculo, lo que le recordó los butacos cerca a la huerta de la casa de la mujer. Allí, Belén le aplicó un poco de esos aceites en la coronilla y en las sienes. Instó a unas personas —Andrea no conocía ni reconocía los nombres que ella recitaba— a que le ayudaran. Les prometió ritos, adoración y estar a su servicio si venían en su ayuda.

Una ráfaga de viento se presentó en esos momentos e hizo que se le pusiera la piel de gallina al ponerse en contacto con su piel. Cerró los ojos y la escuchó hablar sin molestarse en tratar de entenderla. Estaba confiando en ella. Quería confiar sin preocuparse.

Quería resultados y cambios y los quería pronto. Y se dijo, que si para lograrlo tenía que pararse en lo alto del Picacho, entonces lo haría.

Unos minutos más tarde, Belén le aplicaba más aceite, esta vez en el interior de sus muñecas. Por el olor de éste, era del otro frasco que había traído y la escuchó recitar más cosas. De nuevo, escuchó más no entendió y mantuvo sus ojos cerrados hasta que finalmente se detuvo.

—Te vas a untar esto cada noche mientras estemos en menguante. Mirá la luna, es un cachito. Apenas terminés con el aceité, volvés que ya te digo qué más tenés que hacer.

Andrea asintió. Un rato después, le ayudó a Belén a bajar del cerro. El agarre de la mujer en su mano era fuerte y sus uñas se enterraban en la piel de la joven de manera inmisericorde. Luego caminaban de regreso a la casa de ella y allí se despidió de la niña que le respondió efusiva e instándole a que regresara pronto.

 

 

Habían tocado en su puerta muy temprano en la mañana; tanto que ella no se había ni despertado siquiera y eso que era madrugadora. Amalia se había vestido rápido y había corrido a la casa de Don Ramón, diagonal a la de ella hacia arriba. Había cruzado las pocas cuadras con dificultad, su edad cobrándole las carreras con que había salido, pero ellos le esperaban y debía apurarse.

En la entrada, estaba Milton, el nieto de Don Ramón. Al verla, el muchacho bajó la cabeza, avergonzado. Ella le dedicó una mirada mientras cruzaba la casa hasta el cuarto del abuelo. El párroco del barrio estaba aplicándole los santos óleos al hombre y cuando escuchó las pisadas de alguien entrando a la habitación, se giró para verla a ella de pie esperando.

El sacerdote movió la cabeza a lado y lado, negando toda posibilidad de mejoría. Don Ramón, le iban contando a ella mientras llegaba al cuarto, ya era más del otro mundo que de este.

Amalia caminó hasta el borde de la cama y se sentó al lado del hombre. Inclinó su cabeza mientras el cura terminó de decir las oraciones que se debían usar para la ocasión y esperó su turno. El padre le dijo al hombre en voz baja que Amalia había venido a verlo y él entreabrió los ojos, buscando a la mujer en la habitación.

—Aquí estoy mijo; váyase pues que ya es hora.

Don Ramón cerró los ojos, suspirando. El pobre hombre se sentía cansado, exhausto de una vida en la que había luchado mucho y había conseguido poco y ese poco se iba a desperdiciar. Sus hijas y el prospecto de hombre que tenía por nieto iban a perderlo todo. Si tan sólo no se estuviera muriendo. Si tan sólo pudiera seguir ayudando de alguna manera. Sin él, su familia se iría a pique.

—Deje de pensar tanto mijito, que eso le va a hacer daño. Váyase, que la familia va a estar bien. Todos los vamos cuidar.

Él la miró un momento lánguido. Su piel estaba ya muy seca, sus ojos desorbitados a duras penas sí podían mantenerse abiertos.

—Rezá por mí… rezá por mí.

—Sí mijo. Vaya pues y que la Virgen me lo acompañe. Gracias por todo lo que hiciste por nosotros en el barrio. Andáte tranquilo.

Un suspiro más y Don Ramón se iba, dejando su vida y a todos los que amaba detrás de él. Su hija mayor se acercó a Amalia. Ella también estaba cansada de cuidar a su padre durante su larga enfermedad y contrario a sus otras hermanas que salieron del cuarto llorando, ella creía que su viejo por fin iba a descansar.

—Traéme un pañuelo, hacéme el favor. —Pidió Amalia. La mujer obedeció de inmediato, y se fue al closet de su papá a buscar lo que le pidieron.

Amalia amarró el pañuelo alrededor del rostro de Don Ramón, amortajándolo. Luego le indicó a Doris que buscara los papeles de la sociedad para que empezaran a preparar el sepelio. Con ella decidió la hora de este y cómo se llevaría a cabo. En San Pedro como su papá quería y nada de cremación. Había que respetarle los deseos al viejo.

Un momento después, Amalia se sentaba en una vieja silla al lado de la cama de Don Ramón y empezaba a orar con cualquiera que estuviera presente o dispuesto a hacerlo.

—Ánimas del Purgatorio quién las pudiera aliviar. —Comenzó ella.

—Que Dios las saque de penas y las lleve a descansar. —Respondieron en coro los que estaban a su lado.

 

 

Lo único que podía reconocer en su cuerpo, era el olor de los aceites que Belén le había dado. Era un aroma profundo y cuando vio los frasquitos a la luz, vio que el de las ramitas era amarillento mientras el otro era un poco más claro. Qué eran, no lo sabía y estaba segura de no querer preguntar. Para ella, lo importante era que parecían estar dando resultado. Oscar había pasado los últimos dos días en casa con ella y habían sido una forma de recuperarse el uno al otro. Eso la tenía emocionada, asustada —de una buena manera, se decía— y poco a poco la iba tranquilizando.

Definitivamente, podía confiar en ella.

Gabriela la llamó ese día, pero ella no atendió su llamada. Sabía que de hacerlo, no podría evitar verse con ella más tarde y no podía darse ese lujo. Ya el día anterior había sido el último día de luna menguante y ella debía regresar donde la Belén para seguir con el bendito tratamiento. Al menos, se repetía una y otra vez, estaba funcionando.

Ese día en el banco, todo se dio bien. Cada cliente que vino a buscar su ayuda, se fue con una sonrisa en los labios y dando buenas referencias de ella como asesora comercial de la entidad. Eso la había tenido feliz, caminando sobre las nubes y con esperanzas. En esos pocos días, todo volvía a tomar su rumbo y eso la alentaba.

Marcó el número de Belén y la niña le contestó. Ella le avisó que la seño estaría ocupada todo el día, pero que le había dejado razón que fuera el fin de semana; que por ahora no había nada más que hacer y que dejara que todo siguiera su curso.

Andrea agradeció y terminó la llamada. Minutos después estaba llamando a Gabriela para salir a almorzar con ella.

 

 

Era extraño, pensaba Lucía, el estar en casa de Belén en ese momento. Después de la primera vez que había visitado el lugar, ella pensó que la otra la destruiría. La había desafiado en su propia casa y esa era una ofensa que no todas las personas dejaban pasar por alto. No importaba que fueran conocidas de antes. Conocidas, se dijo. Jamás habían sido amigas, o hermanas en algo. Ni en el conocimiento, ni en lo que sabían. Nada.

A Belén se la había recomendado otra bruja amiga. Le había dicho que no conocía a nadie más poderosa que ella porque cuanto trabajo se le encargaba cuanto trabajo hacía bien. Nadie se quejaba de sus servicios y todos la recomendaban.

Por eso había llevado a Andrea con ella. Porque sabía que aunque lo que ella había hecho había sido efectivo, quien la estaba dañando había buscado ayuda de personas más arriba. Y en la brujería, sólo se luchaba al mismo nivel. Jamás con alguien más alto que tú, so pena de morir víctima de tu propio invento.

Y sin embargo, a pesar de haberla desafiado con las defensas que se había auto impuesto y que había puesto en las otras, Belén la había buscado.

Bruja, vení que te necesito

Ella no preguntó por qué ni para qué; sólo preguntó en dónde y a qué hora.

Así fue como terminó en esa casa en la que estaban ahora. No estaban en el noroccidente donde Belén vivía si no en otro lado de la ciudad, por el centro. Lo único que ella reconocía bien era el cerro del Salvador que, a pesar de estar cubierto por urbanizaciones cada vez más alta, no dejaba de vigilar el centro del valle.

La construcción era antigua, muy antigua. Era de esas casas de barrio que aún mantenían sus paredes y sus vigas de tapia y en las que el más mínimo caminar de un gato en el tejado, hacía que temblara hasta sus cimientos. Olía a viejo, a encerrado y era muy oscura. Al entrar te encontrabas con un pequeño zaguán que tenía una puerta a una habitación pequeña al lado derecho y en la que ella podía ver un altar con velas y santos por doquier. Al final del zaguán había un patio grande de techo descubierto y con habitaciones a ambos lados y un comedor al cruzarlo. Estaba rodeado de bifloras colgando de las vigas lindantes con el patio y de anturios y mayamis en el suelo y cerca a las puertas y ventanas de las habitaciones. Al fondo, cerca al comedor estaba el baño y la cocina y al pasar la cocina estaba el solar.

Quiso reírse muy alto y fuerte. Al parecer, eso de ser bruja implicaba tener un solar en la casa. No era la primera vez que lo veía y estaba segura de no ser la última. A ella personalmente no le gustaba eso de tanta mata y yerba junta. Prefería irse a la Placita de Flores, al punto acostumbrado del segundo piso a comprar las cosas que necesitara cada vez que las necesitaba. Y vaya si eso era trabajoso, pero al menos encontraba todo siempre que iba allí.

Ahí era donde se encontraba en ese momento, en el solar de esa casa tan alejada de la suya. Tan desconocida y tan familiar al mismo tiempo.

Junto a ella, vio más mujeres. Al contarlas a todas, se encontró con que eran doce las invitadas y la dueña de casa y que Belén, quien estaba en algún lado, porque escuchaban su voz como si estuviera en todos lados al mismo tiempo, era la treceava ahí reunida.

Nora, la anfitriona, las invitó a tomar un lugar alrededor de un fuego que llevaba ardiendo ya un buen rato. Allí, una a una se presentaron, pero hubo las que mintieron sobre su nombre. Ella pudo ver la mentira en las llamas del fuego que se agitaron y que les mereció un llamado de atención de Belén. La mujer les dijo que si las había llamado era porque ellas podían participar, y que mentir no era bienvenido en ese trabajo.

Esa noche, debían lucirse, decía Belén. Había muchos que estaban pidiendo su ayuda y ellas estaban ahí para darla. Todas ellas estaban vestidas de blanco o negro, según su preferencia y se alternaron para acomodarse. Luego tomaron el cuaderno que cada una había llevado y en dónde tenían escritos los trabajos más difíciles que les habían encargado y comenzaron a recitarlos para ir definiendo la prioridad de cada uno de ellos.

Una de las mujeres dijo que a ese paso no saldrían de allí en una semana por lo menos.

—Que así sea entonces —respondió Belén.

Lucía asintió y se dispuso a usar lo que conocía. Había mucha gente qué ayudar, se dijo.

 

 

Andrea llegó a su casa en la noche más cansada de lo que había estado en días, pero era un cansancio bueno se decía. Había estado trabajando y ganándose le vida como debía ser. Ya hacía un par de semanas de su regreso de vacaciones y había retomado un buen ritmo en la oficina. Ya incluso estaba planeando el próximo curso que haría y ya sabía que empezaría a estudiar todo lo que necesitaba relacionado con ‘Riesgos Especializados para Empresas’.

Llevaba meses planeando su ascenso y el poder tomar los cursos que el banco le ofrecía era una oportunidad que no podía dejar de perder. De acuerdo con la información que le habían enviado en la mañana, habría unos seminarios en coaching en los próximos días y, aunque el tema no era necesariamente de su área de desempeño, era algo que deseaba aprender.

Una vez en su cuarto, se desnudó y se dio un duchazo. Una vez se había puesto sus pijamas de pantalón largo favoritas, se fue a la cocina y abrió el refrigerador buscando algo de comer. Sacó lechuga, tomate y apio y buscó en la alacena una lata de atún y se preparó una ensalada que aderezó con aceite de oliva y poco de zumo de limón con sal y pimienta.

Se sentó frente al televisor en la sala y se dedicó a descansar un rato. Planeaba sentarse en internet a buscar la información en los cursos que quería hacer para luego llevarla a los departamentos de Recursos Humanos y Educación en el banco para ver cómo podían acomodarle sus horas laborales para asistir a ellos.

Su futuro, se decía, era mejor de lo que pensaba.

Dejó el plato vacío a un lado mientras veía las noticias y cambiaba de canales entre comerciales. Lo siguiente que supo fue que su teléfono no paraba de timbrar y que ella no tenía ni idea de su paradero. Se levantó, adormilada como estaba, para encontrarlo en el rincón del mueble donde había dejado su bolso.

Al mirarlo, tenía ocho llamadas perdidas. Unas eran de ‘Vero’, una de sus amigas del colegio con la que compartía gimnasio los fines de semana y otra era de Lina, una compañera del banco. También tenía un mensaje de en el buzón y marcó el acostumbrado *123 y siguió las instrucciones para escucharlos.

¡Nena! ¿Dónde estás que veo a Oscar aquí en la disco pero no te veo a vos por ningún lado? Déjate ver que hace rato que no hablamos. Estoy por el lado del DJ. Besitos.

¡Gorda! Llámame que hace mucho no te veo y ni al gimnasio volviste, ¿sí? Chao.

Apenas sí escuchó el segundo mensaje. La voz de Vero era zalamera como siempre pero eso de que Oscar estaba en una discoteca no le cayó muy bien. Usualmente iban juntos, aún si era una reunión del hospital o del banco. Marcó el número de Oscar a toda prisa y este no tardó mucho en contestar.

—Amorcito, ¿Cómo vas?

—Bien cielo, me quedé dormida viendo la tele.

—Vete a dormir, que andas corriendo mucho estos días.

—Enseguida voy. ¿Tú dónde andas?

—Con los amigos del hospital, salimos un ratico aprovechando que hoy tuvimos turno normal.

No pudo evitarlo. Eso la animó, la dejó tranquila. Era algo ridículo haberse puesto así por algo tan estúpido como que él hubiera salido sin ella. Ni que tuvieran un contrato que decía que no podían hacerlo. Unos minutos más tarde colgaba el teléfono y se metía a la cama. Oscar había prometido ir a quedarse con ella si no salía muy tarde y ella esperaba que cumpliera con esa promesa.

No podía esperar a que toda esa idea de casarse se hiciera realidad pronto y se quedó dormida soñando con que Oscar pedía su mano para casarse con ella.

 

 

No le gustaba lo que veía en el firmamento esa noche. El funeral de Ramón había terminado pronto —afortunadamente— y ahora estaba en la terraza de su casa mirando las estrellas que se podían ver con claridad. Eso era, lo que más le gustaba de su casa; la vista hacia el firmamento. Además, al estar en ese barrio, tan alejada del centro de la ciudad, tenía una vista privilegiada pues se veían todas, grandes y pequeñas, brillando y titilando hermosas, mientras les miraban a ellos, ínfimos mortales con benevolencia.

Pero, seguía sin gustarle lo que veía.

Esa noche, la Osa Mayor estaba casi escondiéndose con su bebé y sus estrellas parecían nerviosas. Al mirarlas, era como si éstas estuvieran siendo perseguidas y esas nubes que iban tras ellas se tornaban cada vez más amenazantes. Los árboles de la calle y de los solares aledaños se movían nerviosos también; sus ramas se revolcaban fuertes unas contras las otras y había un aullido que venía de ellas que no era más que un muy mal presagio.

Amalia arrugó la nariz y frunció el ceño. Había energías moviéndose, malas vibraciones que resonaban con la tierra. Que rebotaban contra las montañas y los cerros de la ciudad y que se repelían entre ellas y contra los árboles en un choque colosal.

Inaceptable.

Pero, también se decía, era un hecho que Dios nos había creado con libre albedrío para que hiciéramos a nuestro antojo. Qué lástima que las personas no supieran todavía que hacer lo que se nos diera la gana terminaba en el momento en que nos metíamos con otros e influenciábamos sus vidas. Cada quien era dueño de la vida que se le había encargado y sólo cada quien tenía el derecho y el deber de cambiar sus estrellas.

Se acomodó el chal alrededor de los hombros y caminó por la terraza mirando hacia los cuatro puntos cardinales. Los vientos colisionaban entre ellos, enojados, molestos.

El viento del Oeste le llegó ansioso. No era afectuoso y dulce como siempre. Estaba inquieto. Le estaban llamando y él no podía negarse a un llamado. Era dueño de sí mismo, pero estaba al servicio de quien le necesitara. Para bien o para mal.

El viento del Este le llegó frío y por una vez no le anunció cambios ni nuevos comienzos. Le habló de finales, de momentos que terminaban. Estaba dolido. No había calor en él, no podía sentir el Sol en él a pesar de que se pertenecían el uno al otro.

El viento del Sur la golpeó con fuerza. Él, que venía desde el Ecuador, llegó abrasador. Los hechizos de los que él le hablaba eran poderosos. Le estaban invocando y usando con fuerza y el grupo que lo hacía estaba usando su ardor para su bienestar.

El viento del Norte, sin embargo, la envolvió en su abrazo y le anunció que el cambio había llegado. Le estaban usando para destruir, él que no era más que un viento seco y árido que no anunciaba más que el momento de renovarse; que no podía ser usado para nada que implicara prosperidad. Él, que era el viento de la muerte y de la tierra; le decía que se preparara, porque la iban a necesitar más que nunca; porque ella, madre de nadie y de todos, ella, sería la primera llamada para devolver el equilibrio. Le anunció muerte; del espíritu, del cuerpo.

Amalia les permitió acercarse y jugar con su cabello. Les dejó encontrar sosiego en los pliegues de la ropa blanca y negra que había utilizado para ir al funeral de Ramón, su amigo de la infancia.

Sin embargo, el toque de ellos fue tan profundo que cayó de rodillas, golpeándose contra el suelo cementado de su terraza. Ella, el árbol al que todos venían por sombra y protección, doblaba sus ramas hacia la tierra y buscaba su consuelo. Al hacerlo, lloró. Lo hizo por las mujeres que no sabían qué estaban haciendo y las que las estaban guiando. Podía escuchar sus murmullos en las voces que le llegaban de las montañas, en los susurros de los árboles mezclados con los de los vientos. Lloró por quienes estaban siendo dañados y beneficiados en igual medida, porque todo tiene un precio que hay que pagar y en estos asuntos, siempre se acudía sin saber lo que se deseaba de verdad. Pero más que nada, lloró por aquellos que estaban siendo afectados porque no había nada peor que te usaran y que no supieras al respecto.

 

 

Cuando salieron de la casa de Nora, habían pasado cuatro días y las primeras siete horas del quinto. Se marcharon temprano en la mañana, confiadas de que lo que habían hecho estaba bien y que habían ayudado a otros. Al menos eso pensaba la mayoría. Belén y Nora sabían muy bien lo que hacían y cuáles eran los conjuros ocultos de los que nadie más que ellas dos se enteraron.

Lucía fue la última en salir de la casa. No sólo estaba exhausta físicamente. Aún no comprendía qué era todo lo que habían hecho y la envergadura de ello, pero sí se dio cuenta que era quizás la única que tenía preguntas al respecto. No sabía si las otras se interesaban por saber más allá de lo que podían ver, pero ella sí.

Se llevó la mano al cuello y tocó la cadena con el pendiente de ‘los ojos de Santa Lucía’ que sus abuelos le regalaron de niña. Ella siempre había podido ver más allá; sin ser alguien como Nora o como la misma Belén, ella siempre había sabido qué había en el otro lado de lo poco que hacía. Sabía cuando hacía el bien y tenía sus dudas cuando no. Ahora, tenía certezas, tenía dudas y muchísimas preguntas.

Bruja, cuando querás aprender más, me avisás, que tenés madera para esto. Por eso te llamé.

Esas palabras que le había dicho Belén antes de marcharse se le quedaron en la cabeza dándole vueltas y luchando contra su sentido común. Todo lo que fuera brujería la llamaba y Belén era la persona que podía ayudarle a continuar subiendo la escalera para evolucionar en ese mundo. Sólo tenía que seguir ese fuego que estaba todavía ardiendo en su estómago. A pesar de la hora, del cansancio y de no haber podido descansar mucho durante esos días, se sentía renovada y recargada como nunca antes lo había estado.

Había encontrado su aquelarre y sabía que ahora estaba unida a esas otras brujas con quienes había estado trabajando.

Menos mal, se dijo. Ya era hora de dar el siguiente paso.

 

 

 

Oscar no llegó a dormir al apartamento con ella. Era inusual, pero lo escondió en el cajón de los asuntos para tratar después. Cuando se viera con él. Cuando fuera el momento. Cuando se acordara.

Llamó a Gabriela ese domingo y le pidió que la acompañara a casa de Belén el martes siguiente.

Oscar apareció ese mismo domingo. Hablaron, hicieron el amor, vieron televisión, jugaron cartas.

Aunque lo recordó, Andrea prefirió no preguntar; después de todo, ojos que no ven, corazón que no siente.

 

 

—¡Qu´hubo Mija! ¡Qué milagro!

—¿Vas a estar en tu casa hoy?

—Sí. ¿Vas a venir?

—Marcia, te necesito.

—Vení cuando querás que Clara se va con el papá de la niña y se la llevan hoy y me quedo sola.

—¿Seguro que no interrumpo nada?

—Amalia… no empecés con tus bobadas. Vení que vos sos siempre bienvenida en mi casa.

—Voy por la tarde pa’ que hablemos.

—Véngase ya si quiere.

—Bueno señora. Entonces, que la Virgen me la acompañe y nos vemos en un ratico.

—Chao pues.