UNO – La Patasola

—Mujer, eres la puerta del diablo.
Tertuliano, apologista cristiano del siglo III

 

 

Todo el cuerpo le dolía, pero sus piernas más que cualquier otra parte. Un quejido que reflejaba el dolor que su cuerpo sobrellevaba se dejó escuchar llenando la habitación con sus lamentos. Trató de incorporarse una vez más, pero su cuerpo se quejó de nuevo, obligándola a desistir.

Andrea Durán, analista junior de un prestigioso banco de Medellín, se encontraba en el que creía era el peor momento que hubiera tenido en mucho tiempo y su día apenas sí había comenzado; menos mal, se decía, que hacía unos días ya que estaba de vacaciones y no tenía que estar cumpliendo el horario de la oficina, de lo contrario todo sería un tanto más complicado: tendría que estar llamando a Recursos Humanos a explicar su tardanza y debería estar en la EPS esperando hasta que se les ocurriera atenderla. Sin embargo, el dolor que sentía era tan intenso que las lágrimas no tardaron en hacer su aparición y le hicieron olvidarse de las tonterías que se decía estaba pensando. Frustrada, golpeó el espacio que estaba libre al lado de sus piernas con la palma de su mano. Se encontraba más molesta consigo misma que con el hecho de que no podía moverse como debería. Se levantó lo suficiente para girar su cuerpo hacia la mesa de noche y en el reloj que había allí, pudo ver que apenas sí eran las ocho de la mañana. Se dejó caer en la cama resignada. Llevó sus manos sobre su rostro con las palmas hacia el techo mientras dejó que sus ojos tanto como quisieron llorar. Una vez terminó, gritó a causa del agónico dolor que la embargaba.

Buscó la manera de sentarse en la cama. Todo a su alrededor le daba vueltas y no creía poder aguantar mucho así. Se movió de nuevo hacia la mesa de noche buscando las infaltables pastillas de acetaminofén que mantenía allí hasta que decidió que era mejor levantarse e ir a buscar algo de agua; odiaba tomarse sus pastillas en seco. Movió sus piernas hacia el borde de la cama y las dejó caer hacia el suelo, sus pies golpeándose en el acto. Luego se puso sus sandalias y se olvidó de la bata que siempre usaba sobre sus pijamas mientras estaba en casa. Se sentía agotada y agitada sobremanera y necesitaba algo de calma si quería pensar bien en lo que iba a hacer antes de seguir quejándose de su día.

Caminó por el corredor hacia la cocina, apoyándose en las paredes mientras lo hacía. Cada paso que daba, cuando sus pies se apoyaban en el suelo, hacía que un corrientazo subiera por su cadera y terminara en la parte media de su espalda.

Una vez en la cocina, buscó el vaso más grande que encontró y lo llenó de agua para luego hacer lo que deseaba. La pastilla bajó dolorosa por su garganta, y ella entre tanto rezó a cuando dios pudiera escucharle para que le ayudara. Se fue luego a la sala y se sentó con tanto cuidado como pudo. Tomó el teléfono de su base y se quedó mirando las teclas unos instantes antes de decidirse a marcar. Marcela, su mejor amiga, ahora vivía en Bogotá y el sólo hecho de llamarla le parecía mínimamente ridículo. Ella no podría ayudarla. Llamar a su EPS para que la atendieran era mucho más ridículo. Seguramente le dirían que tendría que esperar hasta que alguien cancelara y le pudieran dar la cita más pronta posible. Lo único que se le ocurrió fue buscar su celular, mismo que había dejado olvidado en la mesa de centro la noche anterior, y buscar el número de Gabriela, la chica que había conocido unos meses antes.

El asunto con Gabriela, se dijo mientras buscaba el número y apretaba la tecla send, era que era una mujer divertida, tranquila y siempre tenía una respuesta en los labios para cualquier cosa que ella necesitara.

—¡Eh! ¡Qu’hubo Mija! La voz de Gabriela se escuchó por el auricular y ella apenas sí pudo responder con un gruñido. —¿Tan bien amanecimos hoy?

Esta vez, Andrea rió.

—Nada vieja, que ando media hoy. No me hagás reír que me duele todo.

Gabriela rió a carcajadas al otro lado de la línea. Andrea frunció el ceño, como si Gabriela pudiera verla y se echó a reír después de unos momentos tratando de contenerse.

—Hable pues, ¿qué me le pasó?

Andrea respiró profundo antes de comenzar a contarle sus penas a Gaby. Su amiga la escuchó con paciencia mientras ella “le soltaba todo el cuento” y sólo escuchó ‘ajá’ y ‘mmm’ cada vez que le decía algo que quizás ella no entendía. La verdad era que para Andrea el sólo estar hablando y contándole lo que le estaba pasando ya era una ayuda.

—Entonces, ¿me acompañas al médico?

—Listo—, le dijo Gaby, —pero Niña, venga, ¿no cree que lo que le pasó está como muy raro? Si quieres que sea honesta contigo, yo creo que me le están haciendo algo.

Andrea se quedó en silencio por un momento sopesando lo que Gabriela le estaba diciendo. Por un lado, pensó que quizás era cierto, por el otro, era todo demasiado descabellado para que fuera así. Su psique la llevó a escoger la segunda opción y ella se echó a reír en lugar de darle paso a su sentido común.

—Vamos primero al doctor. ¿A qué hora sales?

 

 

Su médico no le dijo nada que ella no supiera. Maldijo en su cabeza, pensando que quizás hubiera sido mejor usar la prepagada para que la revisaran. Le mandaron a tomar más acetaminofén, un tanto de ibuprofeno, y pañitos de agua caliente y fría para que el músculo se relajara. Lo que más le molestaba es que estaba segura de que lo que le estaba pasando era mucho más grave de lo que el imbécil del doctor le había dicho.

Se regañó tan pronto el improperio se presentó en su cabeza. Las EPS son así, se dijo te hacen esperar una hora para que te atiendan y luego te ponen a ‘tragar’ el bendito acetaminofén.

Gabriela la estaba esperando afuera del consultorio. Andrea la vio leyendo una revista de farándula, de esas que siempre se encuentran en una sala de espera, con la diferencia que Gabriela la había comprado en el puesto de revistas cerca al parqueadero donde habían dejado el carro. Al menos habría algo interesante de qué hablar apenas salieran de allí.

—¿Y? ¿Qué te dijeron? —preguntó Gabriela en el instante en que la vio cruzar la puerta y se ponía de pie, esperándola. Ella le miró con cara de nada raro, y se apoyó en su amiga mientras salían del lugar. Ni siquiera se preocupó por pedirle que la acompañara a la droguería a conseguir las medicinas que le habían enviado. Igual, de esas, ya tenía en su casa.

—¿Nos vamos para mi casa mejor? —preguntó, esperando que Gabriela le dijera que sí y que no se le ocurriera llevarla a algún lado a hacer nada. Quería irse a su casa, tomarse algo para el dolor y echarse a dormir, después de todo, eso también se lo había recetado el doctor: reposo.

—No. —Respondió Gabriela con calma, mientras que enredaba el brazo de Andrea alrededor del suyo. Ella apenas sí tuvo tiempo de girar la cabeza en señal de molestia antes de mirar al frente no fuera que se tropezara. —Yo conozco quién te va a ayudar.

Andrea ni siquiera se preocupó por responder. A pesar de que quería ir a hibernar cual marmota, no quiso contrariar a Gabriela, quien, pobrecita, estuvo todo el día trabajando y luego sacó tiempo para pasar con ella.

—¿Pa’onde vamos? —Andrea preguntó después de que Gaby sacara el carro del parqueadero y tomara la Avenida El Poblado hacia el sur.

—Envigado. Hay una señora que seguro te dice lo que te está pasando. La semana pasada me llevaron donde ella a que me leyera las cartas. ¡Es buenísima!

Andrea movió su cabeza de nuevo y casi pudo jurar que escuchaba su cerebro moviéndose y reacomodándose.

—Vos estás loca, mujer —dijo sin preocuparse siquiera de que su voz sonara tan incrédula como ella misma se encontraba.

—¡Nena! Apenas salgamos de allá me decís si no es como te dije, ¿antes de eso? Mejor te quedas juiciosita y me contás de Oscar. ¿Cómo va todo con él?

A la mención de su novio, Andrea sonrió como no lo había hecho en todo el día. Oscar era, en su opinión el hombre perfecto. A diferencia de ella, Oscar era médico y hacía poco había regresado de hacer su especialización en los Estados Unidos. Se sentía orgullosa de lo mucho que él había logrado a su edad, y aún más, del hecho que todo lo había logrado con mucho esfuerzo y sin apoyarse en la ayuda financiera que su familia le ofrecía. Estaba trabajando por cuenta propia con su práctica en Cirugía Plástica en las mañanas y en las tardes trabajaba en un prestigioso hospital de la ciudad en su ala de pacientes internacionales.

Suspiró antes de responder, lo que le ganó un cuasi aullido de aprobación y envidia de Gabriela. Dentro de su círculo de amigos, ellos dos eran la pareja que todos envidiaban. Perfectos por fuera, maravillosos por dentro e incomparables juntos. Andrea sonrió de nuevo mientras miraba por la ventanilla del carro y veía la ciudad pasar en frente de sus ojos.

—Oscar está bien —dijo finalmente. Ya de seguro tendrían tiempo para estar hablando de él una vez salieran de la casa de la consabida mujer que le iba a leer las cartas.

—¿Oscar está bien? —Gabriela la miró un momento antes de girar de nuevo y posar sus ojos de nuevo en el camino. —Si mi novia hablara así de mí…

—¡¿Qué?! —Rió de nuevo. Esta vez sin embargo, entre las risas y el movimiento del carro, su baja espalda se quejó y su dolor volvió de nuevo a golpearla con fuerza. —Ya… ya… —dijo, tratando de controlarse, —todo está de maravilla con él. Como siempre.

Esta vez cuando se rió, trató de ubicarse de manera que su cuerpo no doliera más de lo necesario. Antes de siquiera tener la oportunidad de quejarse en voz alta, llegaban a Envigado y ahí, comenzó la verdadera aventura para ella.

 

 

Si Andrea tuviera que llegar a la dichosa casa por sí misma, no podría; se repitió una y otra vez al ver los vericuetos que tomaba Gabriela para llevarla donde la persona que le “ayudaría”. Tuvo que reconocer que su frustración luego de la cita con su doctor era la razón por la cual ahora se encontraba en esta casa, esperando a una mujer que no conocía y en quién, si tenía que ser más honesta todavía, debía admitir que no creía.

Desde afuera, la vivienda no se veía tan pequeña como era en realidad. Estaba ubicada en un segundo piso y las escaleras que llevaban allí, continuaban hasta un tercer piso que, al mirarlo desde allí, se veía más tenebroso de lo que sería una casa embrujada en realidad. Desde adentro, la casa era minúscula. Ellas se encontraban sentadas en una salita que apenas sí tenía dos poltronas gastadas por el tiempo, mientras que las paredes estaban pintadas con una pintura amarillezca de lo vieja que estaba. Había cuadros de santos y vírgenes y un florero vacío en un rincón sobre una mesita que rivalizaba en tamaño con el resto del amoblado.

Andrea miraba todo fascinada mientras Gabriela estaba sentada como si conociera el lugar desde hacía mucho.

Una mujer pequeña, que no pasaba del metro con cincuenta de estatura, salió de un cuarto contiguo a la sala. Tenía una sonrisa en el rostro y a Andrea se le dificultó adivinar su edad. La mujer se presentó como Lucía y se quedó mirando a Andrea de arriba abajo sin dejar de sonreír.

Gabriela estaba extasiada mirando a Lucía con su diminuta figura y sus pasos estudiados y tranquilos y a Andrea y su mirada de desconfianza que hacía que la situación completa fuera casi cómica.

Lucía se sentó en el sillón en frente de Andrea sin quitarle los ojos de encima. Esa fue quizás una de las cosas que más dejó a Andrea sorprendida, la mirada de Lucía. No le gustaba lo que estaba pasando y menos aún el saber que sentía auscultada por ella. Lucía la hacía sentir desnuda de una manera aterradora y su sexto sentido gritó en alarmas silenciosas que su cuerpo interpretó como ese frío que le recorría las manos y el vacío en su estómago que no podía dejar de sentir.

—A usted le están haciendo algo.

Lucía habló con calma, su voz ahora tomaba un matiz tranquilo que hizo que Andrea se calmara lo suficiente para preguntarle a qué se refería.

—Hay mujeres muy malas por ahí, Niña. Mujeres que quieren lo que es de otras y mujeres que no aceptan que otras tengan lo que ellas jamás van a tener. A usted la envidian mucho.

Se le hizo un nudo en la garganta al escucharla, quizás porque sus palabras tocaron en un punto sensible de su psique, quizás porque en ese mismo instante deseó que Gabriela no estuviera allí con ella. Quería preguntar más, su curiosidad despertándose de repente y deseando poder ser desatada.

—¡¿Qué más?! ¡¿Qué más?! —La voz de Gabriela la hizo regresar al momento en el que estaban, lo cual llevó a que se moviera y su espalda doliera de nuevo. Entonces se dio cuenta que desde que se había sentado allí apenas sí había movido sus ojos alrededor de la sala y que su cuerpo se había mantenido estático en donde se había sentado. El dolor le cruzó espalda y piernas y se quejó en un quejido profundo que asustó a Gabriela, y preocupó más a Lucía.

—Te están haciendo algo, Niña. —Lucía dijo de nuevo; sin embargo, esta vez se puso de pie y le ofreció su mano para ayudarla a levantarse—. Tú te quedas aquí, tengo que hablar con ella a solas.

Gabriela asintió con desgano y las mujeres la vieron buscar la revista que había estado leyendo en el consultorio y sacarla de su bolso. Andrea se dio cuenta que su amiga se había sentado de mala gana y que arrugó el ceño. Quiso pedirle a Lucía que la dejara entrar, pero la mujer negó, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras la conducía a una habitación adyacente.

—Yo quiero que Gaby esté aquí conmigo.

—Fresca… si Lucía quiere hablar contigo…

—Entonces vos entrás conmigo.

Lucía se quedó en silencio, abrió la puerta y la dejó así para que ambas mujeres entraran y luego hacerlo ella y cerrar la puerta.

Las paredes del cuarto estaban cubiertas de libros de esquina a esquina. De hecho, las paredes no podían verse debido a que los estantes de las bibliotecas habían bloqueado todo y cada uno de ellos estaba lleno de libros. Había una ventana que daba a la calle, y era el único acceso de aire fresco a la habitación. Y aún ésta estaba cubierta con una cortina que se movía al compás del viento. Una planta debajo de ella y más libros apilados desde el piso, y un escritorio con una silla de oficina detrás de éste y un par de sillas en frente, ubicadas en uno de los laterales del rectángulo que era el cuarto, completaban la decoración de éste.

En el escritorio, sólo vio un gobelino con la imagen del sol, la luna y las estrellas puesto cual si fuera un mantel y en un costado, dos pilas que parecían ser cartas.

—Me gustaría que Gabriela estuviera aquí conmigo.

—Primero hablamos nosotros y luego le pedimos que entre, ¿bueno?

Lucía tomó una de las pilas de cartas. Ella se quedó mirando a Lucía mientras revolvía las cartas y sus dedos se veían pequeños al jugar con el mazo, moviendo una carta encima de la siguiente. Luego las llevó contra su pecho y murmuró un par de oraciones que ella no pudo comprender. Unos segundos después, ponía seis cartas en frente suyo. Lucía se quedó mirándolas con detenimiento, a la vez que Andrea tomaba turnos para mirarla a ella y las cartas. Lo único que podía ver era las imágenes en los pedazos de cartón que estaban en frente de ella. Imágenes bellas, no del típico mazo de tarot donde la figura principal era la muerte esquelética que se hizo famosa con esa novela de los 80s.

—Vienes de buena familia, —comenzó ella—, eres exitosa, pero a tu hombre lo desean muchas—. Lucía movía sus dedos por cada una de las cartas, señalando diferentes partes de ellas. —Una de ellas te está haciendo cosas sucias, muy sucias. Tiene un muñeco tuyo, le clavó alfileres por todos lados, por eso estás así—, la mujer la señaló a ella esta vez, moviendo su diminuto dedo de su cintura abajo y de nuevo hacia arriba.

—¿Usted cómo sabe…? —Algo en Andrea la hizo dudar. Empezó por dudar de Lucía que hablaba como si viniera de otro mundo. ¿Un muñeco? ¿Alfileres? ¿De dónde salía todo eso?

—Las cartas, Niña. Todo está ahí.

Andrea se removió en su asiento. Estaba incómoda. Lucía la tenía que estar tomando del pelo. Lo que le decía no podía ni debía ser cierto y sin embargo, ella no pudo más que preguntar,

—¿Qué más dicen las cartas?

Lucía fue tomando una a una y le habló a Andrea de su vida. Mencionó a su hermana Melisa que había muerto siendo una adolescente y el impacto que esto tuvo en su vida. Le contó de Oscar y de cómo se conocieron. También le dijo de aquella vez en que ella se iba a viajar fuera del país y se quedó porque su familia se lo pidió. Cosas, en opinión de Andrea, que ella no tenía por qué saber. Sin embargo, en el momento en que la mujer comenzó a hablarle acerca de Oscar de nuevo, Andrea se reacomodó en el asiento, apoyó su brazo izquierdo en la poltrona y llevó su mano a su mentón, reposando su cabeza en ella.

En su muy matemática manera de ver las cosas, todo lo que Lucía le estaba diciendo era cierto, pero, seguramente Gabriela le habría contado antes de llevarla. Ella, no tenía por qué confiarse en lo que mujer le estaba diciendo. Ahí era cuando ella volvía a dudar de sus propias dudas y empezaba a creerle, porque, ¿Cómo Gabriela iba a saber acerca de su hermana cuando ella no le había hablado de eso a nadie más que Marcela? La mujer se movía en una dicotomía de creer o no creer que le era abrumadora.

—Tu hombre te quiere bien, pero esta mujer… ella no te quiere ni poquito. Te está haciendo daño y te va a matar si no te cuidas, Niña.

—¿Ella?

—Pelo largo, rubia. Lo contrario a vos. Por eso es que le gusta a él.

—Pero usted dijo… usted… dijo que Oscar me quiere… ¿Cómo así que le gusta a él?

—¿Y tú qué crees? ¿Qué porque está contigo no mira a nadie más?

Andrea se levantó de prisa, se olvidó de su dolor y salió de la habitación. Gabriela que seguía esperándola afuera, inmersa en su revista la vio casi correr para salir de la casa y bajar las escaleras. Luego vio salir a Lucía quien la miró con cara de ‘tu-amiga-está-loca’ y se apresuró a pagarle la consulta, y prometiendo que volvería luego. Una vez estuvo en la calle, vio a Andrea al lado del carro, su mano izquierda apoyada en él y la derecha agarrándose a su espalda, sosteniéndose donde tanto le había estado doliendo.

—Nena… ¿Qué pasó?

—¿Me llevas a mi casa por fa?

 

Una de las cosas que se aprenden cuando se era la clase de “bruja” que ella era, es a leer los signos de la naturaleza. Hacía días que el viento cantaba odas al cambio y que la tierra temblaba aun cuando se caminaba muy suave sobre ella.

No le gustaba eso de que le dijeran “bruja” pero a veces, se decía, el español era limitado y era un hecho que no había otra manera de denominarse a sí misma.

Bruja

Sólo porque escuchaba a la naturaleza, a los pájaros que trinaban en el solar[1] de su casa en las mañanas y que la despertaban cada día, o porque gustaba de quedarse horas viendo la corriente de agua que había cerca de su casa, no significaba que ella fuera lo que la gente pensaba que era.

Bruja

Marcia miró hacia el cielo de nuevo. Un túmulo de aves oscuras había estado volando temprano en la tarde. De seguro, aquellas que si eran… lo que eran, estaban ahora trabajando. Movió su cabeza de un lado al otro y buscó el mortero en el que estaba macerando un poco de jengibre. Nada como una buena infusión de la raíz para levantar el ánimo y ‘ponerse las pilas’ para continuar con sus quehaceres.

—Que quede bien machacadito. —Repetía cada que presionaba el jengibre y el olor se esparcía por el lugar. Cuando terminó, caminó con calma de regreso a la cocina. Buscó una olla y puso a hervir agua en ella; apenas empezó a hacer ebullición, echó el jengibre allí. Uno, dos minutos, contó y luego lo retiró del fuego.

Aspiró profundo el olor que salía de la olla. Respiró una vez más y luego se sirvió una taza y con su acostumbrada lentitud, se fue hacia el balcón de su casa. Allí, rodeada por el bullicio de la calle, se sentó, la infusión en su mano y una sonrisa en su rostro.

La vida cambia, los ciclos terminan y los círculos se cierran, dijo en voz baja.

Y sí, ella era una bruja.

 

 

Andrea llegó a su casa y se fue derechito a su cama. Le pidió a Gabriela que la dejara a solas y le prometió que la llamaba al otro día. Todo lo que había escuchado colisionaba en su cerebro mientras se debatía entre creer o no creer. Hasta ese momento, ella había sido bastante segura de lo que pasaba a en su vida. Había llevado su vida a ser exactamente lo que deseaba. Trabajaba en algo que la apasionaba y su novio -y quizás futuro esposo- era mejor de lo que lo hubiera imaginado. Y no era que sus estándares en tanto a hombres fuera bajos; todo lo contrario.

No quería que lo que la mujer esa, Lucia, le había dicho la alterara de esa manera, pero, entre la visita al doctor que no le dijo nada y la leída de cartas, ya no sabía que creer ni a quién.

Entro en su cocina, tomo un vaso y lo lleno de agua y se tomo dos acetaminofén de una sola vez. Quizás si se iba a la cama, al despertarse vería las cosas distinto.

Revisó su celular que lo había tenido apagado desde que entró donde el doctor y se encontró con varias llamadas perdidas de su novio. Sonrió al ver su número en la pantalla y se llevo el aparato al pecho. Ya en su cuarto, se dejó caer en la cama sin cambiarse siquiera. El dolor había disminuido sin que lo notara y de igual manera su cansancio aumentaba y ella retozaba antes de quedarse profundamente dormida.

En su sueño sin sueño, no vio más que oscuridad. Todo a su alrededor era tan negro como el mismo ébano y, al ver su figura, no veía más que oscuridad, como si ambas fueran una misma y no pudiera diferenciar su silueta de las tinieblas.

Se levantó sobresaltada, sumida en la oscuridad de su cuarto. Sudaba, se encontraba nerviosa y se tardó unos minutos en poder ubicar en qué lugar estaba. Al levantarse, su cuerpo resintió el haber estado en la misma posición por las últimas tres horas (¡¿?!) y se dejó caer otro momento para cerrar los ojos y recuperar los recuerdos de su día.

Escuchó la puerta de su cuarto abrirse con cuidado y al girarse a ver quién entraba, se encontró con Oscar que venía con un libro en la mano y una botella de agua.

—¿Ya se despertó la Bella Durmiente? —Oscar habló en esa voz profunda que la hacía derretir cada que le hablaba fuera al oído o no. Ella sonrió, aperezada como estaba, y abrió sus brazos para que él se acercara. Le vio dejar las cosas en la mesa de noche y venir a ella. Sin darse cuenta, empezó a olerlo, buscando sin saberlo, rastros de esa mujer rubia de quien le habían hablado.

Oscar se dejó abrazar, disfrutando del calor que desprendía su novia, pero, tan pronto ella se quejó de dolor, él la dejó acostar de nuevo.

—¿Sí fuiste al médico? —preguntó él. Ya Andrea le había contado en la mañana que no se sentía bien y él le había aconsejado visitarlo. Ella asintió, y él lo hizo a su vez, apoyándose en la cama para besarla.

—Sigue durmiendo, sólo venía a ver cómo estabas para irme a leer a sala. ¿Me puedo quedar aquí hoy?

Andrea se apoyó en su brazo para levantarse un poco y dejarse abrazar de su novio. Se olvidó por un momento de lo que había ocurrido. Que él la tuviera en sus brazos era lo mejor que le había pasado en un día lleno de mala leche y momentos para olvidar.

—¿Qué hora es? —preguntó ella, todavía adormilada.

—Siete y media.

—Entonces mejor me levanto y hago algo de comida para los dos.

—¿Segura? Podemos pedir a domicilio.

—Nah, estoy bien. Además, estar ocupada me hará bien.

Oscar la ayudó a levantarse y notó cómo por momentos se movía con torpeza. Él, sabiendo que ella no gustaba de pedirle consejos médicos, prefirió quedarse en silencio y observarla. Conocía el nombre del doctor que la atendía y ya con la información en el recibo de atención de la EPS podría contactarlo luego a ver cómo evolucionaba su caso si él mismo veía que no estaba mejorando.

En la cocina, Andrea comenzó a contarle a Oscar sobre su día. Le habló de Gabriela, de su visita al médico y las recomendaciones que le hizo. Se quejó del dolor, pero admitió que ya le dolía menos y pronto serían la hora de tomarse la siguiente dosis de medicamentos. Después de comer, Oscar se ofreció a ponerle los paños de agua tibia y fría en la espalda y un par de horas más tarde, ella dormía de nuevo, esta vez apoyada en el regazo de su novio mientras él velaba su sueño.

 

 

De nuevo todo era oscuro; pero ella se encontraba en una casa. Cuando miró a su alrededor, el sitio era más grande que al haber entrado en ella y no se dio cuenta siquiera que estaba soñando. Qué raro, se decía, una casa tan grande y tan oscura no era normal. Quiso buscar un interruptor de luz, pero las paredes de la casa estaban alejándose de ella a medida que caminaba y el estar a oscuras no le ayudaba a ubicarse.

Siguió un haz de luz que encontró al final de un largo pasillo. No recordaba muy bien qué era, si un pasillo o un salón, pero, igual caminó por él, su corazón latiendo a mil por hora. Tenía miedo. No sabía qué camino coger.

Al salir, se encontró con un jardín grandísimo detrás de la enorme casa. Allí, un grupo de personas estaba reunido, pero no la veían a ella. Estaban concentradas hablando unas, riéndose otras, cantando algunas más. Ella, curiosa como era y asustada como estaba se les acercó.

Ellos no la veían. Continuaron en sus asuntos sin preocuparse de la mujer que caminaba hacia ellos. El lugar tenía una piscina en el centro, de agua muy oscura que la hizo sentir repulsión. Las personas entonces empezaron a reír muy fuerte y el lugar se transformó en una habitación más pequeña donde estaban todas las personas que estaban en el jardín antes. Andrea se asustó aún más porque la oscuridad no se marchaba y sólo una luz amarillenta se colaba por los costados.

En la pared enfrente de donde ella estaba de pie, había un círculo. Le pareció por un momento que era maya, pero en cuanto éste se transformó en una serpiente que se mordía su propia cola, gritó presa del pánico y dio un paso atrás, golpeándose contra alguien.

Andrea se apresuró a salir de allí. Tenía que irse, regresar a su casa y volver a su cama. Pero al cruzar la puerta, se encontró de nuevo en el jardín y éste estaba desierto. A lo lejos, pudo ver unas escaleras que se insinuaban sin mostrar a dónde la llevarían pero al querer llegar a ellas, una manada de perros pequeños se atravesó en su camino y ella gritó de la sorpresa ya que se creía sola en el jardín.

Al tocar la primera escala, la serpiente que había visto en la habitación de antes se presentó de nuevo. Estaba en la pared izquierda en el camino de las escaleras y allí se repetía una y otra vez, moviéndose en sus infinitos círculos sin dejar de morder su cola. En la pared de la derecha, veía manchas que sólo pudo identificar gracias a la tenue luz que bañaba el pasillo y que la guiaba hacia arriba.

Al continuar en su camino hacia arriba, escuchó a lo lejos una risa macabra que resonó por todo el lugar. Una risa que, aunque familiar, era demasiado demoníaca para ser de un humano.

Andrea se despertó sobresaltada al escuchar la risa tan cercana a su oído y darse cuenta que no venía de su sueño.

Estaba sola en la cama y pudo escuchar música en la cocina y cómo Thriller terminaba en la radio. Le tomó un par de minutos el reconocer la risa final de la canción como aquella que la había atemorizado en su sueño. Llevó las manos a su cabeza y cerró los ojos, dejándose caer con pesadez en la almohada.

Al levantar su cobija, se dio cuenta que tenía sus pijamas puestas. No recordaba habérselas puesto.

Oscar entró en ese momento. Traía una bandeja con desayuno para ambos y ella sonrió al verle.

—Gracias —dijo con una sonrisa aún más grande, —ya sabes que no funciono sin café en la mañana.

Él sonrió. Hacía ya varias semanas que no se quedaba a dormir en casa de Andrea y extrañaba las pocas ocasiones en que eso ocurría. Ahora que ella estaba en vacaciones, él había movido sus citas para la tarde, así podía estar con ella en las mañanas y aprovechaba que no saldría de viaje.

Desayunaron con calma y luego le dio las pastillas para que las tomara y empezara su rutina de medicamentos. Un rato más tarde se duchaban juntos y Oscar se iba a su consulta, dejándola en cama, después que se pusiera unos pijamas limpios. Andrea se sentía consentida por su novio y accedió a hacerles caso a su doctor de la EPS y a su doctor personal y quedarse en cama descansando como se lo habían recetado.

Luego de retozar y dormir un poco, se levantó de nuevo y se fue a la sala. Su teléfono timbró en ese momento.

—¿Nena, como amaneciste? —La voz de Gabriela se oyó al otro lado de la línea y Andrea le conto un poco del resto del día anterior.

—Menos mal —dijo Gabriela. —Me quede muy preocupada anoche.

—Y yo. Tuve un sueño tan raro.

—¿Si? Cuente a ver…

—¿No estás trabajando? Lochuda!

Ambas rieron ante el comentario de Andrea para luego ella comenzar a contarle lo que había pasado en su sueño.

—Mija, eso está muy raro. Yo creo que mejor hablamos con Lucía… ella sabe de esas cosas.

Andrea se quedó en silencio por un momento. De nuevo las dudas se apoderaban de ella, pero por razones muy diferentes. El sueño que había tenido, bueno, los dos sueños, había sido como ninguno que hubiera tenido antes. Había habido mucha oscuridad en ellos y eso la asustaba. Ella que nunca había sido de averiguar por asuntos paranormales ni nada por el estilo, ahora se encontraba en la disyuntiva de decidir qué hacer.

—No vamos hoy, pero mañana sí. Me quiero quedar descansando.

—Sí claro… si a mí me trataran así… ¿Por qué no me puedo conseguir un Oscar para mí?

Andrea rió. Estaba acostumbrada ya a ese tipo de comentarios, por lo que se limitó a reírse antes de responder,

—A seguir buscando Mija, que este Oscar ya es mío.

Un rato después colgaban al teléfono y ella se dedicaba de nuevo a la televisión; esta vez desde la sala.

 

 

Un diente de ajo para ayudar al cuerpo a que se limpie. Mucho limón para que el olor no se quede. Una pizca de sal exorcizada en la iglesia de San Benito y mucho amor para que el arroz quedara sabiendo delicioso y su familia comiera como se lo merecía.

Marcia probó que no se le hubiera pasado la mano con la sal y dio su aprobación antes de echarlo todo en la olla que ya tenía el arroz y el agua en proceso de hervir.

Aspiró el olor de su cocción como hacía siempre y la dejó a fuego medio, para darle tiempo a que estuviera lista.

La noche anterior había habido muchas sombras jugueteando por ahí. Las había visto danzar y moverse en medio de una noche en que las estrellas apenas sí se veían y la luna no había querido asomarse.

—Todavía quedan otras noches más para Hécate.

Su voz salió como un susurro y ella regresó a sus ocupaciones. Continuó cortando las verduras, que quedaran finitas, iba repitiendo. Revisó que el pescado estuviera en verdad fresco antes de macerarlo con limón y especias y dejarlo listo para sofreírlo luego.

El viento susurró en su oído, le recordó que el fuego debía estar a la temperatura indicada y ella comprobó que así fuera. Quiso hablarle de las sombras de la noche anterior, pero ella se resistió; le dijo que más tarde, cuando estuvieran a solas y pudieran hablar de verdad.

Su nieta entró en ese momento. La hija de una niña, se dijo. Su propia hija la había tenido a los quince, así como ella la había tenido a ella a los dieciséis. Esperaba que el ciclo se rompiera con ella una vez llegara a la edad de ser madre y se aguantara un poquito más. Es que los hombres son muy complicados y nos enredan se dijo.

Tan pronto la abrazó, pensó que esas complicaciones eran buenas; a fin de cuentas, no habría nadie si no fuera por el par.

—¿Mita, me das zanahoria?

Marcia asintió, dándole a la pequeña, que apenas si había recién cumplido dos años, un pedazo del vegetal que estaba cortando.

—Te vas a poner naranjada de tanto comer zanahoria. —La voz de Clara, la hija de Marcia, acompañó la conversación entre la mujer y su nieta. La niña se quedó con el pedazo de tubérculo en la boca con temor a comerlo, pero su madre la alentó a que siguiera, —es una broma, cométela completa para que tengas ojos bonitos.

Clara miró a su mamá y le lanzó un beso desde donde estaba.

—Hoy me demoro para llegar, tengo que hacer un trabajo de la universidad.

—Fresca, andáte que yo me quedo con la niña, pero no vas a llegar muy tarde que eso está muy peligroso por ahí.

Clara se fijó en lo que su mamá estaba haciendo. Desde que ella misma era una niña la había visto hablarse a sí misma mientras cocinaba y repetía cómo debía quedar todo para luego ver que quedaba mucho mejor. La escuchaba orar en la noche a una divinidad en general que no era la de todos y la veía siempre sonriente, a pesar de los malos tiempos. Incluso sonrió cuando le contó que estaba embarazada a pesar de sus quince años.

Si así lo permitió la Divinidad, entonces que así sea.

Había habido momentos en que la había visto llorar; de rabia, de impotencia, de dolor; pero siempre regresaba con una sonrisa en sus labios a continuar con su vida. Eso decía siempre.

—No la dejés ver televisión hasta muy tarde.

Marcia se rió de la cotidianidad de la conversión y de lo tonta que ésta era, pero le siguió la corriente. Clara era la mamá, ella la abuela.

—Y ahora me vas a enseñar a criar a mi nieta… ni que vos me hubieras salido tan mal.

Clara se acercó y le dio un beso a cada una. Prometió no demorarse más de lo necesario y se marchó.

Valeria pidió un pedazo de limón y su abuela se lo dio. Afuera en el solar, Marcia vio cómo las nubes se oscurecían de repente y una nueva bandada de pájaros muy oscuros cruzaba el firmamento.

—Y eso no es tan bueno —dijo ella antes de seguir cocinando.

 

 

Lucía las estaba esperando. Cuando entraron a su casa, Andrea sintió que la energía de su cuerpo la abandonaba y casi se desvanece. Se agarró a la reja que servía como entrada principal al lugar y se aferró a ella antes de caerse mientras que Gaby continuaba hablando con Lucía sin percatarse de lo que estaba pasando. Se llevo la mano a la frente, cerró los ojos tratando de concentrarse en respirar antes que cualquier otra cosa hasta que pudo moverse y sentarse en una de las poltronas de la sala.

Esta vez la casa no le pareció tan pequeña como la anterior, pero quería que el mundo dejara de darle vueltas para poder apreciarla con más detenimiento.

—¿Andre?

La chica respondió con un quejido que hizo que Lucía se girara a mirarla con cuidado. Estaba pálida y sus manos completamente frías.

—Te lo dije, Niña, te están haciendo algo y no es nada bueno.

Lucía le pidió ayuda a Gabriela y llevaron a Andrea a la habitación donde había estado la vez anterior. De nuevo se sintió mareada, el olor a guardado de tantos libros juntos le revolvió el estómago y creyó que iba a vomitar ahí mismo. La mujer le trajo un pedazo de algodón con algo que olía a alcohol pero que al tacto era más pegajoso.

Igual se lo llevó a la nariz y poco a poco empezó a controlar su respiración de nuevo.

—Cada que bajas la guardia, te atacan, Niña. Deberías aprender a cuidarte.

—¿Por qué me dice todas esas cosas?

Lucía le trajo un vaso con algo verde en él para beber. Andrea no preguntó mucho cuando a instaron a que lo tomara. En esos momentos estaba asustada, preocupada y si le hubieran dicho que tenía que comerse una vaca entera para ‘curarse’ lo habría hecho. Se tomó el ‘brebaje’ que le ofrecieron y unos minutos después estaba corriendo hacia el baño a vomitar. Al ver el contenido del sanitario, se asqueó al punto que vomitó de nuevo.

Gabriela y Lucía la observaban desde la puerta del baño, mientras dejaban de contar las veces en que Andrea devolvió del estómago, o se hacían las de la vista gorda ante el color tan negro de lo que estaba saliendo de su boca o del olor pútrido de éste.

Un rato más tarde, Andrea se lavaba con tanta crema dental como sus dientes podían aguantar sin que le dolieran. Lucía y Gabriela estaban en la sala en silencio; esperándola con una taza de café para que tomara.

—¿Qué hago para que me dejen de joder?

Su voz sonaba extraña aún en sus oídos. Del susto que hubiera sentido inicialmente un par de días atrás había pasado al disgusto de que alguien de verdad estuviera haciéndole algo, y que la razón detrás del hecho fuera ‘quitarle’ su novio.

—La fulana es de rubia. ¿Conoces a alguien así?

—Muchas viejas. ¿Interesadas en Oscar? Casi todas.

Gabriela la miró, una sonrisa de burla en sus labios.

—¿Casi todas?

—Sí, saca a su hermana y su mamá y son casi todas.

Lucía hizo un gesto de burla que hizo que la tensión bajara un poco.

—Niña, lo primero que vamos a hacer es limpiarte—. Se fue a su cocina y al regresar trajo unas ‘ramas’ y se las entregó. Andrea, que no tenía ni idea de qué le estaba hablando Lucía, las recibió y se quedó mirándolas—. Ellas no te van a hacer nada. Es ruda, una yerba poderosa que protege y laurel para que te limpies.

Gaby las observaba sin perder detalle de lo que estaban haciendo. Había estado consultando con brujas desde que estaba en el colegio, le apasionaba todo lo relacionado con ellas y nada le gustaba más que andar metiendo la nariz donde no la habían llamado. Ahora con Andrea, era su oportunidad de aprender y de meterse en un mundo que la llamaba a gritos, pero no la dejaba adentrarse en él.

—¿Y después de que se limpie? ¿Atacamos?

El comentario le ganó una mirada de sorpresa de parte de Andrea y una de reproche de parte de Lucía. La primera era su amiga y la necesitaba a su lado. La segunda, era celosa de sus secretos y sabía las intenciones detrás de las palabras de Gaby.

—Después empezamos a ayudarle a su hombre para que no lo molesten más y no atacamos a nadie. Somos de las buenas, Niña. Aquí no le hacemos cochinadas a nadie.

Andrea retiró su cabello cobrizo de sus ojos, dejando su rostro libre. Esa tarde habían pasado cosas que para ella fueron demasiadas. Aceptó las yerbas y tomó nota de cómo hacerse el famoso baño para limpiarse. Prometió regresar el próximo fin de semana.

Antes de que se marchara, Lucía la llamó al cuarto donde la había atendido antes. Allí, buscó uno de sus mazos de tarot y tomó una de ellas, mostrándole la carta de la torre.

—Tu mundo va a cambiar. La torre es destrucción, pero de la buena. No te preocupes, Niña. Dios te protege.

Le entregó una estampa de San Miguel Arcángel y le pidió que la mantuviera con ella a toda ahora.

—Así te mantiene protegida.

Un par de minutos más tarde Andrea y Gabriela regresaban a la casa de la primera a hacerse los primeros baños.

 

 

La verdad, se dijo Andrea, era que lo molesto de los baños eran los benditos golpecitos que se tenía que dar con las malditas ramas. Pero, al mismo tiempo tenía que admitir que no se sentía del todo mal. Al menos no olían fétido y podía aguantar el olor que quedaría en su cuerpo. Y ya llevaba poco más de una semana en esas.

Lo que sí la impactó fue la devoción con que Gaby decidió tomar todo incluso para ella misma. A diferencia de ella, Gaby oraba en casi mudos susurros que ella jamás lograba entender y aunque le gustaría saber qué estaba diciendo; también se dijo más de una vez en los días que siguieron a su visita a Lucía, que lo que Gaby estuviera haciendo no era en realidad su problema.

Lo que sí lo era, era el hecho de que empezaba a ver a Oscar distinto.

El día anterior cuando había estado donde Lucía en busca de más consejo, ella le había dado detalles de su relación con Oscar. Le había hablado de los planes de boda que ellos tenían y que no habían hablado con nadie y de aquellas cosas que eran preferidas por Oscar, como quedarse hasta tarde en cama los fines de semana. No sólo había quedado impactada con las palabras de la ‘bruja’ (no tenía otra forma de llamarla), sino que también se había quedado estupefacta con la tranquilidad y veracidad con que le hablaba.

Cuando Lucía le leía las cartas, Andrea veía su rostro mientras observaba cada carta y creía en sus palabras. A pesar de su inicial duda, ahora le creía. Lucía no se había equivocado hasta ahora y cada consejo que le había dado daba resultado. Fue así como ese fin de semana terminó en la iglesia de San José esperando a que el sacerdote de ella le bendijera la medalla de San Benito. Ahora incluso cargaba medallas de santos con ella; se decía. Hasta el día en que había visitado a Lucía por primera vez era más no practicante que creyente y ahora era practicante, creyente y vaya Dios a saber qué más. El hecho de que Lucía trabajara con Dios y con el lado bueno, como siempre le decía, le deba más tranquilidad. No quería meterse ‘con lo que no debía’.

Oscar se detuvo a su lado mientras la miraba inquisidoramente. Siempre que él mencionaba ir a misa los domingos, Andrea entornaba los ojos y se alejaba, diciéndole que no se preocupara, que ella estaba en paz con Dios y sus santos y ya llevaban dos fines de semana en que no faltaban a misa; esta vez estaban en la de San José y sólo faltaba la bendición del cura.

—Vamos. —Andrea le habló tan pronto terminó el oficio y se dirigieron al altar de la iglesia. El sacerdote estaba en el ala derecha de éste, hablando con algunos feligreses y bendiciones los paquetitos que cada quien le presentaba; todos llenos de medallas y estampitas que compraban en la entrada de la iglesia.

El padre Manuel les observó mientras se acercaban. No le eran familiares y los recibió con su acostumbrada sonrisa. Cuando Andrea y Oscar le saludaron, el padre inclinó su cabeza en saludo y les agradeció por haber asistido a la misa.

—¿Padre, será que usted me bendice estas medallitas? —dijo ella después de unos minutos de conversación.

El padre observó las medallas pero se mantuvo en silencio, asintiendo levemente. San Benito era quizás el santo más incomprendido que conociera y el que más mal se empleaba. Las personas no sabían cómo rezarle ni cómo pedirle y sin embargo, lo usaban para ahuyentar a los indeseables de su casa. Pero, San Benito iba más allá que el sólo ser usado para echar a los que nos molestan: San Benito era el santo de los exorcistas. El que aleja al enemigo malo del hogar y que lo mantiene protegido. También es el santo que te acompaña a la hora de la muerte, pero al que nadie le reza para que esté a su lado.

—Dios omnipotente, dador de todos los bienes, te suplico humildemente que por la intercesión de nuestro Padre San Benito, infundas tu bendición sobre estas sagradas medallas, a fin de que quien la lleve, dedicándose a las buenas obras, merezca conseguir la salud del alma y del cuerpo, la gracia de la santificación, y todas la indulgencias que se nos otorgan, y que por la ayuda de tu misericordia se esfuerce en evitar las acechanzas y engaños del enemigo, y merezca aparecer santo y limpio en tu presencia. Por Cristo, nuestro Señor[2].

—Amén —respondieron los novios.

—Ustedes no son feligreses de esta parroquia, ¿verdad?

—No señor. —Oscar tomó la palabra, nunca había entrado a la iglesia y estaba sorprendido de ver los osarios a plena vista de todos—. Esta es de esas iglesias a las que da miedo entrar.

Los tres rieron ante el comentario y ellos esperaron a que el sacerdote saludara a una señora que llegó de repente pidiendo su bendición.

—Que Dios la bendiga y acompañe siempre, mi señora. Qué bueno verla por acá de nuevo.

Andrea se fijó en la decoración de la iglesia a su alrededor. Tenía tres naves y desde su entrada, en las laterales, se pueden ver los osarios de las personas que antes solicitaban ser enterradas allí o que pedían que su osamenta reposara en ese suelo sagrado hasta el día de la resurrección en Cristo. El padre Manuel les iba contando acerca de la historia de la iglesia mientras caminaban hacia la salida. Ella llevaba su medalla todavía en la mano, pero aún no le había entregado la suya a Oscar.

Nunca se había preocupado por ser religiosa, pensó, pero había algo al estar en esa iglesia que le gustaba. Quizás fuera la paz y tranquilidad que sentía mientras hablaba con el sacerdote o el ver la devoción de tantas personas a su alrededor. Decenas de personas entraban y salían de la iglesia, la cual, aunque esta estaba ubicada en pleno centro de la ciudad, era bastante oscura y sombría.

Oscar se alejó un poco de ellos, entretenido leyendo las lápidas de los osarios que estaban cerca. El padre Manuel aprovechó para acercarse a ella.

—¿Desde cuándo está interesada en la medalla de San Benito?

La chica se le quedó mirando. Lo que había averiguado esa semana era que San Benito protegía del diablo. Así, le había dicho todo a quien le había preguntado de acerca de la medalla o de dónde conseguirla. Lo último que le dijeron era que en la Iglesia de San José podía conseguir la medallita e incluso la novena si la quería.

Por un momento no supo qué responder. La verdad, estaba siguiendo las instrucciones que le había dado Lucía y que Gaby había insistido en que siguiera. No tenía mayores razones por qué creer en el Santo o no. Sólo sabía que necesitaba algo en qué aferrarse; algo desde lo que ella conocía que le permitiera saber que todo lo que le estaban haciendo terminara. Quería que su vida volviera a su aburrida normalidad; pero, mantenía encima el sentimiento y la sombra abrumadora de esa otra mujer que seguía sin conocer y que sabía que le estaba dañando.

—¿Señorita?

Ella se giró para mirar al padre a los ojos. Suspiró profundo antes de hablarle con tanta honestidad como pudo,

—Necesito protección. Me dijeron que él me protegería.

El sacerdote asintió sin responder. Protección. No quiso imaginarse de qué ya que a cualquier persona que se le preguntara al respecto diría lo mismo: un maleficio. Mucha gente se sugestionaba ante la sola palabra; otras tantas no sabían cómo actuar o qué hacer y aquellas que sí eran víctimas de algo por el estilo, siempre terminaban buscando la ayuda que de verdad necesitaban.

Él la observó con cuidado. Había sombras debajo de sus ojos y había algo en su postura que la hacía ver frágil y predispuesta a que le pasara cualquier cosa. Sólo Dios sabía qué podía tenerla así. De todas maneras, se dijo, hacía ya varios años que la diócesis había buscado sacerdotes como él, aquellos que sabían más del otro lado y cómo hacerle frente. Los que eran empáticos con el dolor ajeno y podían ayudar de una manera diferente.

La energía de Andrea no era de ella. Estaba sucia, manchada, pero lo que la chica estaba haciendo no era lo que iba a protegerla a menos que de verdad se entregara a su fe y permitiera que ésta obrara.

—Confíe en él entonces. Y cuando quiera venga a visitarme.

Un rato después, Oscar regresaba a su lado y les mostraba las fotografías que había tomado con su Blackberry® y ellos se marchaban de la iglesia.

 

 

Algo extraño había sido que Oscar no la había dejado ver las fotos que tenía en su Black, como ella le llamaba. Él se había limitado a mostrarle sólo aquellas de la iglesia y tuvo mucho cuidado de no ir más allá de los límites de dichas fotos. En un principio pensó que era algo raro, luego que no iba a darle importancia, pero luego, la molestó tanto que decidió que luego le pediría prestado el celular y vería las fotos sin restricciones. Como siempre.

Pero luego llevó a más tarde y se olvidó de todo el asunto. Ese día se quedaron en su apartamento de nuevo, —que Oscar todavía viviera con sus padres no permitía que pasaran mucho tiempo en su casa—, vieron televisión, hicieron el amor, se contaron su semana. Oscar amaba esos momentos con ella; cuando no estaba predispuesta a nada y agradecía que andaba de vacaciones y descansando, aunque ya sus días libres estuvieran por terminar.

Andrea se sentía feliz cuando podían estar a solas así. Era una antesala a cuando estuvieran casados y pudieran de verdad pasar sus días juntos hasta el final de ellos.

El problema inició cuando Oscar recibió una llamada que no atendió delante de ella como siempre hacía. Esta vez fue a refugiarse al balcón, dejándola hablando sola en la cocina mientras desempacaba la comida a domicilio que habían pedido. Andrea salió a preguntarle qué estaba pasando que no le respondía cuando le vio hablando por teléfono.

Oscar estaba de pie recostado contra la pared del lado izquierdo del balcón. Se había puesto sus tenis sin medias aparentemente y tenía la mano izquierda en el teléfono apoyando todo ese lado contra la pared y la derecha metida en el bolsillo de enfrente. Estaba relajado mientras hablaba y la sonrisa que tenía en el rostro era una que ella pensaba que él sólo le mostraba a ella.

El temor que se había quedado alejado de ella a medida que los días pasaban, tan sólo se había quedado acurrucado en algún lado de su psique esperando por una muestra tan simple por parte de él para saltar de nuevo y esta vez apresarla por completo en sus fauces.

Un nudo se formó en su garganta en cuanto le vio hablar así, y las dudas comenzaron a rondarla, dibujándole escenarios imaginarios. Puso una sonrisa fingida en sus labios y fue hasta el balcón a avisarle que la comida estaba lista; él que no la había visto salir de la cocina, se sobresaltó en el momento en que la escuchó tocar el vidrio del ventanal para que le hiciera caso.

Andrea ni siquiera esperaba que el ventanal estuviese cerrado.

La comida estuvo silenciosa por parte de la mujer. Si empezaba con sus dudas, se decía, le estaba dando fuerza a ‘la mona’ como ella la llamaba; a esa mujer que quería dañarla. Si no lo hacía, entonces, se preguntaba, para qué tantos baños e ir a comprar medallitas e ir a misa. ¿Acaso ese no era el punto de todo el asunto? Que su vida volviera a la normalidad. Y ahora, ¿por qué le pasaba todo eso justo cuando se sentía bien y tranquila y la tormenta había pasado?

¿Quizás nada de lo que estaba haciendo estaba sirviendo?

En la mañana mientras Oscar se duchaba para irse a trabajar, Andrea tomó su teléfono y se fue directo al apartado de las fotografías. Allí, empezó a ver diferentes fotos de ellos, de sus amigos en común, de fiestas en las que habían estado juntos. Encontró fotos de sus suegros y su cuñada. Las fotos de la iglesia, y junto a éstas, encontró lo que menos quería encontrar: las fotos de una mujer que ella no conocía; ni del círculo de amigos y de trabajo de Oscar donde ella no tenía nada qué ver, ni de nada. La mujer se veía despeinada y parecía estar desnuda ya que la foto fue tomada de los hombros para arriba.

Además, era rubia.

Dejó el celular en la mesa de noche y se re-acomodó en su lado de la cama. Escuchó la puerta del baño abrirse y cerró los ojos para que él creyera que seguía durmiendo. Nada había funcionado. Y en silencio se maldijo porque seguramente no había hecho nada bien.

 

 

No llamó a Gabriela ni le avisó que iría a visitar a Lucía. Se limitó a tomar las llaves de su carro, las malditas pastillas que no le faltaban porque el dolor empezaba cada dos por tres y era mejor estar preparada.

Al llegar, tuvo que esperar porque Lucía estaba en una consulta que no podía demorar ni dejar para más tarde. Importante, había dicho cuando la vio en la puerta. Vio a la mujer moverse por la casa, ir y venir de su cocina con vasos de agua y frasquitos con brebajes (al menos eso pensaba que eran) y la última vez que lo hizo, la vio cerrar la puerta de su estudio varias veces y salir de nuevo otras tantas veces más.

Entre tanto, mientras estaba sentada en la sala de la pequeña casa de Lucía, se puso a pensar en qué era lo que estaba pasando con su vida que estaba cada vez más enredada y aunque podía decirse que nada mayor había pasado en las últimas dos semanas de su vida, sentía que estaba perdiendo todo el control que tenía sobre ella y eso hacía que sus miedos se dispararan de manera tal que no sabía cómo estaba reaccionando o si el hacerlo era la manera correcta.

Sólo sabía que Lucía era la persona que podía ayudarle, porque de no ser así, ya no sabía qué más debía hacer.

Una hora más tarde, una mujer que no conocía salió del estudio de Lucía y se marchó de la casa. Andrea se le quedó mirando. La chica iba empapada y temblaba. Desde afuera ella no había escuchado nada, pero las piernas de la chica iban amoratadas y se podía ver en lo que quedaba descubierto bajo la falda que terminaba a mitad de la pantorrilla.

—Brujas. Andan molestando a la pobre.

Lucía habló desde la puerta de la casa mientras la cerraba tras ella.

—¿Cómo así que brujas?

—¿Qué no sabes, Niña? Hay brujas… de esas malas, malas. De las que molestan y te hacen daño por la noche. Que se te sientan en el pecho mientras estás durmiendo y no puedes respirar. De esas que se te meten a la casa y te traban las mangas de los pantalones.

—Las brujas no existen —dijo Andrea un tanto avergonzada por el término, —bueno, esas brujas no—. Aclaró.

Lucía se rió en ese momento. La chica se dio cuenta que nunca antes la había visto reír y menos en medio de una conversación entre ellas. Ahí se dio cuenta que le faltaban varios dientes del lado izquierdo superior de la boca y que los que le quedaban eran tan amarillentos que no parecían de ella. Ahí también se fijó en que la piel de la mujer era tan ajada y maltratada que tenía que tener más años encima de los que ellas podían darle.

—Las brujas son brujas sin importar qué hagan. Todas tenemos dones, todas sabemos algo. La diferencia está en cómo lo usamos, para qué, para quién y cuándo. Ahora, qué me la trajo por aquí Niña. ¿Me la siguieron molestando?

Andrea no supo contestar. Su problema se había resumido a las dudas con su novio. Fue cuando se puso de pie y su cuerpo se dobló hacia adelante, presa de un dolor muy similar al de la primera mañana en que no pudo levantarse, que se dio cuenta que quizás no era sólo dudas.

—Luci…hacía días que no me dolía así.

—Hacía días que no te molestaban, Niña. —La mujer habló con calma y le pidió que se acostara boca abajo en el mueble grande. Entró en su estudio y buscó un ungüento para aplicarle a Andrea. Cada vez que ella le tocó, la chica lloró desesperada. Había ciertos puntos en su baja espalda que dolían más que otros. Cuando Lucía hacía presión en ellos, Andrea no podía menos que gritar. Se había mordido el dorso de la mano tratando de acallar esos gritos, pero el dolor era tan intenso que por momentos incluso pensó que se desmayaría.

—Te están haciendo brujería de la más oscura, Niña. Te están atacando en este momento y hasta que no terminen no puedo ayudarte.

Andrea gritó una vez más.

 

 

Había estado tejiendo todo el día. Una carpeta tras otra. Todas en diferentes tonalidades de verde y otras tantas en blanco. Había orado por cada persona que había llegado a su casa ese día pidiendo algo de ayuda y a quienes no había podido darles nada. Oró por aquellos a quienes había podido ayudar y lamentó no tener más para ayudar a otros.

Por eso ahora tejía y oraba. Oraba y tejía. Y luego de vuelta para que el trabajo quedase bien.

Su teléfono sonó de nuevo esa mañana, pero ella lo había dejado olvidado en algún lado de la cocina y no podía levantarse ahora a recogerlo. Quien la necesitara, si en verdad la necesitaba, podía llamarla de nuevo en un rato.

No podía dejar de tejer, ni dejar de orar. Tenía que seguir. Ese día de sol renovado tenía que tejer, para que en la noche, una en luna de Artemis, el escudo cobrara efecto. Debía orar, no podía dejar de hacerlo.

En ese momento alguien llamó a su puerta y ella se detuvo. Esperó un instante a que su respiración se acompasara y tomó las muletas que estaban a su lado para poder levantarse e ir a abrir la puerta.

Quien estaba al otro lado conocía de su discapacidad ya que tocó una vez más para anunciarle que no se había marchado y que continuaba esperando por ella sin apurarla.

Marcia cojeó apoyada en sus muletas hasta llegar a la puerta y abrirla. El hombre que había tocado estaba dándole la espalda a la casa y le tomó unos segundos antes de girarse a mirarla.

—Padre Manuel, qué bueno que viene a visitarme.

El sacerdote le dio una sonrisa que aunque hermosa, le asustó. Era curioso que cada que el mundo empezaba a mandarle sus advertencias, el padre Manuel se aparecía por su casa.

—¿Cómo estás, Marcia?

Ella sonrió como siempre lo hacía cuando lo veía. El padre Manuel, como ella, era alguien que servía a la Divinidad; que cada quien lo hiciera de cara a un dios diferente, no les hacía enemigos. Al contrario. Cada visita de Manuel tenía un motivo.

Le dio paso para que entrara y al cerrar la puerta se aferró a sus muletas para seguirlo.

—Aquí vamos, mi padre. Véngase pa’la cocina yo le sirvo un juguito y conversamos un rato.

Una vez allí, Manuel se quedó mirando el espacio que tenía ante sus ojos. Desde esa cocina, él podía ver el solar de la casa familiar y los árboles que crecían le daban sombra a la huerta con yerbas y especias que Marcia siempre cultivaba allí.

—¿Sigues bajando tú sola a recoger tus yerbas?

—Claro, padre. ¿Quién va a hacerlo por mí?

—¿Tu hija?

Marcia suspiró. El tema de su hija y sus yerbas nunca se mezclaba. Su conocimiento moriría con ella a menos que Valeria demostrara interés y eso, si ella vivía lo suficiente.

—Manuel, vos sabés…

—Ahora sí nos hablamos como es, Marcia. Ya me quitaste el “padre”—. El sacerdote se rió tan pronto le vio fruncir el ceño. Él siempre esperaba por el momento en que ella perdía la formalidad con él para poder hablar con calma de los asuntos que tenían que hablar—. Y sí, yo sé lo que tu hija piensa y he oído todo lo que te ha dicho por años.

La mujer terminó de servir el jugo, se apoyó en una de sus muletas y lo puso en la mesa de la cocina, un vaso a la vez, y luego se sentó a su lado, suspirando con pesadez.

—¿Te sigue doliendo? —preguntó, refiriéndose a la pierna mutilada de Marcia. Ella miró su muñón y suspiró de nuevo. Ese era otro tema que ella aún no podía hablar como quizás debería.

—Esto pasó hace mucho —dijo, tocándolo. —No duele, pero a veces cuando hace frío molesta. Otras veces es como si todavía estuviera ahí y se me olvida que no está y entonces… termino desparramada en el piso e hijupeutiando hasta que me harto.

—Ahora hay prótesis… —comenzó a decir él, pero ella le hizo callarse levantando la mano.

—Si la Divinidad me quiso así, así me quedo.

—Pero Marcia… Dios no habría querido que hubiera médicos que aprendieran a hacer eso si no quisiera que sus hijos se beneficiaran.

—Yo sé, yo sé. —Las palabras salieron de sus labios con tristeza, pero también con determinación. —Me sané, me limpié, cumplí con los designios de lo Divino y le sigo sirviendo. Perder mi pierna es nada comparado a lo que pude haber perdido.

Manuel asintió.

El día en que Marcia perdió su pierna, fue el día que selló su vida como “bruja”. Ella, una mujer que apenas si tenía unos veinticinco años, era alta, de un porte real que muchas mujeres de su región tenían. Tenía el cabello largo, por debajo de la cintura y era de ojos grandes y verdes, como el color de la esmeralda. Era una belleza exótica. El sacerdote al mirarla, la recordaba tal y como era en ese entonces.

El problema que ella tuvo fue dar con un mal marido. Salomón no era malo en principio. En palabras de Marcia seguía siendo un hombre maravilloso, pero no había sido bueno con ella.

Él la acusó de haberle sido infiel. No importó que ella le jurara por su hija que no era cierto. Tampoco importó que el hombre con quién la acusaron era un sacerdote. Cuando Salomón la atacó, Marcia estaba en la sala de su casa, tejiendo. Ese día, había entrado en trance en medio de su tejido y había empezado a orar. Él la escuchó hablando en lenguas que no conocía y se asustó tanto, que la acusó ante todo el que le escuchara de tener pactos con el diablo para ocultar sus malos pasos.

Sin importar las razones por las cuales la tragedia se había desencadenado, cuando Manuel la encontró al ir a su casa, ella había perdido su pierna izquierda y estaba en un charco de sangre. Si él no la hubiera auxiliado en ese momento, ella se habría desangrado.

Días después se enteraría que todo había sido gracias a Doña Graciela, que le estaba siendo infiel a su esposo y quien había buscado la ayuda de Marcia para mantenerlo dormido y que no se enterara. Pero Marcia no hacía eso por nadie. El lema de su vida era usar sus dones para el bien, jamás para hacerles daño a otros. Eso era lo que Manuel había estado enseñándole desde que la conocía y la razón por la cual Doña Graciela la acusó.

Salomón se le llevó a sus dos hijos hombres y la dejó con Clara porque, ‘las putas y las brujas siempre tienen que estar juntas’. Antes de marcharse del pueblo, Marcia se fue para la casa de Doña Graciela y le agradeció por todo lo que había hecho por ella. Le bendijo y le deseó que todo lo que había hecho por ella, se le regresara siempre para su bienestar.

Marcia nunca se enteró que Doña Graciela murió por la golpiza que su esposo le dio cuando se dio cuenta que le engañaba.

Ella salió del pueblo con una sola pierna, y su hija de la mano en un carro enviado por Manuel para que pudieran irse. Tiempo después ella ya vivía en la casa en la que estaban ahora y no muchas cosas habían cambiado desde entonces.

—Dejá de mirame así, padrecito.

—Me estaba acordando de cosas, eso es todo.

—Entonces recordalas, pero dejá de mirame con pesar.

El sacerdote sonrió mientras asentía. Decidió ir directo al grano antes de que se pusieran a hablar de otras cosas.

—El otro lado se está moviendo y muy rápido.

Marcia se le quedó mirando a los ojos. Ella sabía de qué le estaba hablando. El viento le había contado que se estaban moviendo, que estaban haciendo mucho daño y que mucha gente estaba sufriendo.

—Cada vez viene más gente a la iglesia a pedir medallitas de San Benito y a que se las bendiga.

—Y no tienen ni idea de lo que están haciendo.

—San Benito es un santo bueno.

—Uno muy bueno, pero uno no lo lleva a menos que le pida de corazón que lo proteja y que lo cuide. San Benito no actúa por sí sólo, padrecito.

—Vos tampoco y cuando llegué estabas tejiendo.

—Pero yo tejo y rezo y pido y protejo.

—Pero nadie te pide ayuda.

—Yo nací para cuidar y proteger, Manuel. Para sanar y para ayudar. No necesito que me lo agradezcan, ni que me digan que lo haga o no. No puedo pelear con lo que soy.

—¿No te duele que tu hija no lo entienda?

—Ella sabe y ella también reza. A tu Dios, pero también reza. Cada quien sigue el camino que debe recorrer, Manuel. El de ella y el tuyo es en una iglesia; el mío es aquí en mi casa, en mi solar, con mis árboles y mi huerta.

—Una muchacha vino a pedirme que le bendijera una de las medallas.

—¿La trigueña? ¿La de los ojos bonitos, chiquitos?

Manuel estaba tomando de su jugo en el momento en que Marcia habló y bajó el vaso en ese momento. A veces no entendía del todo lo que ella podía hacer, pero hacía mucho había aprendido a no cuestionarlo.

—La misma.

—No me dejan llegar a ella. La tienen envuelta en energía muy oscura y le van a complicar la vida mucho. Pobrecita, no sabe quién es el que la está atacando.

—El novio…

—No hablemos de ese. Los hombres son así, no se fijan con quién se meten ni el desastre que pueden causar.

El sacerdote entendía el veneno detrás de las palabras de Marcia cada que ella hablaba de los hombres y lo que hacían por no fijarse con quien andaban. Aún le dolía la traición de Salomón y no confiaba en nadie que no fuera de su propia sangre.

—De todas maneras, el novio no tiene ni idea de nada.

—Pero él es parte de su mal. No lo puede evitar.

—Hay algo en ella. Me recordó mucho a vos cuando te conocí.

—Entonces vení y rezá conmigo un rato. Todavía me queda mucho día por delante para tejer.

El padre Manuel la siguió hasta la sala. Se fijó que tenía hilos de todos los colores regados por todos lados, pero que en sus agujas sólo había hilos verdes y blancos. Al mirarla a ella, caminando con destreza con sus muletas por la casa, notó que llevaba un vestido de color rojo oscuro y que su cabello estaba suelto y que era tan largo como hacía poco más de diez años.

Jamás le dijo que en el pueblo le empezaron a llamar ‘La Patasola’ como a la mujer de los mitos. No le dijo que le decían así por lo bajito, porque nadie se atrevía a desafiarla ni a contrariarla. Nunca le dijo que la respetaban más de lo que le temían.

Gracias a Dios que la tenía de su lado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pies de página

[1] Solar: Terreno libre situado en la parte posterior de las casas y que se utiliza como huerto o para la cría de animales. (RAE)

 

[2] Oración tomada de la información encontrada en varias fuentes en internet. Una de ellas: http://es.wikipedia.org/wiki/Medalla_de_San_Benito