Si humanos o hadas…

El bosque se expandía a límites que la pequeña no podía alcanzar a dimensionar. En sus sueños era diminuto, cabía en la palma de su mano y con un soplo de aire al cerrar sus labios levemente, las hojas de los árboles se mecían y se movían en un vaivén caprichoso de un lado a otro.

 

El hada se detuvo, olía a hierba húmeda y a un alce a pocos metros de distancia. Sabía que si se concentraba y ponía su corazón en hacerlo, podría también sentir a la pequeña comadreja que perezosa se removía en su madriguera, vería al colibrí bebiendo el suave néctar de las margaritas que crecían salvajes en el rincón norte y escucharía la marcha de las hormigas que regresaban incansables a su hogar.

 

Sonrió mientras sus alitas color violeta la refrescaban en esa tarde calurosa de primavera. Debía apurarse, pronto anochecería y últimamente las noches no eran tan frescas. El frio y un tanto de lluvia reparadora, caería abrumadora por doquier, y necesitaba llegar a su árbol; al hermoso arce en el que una traviesa ardilla había dejado hueco hacia ya mucho tiempo y que ahora le servía como refugio.

 

En el camino sin embargo, escuchó también los pasos dados por humanos. Podía verlos ya un poco más cerca. Se aproximó al que olía a almizcle y pino. A ese ya le conocía de antes, lo había visto muchas veces atrás, cazando, nadando en el río, solitario en noches de luna nueva observando las estrellas.

 

El pobre humano, se figuraba ella, jamás podría reconocerla, aún cuando la tenia tan cerca de su nariz, como una diminuta luciérnaga volando de lado a lado y brillando sin forma; aún así, no podría mirarla.

 

Ella por su parte se iba olvidando del hogar al que se dirigía antes. Ese humano con su andar taciturno y sus ojos claros era una invitación a abandonar su bosque que no podía dejar pasar. Sus labios prometían canciones de amor desesperado, su piel calidez desde el corazón y sus manos que podían derribar las murallas más altas si tan solo supiera de su existencia.

 

Se acurrucó en el espacio entre su nuca y el cuello de la camisa. Ahí era calentito y podía olerlo mejor. Ahí, ella misma le contaría de su vida y de cómo las hadas se olvidan de quienes son por el mortal que las hace creer en lo imposible. Dejaría de ser hada, se haría niña, adolescente y luego mujer; una vez fuera del bosque, donde la magia se convertiría en realidad, le buscaría.

 

Y sus ojos entonces podrían verla, cabello largo y negro, como sus ojos profundos, llenos de emociones, la piel color canela y las caderas amplias. Sería la mujer que él siempre soñaba en sus noches de mayor desespero y necesidad. Le consolaría ya no como aquella vez junto al río cuando se había quedado dormido, si no que lo haría como su compañera eterna y jamás le abandonaría.

 

Pero el bosque no dejaba ir a sus pequeños, en el borde, cerca al lugar donde el pueblo comenzaba, la llamó con tal fuerza, que la hada sintió sus alitas moverse por sí mismas y no pudo evitar el llamado.  Se alejó del hombre de mirada triste y deseos silenciosos. Gritó con su vocecita que él no podía escuchar y luchó contra los hilos invisibles que la ataban al lugar del que no se movía. Le vio continuar su marcha con sus acompañantes, y se resignó a que se había ido, sin ella.

 

De repente, el bosque ya no era tan grande, era de nuevo tan pequeño como en sus sueños y su tristeza le guiaba a su arce favorito. Se quedaría allí, acurrucada en su cama hecha de hojas y pétalos de flores y en su voz tierna y melancólica, le hablaría al hombre que le era negado y le contaría que había hadas en el mundo dispuestas a todo por un mortal que pudiera mirarlas con ojos de ternura y compasión, tejería para él historias de jaguares y sirenas escondidos en reinos perdidos de los que él ya ni se acordaba, y escribirían una nueva historia para ellos dos.

 

Y cuando pudiera recordarlo, encontraría la grieta que daba salida a su bosque protector y se iría; ese día sería ella quien se alejaría para encontrarse con su humano de nuevo y finalmente llegar a un acuerdo, si humanos o hadas no importaba, pero juntos hasta el fin de los tiempos.

 

Abril 22 de 2mil14

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Nota: A mi querida Dablin en su cumpleaños. Ditto.

 

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