Verdad

 

Pregúnteme qué he sentido, y voy a tener que mentirle. Le miraré a los ojos, le oiré, pero no voy a escucharle. Podré pararme en frente suyo y jamás escuchará lo que desea que yo le diga. Lo único que sacará de mí serán mentiras, porque eso es lo que usted se merece.

Jamás voy a aceptar que fui yo quien enterró el puñal que finalmente le dio muerte.

Usted se marcha con sus oficiales, me deja a solas en esta celda húmeda y maltrecha y dice que pronto hablaré y que estaré confesando cuánta cosa mala he hecho en la vida. Yo escupo sobre las huellas de sus pasos y en mi cabeza, mis pensamientos son un remolino que no acepta calma.

No voy a contarle que ella estaba en su casa acompañada; que la vi estremecerse del temor al ver la película que su amiga había traído para que ellas vieran y menos aún que la vi mirar de un lado para otro mientras pensaba que esas arañas gigantes iban a saltarle encima saliendo de algún lado.

Tampoco le diré que ella se sentía recelosa por los hechos publicados en los periódicos en las últimas semanas. Que su terror era tal, que no se atrevía ni a salir de su casa a solas. Que se la pasaba todo el tiempo mirando por encima de su hombro pensando que sería la siguiente hermosa mujer en morir.

Y lo fue.

Lo fue porque ya la conocía desde hace tiempo. Porque ella era mi objetivo. Porque no pasaba una noche sin que yo pensara en ella y en la delicia que sería sentir su sangre tibia y dulce deslizándose por mis manos ansiosas de ella.

Le miro por el espejo falso que mantienen en este lugar de mala muerte. Usted cree que puede hacerme caer; que voy a confesarle que entré a su casa porque ella me invitó. ¡Por supuesto que iba a hacerlo! Quién más si no yo habría podido. Ella me pidió que entrara, que le hiciera compañía. Me miró con esa forma lánguida que tenia para hacer las cosas y vio en mis ojos la verdad de su destino. Fue ella quien finalmente trajo el puñal y me pidió que hiciera lo que debía a hacer; que no iba a resistirse.

Ella finalmente había comprendido la belleza de mi acto misericordioso y en éste, entendió la libertad que le otorgaba.

Porque era ella mi objetivo final. Aquel por el que luchas toda una vida sin pararte a mirar hacia otro lado; sin confirmar si sí o si no. Lo quieres, lo anhelas, lo luchas y finalmente lo tomas.

Eso hice. La tomé entre mis brazos. La apreté contra mi pecho y besé sus cabellos. Ella se dejó hacer. Permitió que la amara en ese tierno segundo y casi ni se inmuta en el momento en que la navaja penetró en ella, una, dos, tres, incontables veces. Su sangre manó. Ella sonrió.

Ya no tenía miedo me dijo. No fue más que un susurro, pero fue el instante de su liberación.

Por mi mano.

Mi mano.

Así que no. No le diré nada. Fue nuestro momento de perfección; el de ella y el mío. Enciérreme si es lo que desea. No me importa. Mi razón de vivir ha sido satisfecha. No le hablaré de las otras antes de ella; de aquellas a quienes destrocé para prepararme para ella. No. Voy a continuar mintiéndole porque usted, usted no se merece esta verdad que es tan mía como lo fue de ella.

Usted entra de nuevo. Me amenaza una vez más. Y yo no puedo más que hacer una mueca que le permita saber que mis labios están sellados.

Sígalo intentando. Siga preguntando. Quizás algún día.

Hoy no.
Mayo doce, dos-mil-diez

One Response to “Verdad”

  • Dablin:

    Cómo decir perfecto. Me emocioné volver a leerte, hace rato que no me dabas ese regalo.
    Gracias, una y mil veces.
    Escribe, así, rápido, fuerte, enérgico, inspirado. Así eres tú, y así es tu tono, tu voz al escribir.
    Así eres Marge, o mejor dicho Luna.
    D

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