Sacado del Cuarto de San Alejo – I

Esta es la historia de mi Señor Vincent, primero entre nosotros, tal como él mismo me la ha relatado una noche de invierno en que la soledad lo embargó y me llamó a su lado y en que después que su deseo fuera satisfecho, le pregunté por qué me había llamado Isabel en el momento de su clímax y esto fue lo que me reveló.

Y es ahora el momento de pasarlo a todos Ustedes.

Vincent había nacido en una época en que la humanidad se resumía a unos cuantos cientos, las ciudades no eran lo que son ahora y el Dios a quienes su pueblo oraba, era un Dios que reclamaba sangre como sacrificio y compensación; y su nombre tampoco era ese.

Su nombre era Judá, y era hijo de una de las doce tribus, de la de Raúl: Tenía un promisorio futuro enfrente y recién se había casado con Isabel, hija de Simeón, hijo de Pedro, hijo de León, descendiente de Raul, hijo de Jacob, llamado Israel por el ángel del Señor.

Hacía pocos meses que se habían casado y ya el Altísimo les había bendecido con un hijo que nacería en unos cuantos meses, pero la sequía había llegado muy fuerte e Isabel por su estado fue una de las más afectadas. El Reinado en Siria había estado cambiando de unas manos a otras, pero las condiciones para los hijos de Israel seguían siendo estables, ya no eran esclavos y cuatro de los suyos pertenecían al gobierno.

Era la época de Daniel, llamado Beltasar entre los Persas; profeta del Señor y grande entre los suyos. Y era también la época en que Isabel había finalmente sucumbido ante las adversidades y había caído terriblemente enferma antes de dar a luz a su hijo. En aquel entonces, Judá trabajaba cuidando el rebaño de su suegro, ordeñando y preparando la leche para ser llevada al palacio, pero las últimas semanas Isabel no había podido acompañarlo como era su costumbre.

Ahora, sólo se limitaba a que después de qué el se hubiera aseado, ella le peinara y le dedicara algo de tiempo, por lo que él se levantaba más temprano, solo para poder compartir un poco más con ella, pasando un buen rato juntos, mientras ella trenzaba su cabello y lo acariciaba embelesada en el contacto y en la sensación que le brindaba. Y él, simplemente la adoraba.

Pero pasó que una mañana de primavera Isabel no pudo levantarse; el dolor era demasiado y ella simplemente no podía soportarlo, las contracciones siendo cada vez más fuertes, dolorosas y regulares la una de la otra. Y Judá se sintió totalmente impotente e inútil cuando la partera lo sacó a empellones del lugar.

Afuera de su tienda, Judá podía escucharla gemir y gritar del dolor, para que luego el silencio reinara en el lugar. Maldito silencio que le ocultaba la verdad.

‘Entra Judá,’ le dijo su suegra, ‘ella te necesita’ la mujer acababa de salir de la tienda y en cuanto el hombre entró, ella se lanzo a los brazos de Simeón, llorando inconsolable.

‘Mujer…’ le dijo su esposo, mientras la miraba tomándola por los hombros, ‘Isabel y la criatura…están bien, verdad?’

Sara lo miró su mano en su boca reprimiendo un desgarrador grito de dolor. Simeón comprendiendo la abrazó de nuevo, uniéndose a su llanto.

‘Marta, cómo está mi mujer?’ dijo Judá en cuanto entró. El olor de las antorchas consumiéndose inundaba el lugar. El inconfundible olor a sangre haciéndolo sentir enfermo. E Isabel…su amada Isabel yacía sobre el lecho, la poca luz ocultando su palidez, su vientre lucía un poco reducido y un mal presentimiento comenzó a hacer mella en su ser.

‘Marta…’

‘Sostén su mano Judá. Ayúdale a entrar en el reino del Altísimo. Tu hijo ya ha cruzado el umbral.’

El hombre apretó los puños, sus brazos colgando a ambos lados de su cuerpo que ya se había tensionado.

’Judá’ llamó quedamente la mujer. Sus debilitados ojos abriéndose lentamente para dedicarle su última mirada. Él se acercó y se arrodilló a su lado, tomando su mano. ‘Te amo Judá, hijo de Efraín. Me diste felicidad aunque yo sólo te he traído tristeza.’ Una lágrima resbaló por el rabillo de su ojo.

‘No digas eso Isabel, si alguna vez hubo felicidad para mí, esa fue mientras estuve contigo.’ Le decía, mientras él mismo sollozaba. ‘Perdóname Judá, perdóname.’ Isabel lo miró, su mano derecha manchada de su sangre y de la de su hijo tocó el rostro de su esposo, delineando sus facciones hasta llegar a sus labios, manchándolos con ella. ‘Te amo, Judá.’ Repitió y sus ojos se cerraron, su mano cayendo lentamente sobre su pecho, donde reposaba su hijo que había muerto durante el parto.

Él tomó los cuerpos y los abrazó como si fueran uno, gritando el nombre de su esposa. Llamando al Altísimo, pidiéndole que se la devolviera. A los dos. Los amaba, eran su vida; pero ahora ellos no estaban, y él había muerto con ellos. Dios no los había salvado.

Y él renegó de su nombre.

‘Calla Judá!’ le decían sus suegros. ‘Fue la voluntad del Altísimo, y ellos están ahora a su lado.’

‘¿La voluntad de Dios?’ gritaba él, ‘Así que fue Dios quien decidió que mi esposa y mi hijo murieran? ¿De qué me sirve a mí la voluntad de Dios? ¡Reniego de Dios! ¡Reniego de su nombre y de su voluntad!’

Y pasó que los hombres del campamento fueron a buscar a Daniel y lo trajeron ante Simeón, quien cayó postrado al suelo en adoración de un siervo de Dios y le suplicaba su intervención. Judá no había permitido que sacaran los cuerpos de la tienda y ya había pasado casi el tiempo de su preparación para llevarlos a la losa funeraria de la familia, y ellos ya no sabían qué hacer. Daniel escuchaba en silencio, tratando de comprender mejor la situación, buscando una respuesta en las señales del Señor Todopoderoso y fue así que finalmente entró en la tienda.

El hombre se encontraba al lado del lecho, meciéndose adelante y atrás, tarareando viejas canciones ya olvidadas que hablaban de la Tierra prometida por un Dios que los despreciaba al punto de dejarlos morir.

‘Judá’

‘Lárgate’

‘Debes permitirles sacar los cuerpos y que se pueda cumplir la palabra del Señor que ha sido dicha en las Escrituras por nuestros padres. Que ellos sean ungidos y preparados, y que tú Judá, te purifiques para poder acompañarles…’

‘¡Lárgate!’

Y fue tanta la paciencia e insistencia de Daniel, que finalmente Judá accedió y el funeral pudo llevarse a cabo, pero él no abandonó la tienda. Las ropas sucias con la sangre de su mujer y del pequeño Benjamín, seguían allí. Él no les había permitido que se los llevaran, y él las tomaba, llevándoselas al rostro, llorando inconsolable. Así pasó algún tiempo.

Los reinados de Nabucodonosor y Belsasar habían terminado y era ahora el de Darío, y fue en este tiempo que el rey, engañado por sus consejeros que estaban celosos de Daniel, le hicieron firmar una ley en contra de aquellos que adoraran a un Dios en lugar de al rey de Siria, y fue así que Daniel fue encontrado orando al Altísimo, Dios de sus ancestros y fue condenado al foso de los leones. Y al pasar la noche y entrar Darío encontrarlo sano y salvó, lo elevó a él y a su Dios por encima de todos los hombres.

Y Judá en su humanidad se llenó de ira y de odio contra Daniel y contra Dios porque le había salvado la vida a él y no a su Isabel, y el odio lo encegueció al punto que quiso acabar con él. Y lo buscó por las calles de Siria, llamando su nombre a gritos, hasta que finalmente lo encontró, era casi media noche y Daniel le esperaba en el patio de su casa, aún vestido.

‘¿Es necesario que armes tanto alboroto, Judá?’

‘¿Por qué Daniel? ¿Qué tienes tú de especial que fuiste salvado, mientras mi mujer y mi hijo fueron devorados por las tinieblas de la muerte?’

‘El Señor tiene formas muy diversas de darnos sus mensajes, y lo único con que los humanos podemos contar es con nunca saber el por qué, Judá.’

‘¡Pues tu Dios no me interesa! ¡No lo reconozco como Dios! ¡Ni a ti como su profeta!’

‘¡Judá, calla, no digas estupideces!’

El hombre se acercó a Judá, quien era presa de un ataque de rabia, de celos, de incomprensión, y fue aquí que atacó a Daniel, golpeándolo en el rostro, la sangre del hombre santo en su mano y la llevó a su boca, disfrutando de ella. Lo miró presa de la ira y se acercó a él

‘¿Te salvaría tu Dios si yo quisiera matarte en este mismo instante?’

Y lanzándose contra él, se aferró a su cuello, sus dientes desgarrando la piel del otro, la sangre manando de la herida, y él Judá, bebía con avidez, deseando drenar esa sangre para él; buscando en ella la compensación por aquellos que había perdido. Fue en ese momento que el cielo se abrió y el sol apareció aún en medio de la noche y le obligó a buscar escondite.

‘Esa es tu respuesta. Vagarás en la Oscuridad, sin recibir el calor del sol ni la protección del Señor, hasta que te arrepientas y pidas su perdón…’

‘Dile a tu Dios que jamás me verá arrodillarme ante él. Te ha preferido de nuevo. ¡Reniego de él una vez más! ¿Me escuchas Daniel? Tu Dios no es nada para mí. Tú no eres nada para mí.’

Judá se sentía traicionado. Por Daniel, porque había confiado en él. Por Dios porque no había salvado a los que él amaba. Por el mundo, porque confiaban en un Dios que no le había escuchado.

Y con la maldición del Altísimo y el sabor de la sangre aún en su boca, Judá partió en busca de su alimento, dejando atrás todo.

Y así el primer vampiro entre nosotros había nacido.

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No sé si alguien haya leído todo esto…pero fue algo que hice super rápido para una historia que estaba creando con Sadreth hace muchísimos años.  Esta historia ha evolucionado aunque no está terminada y es la que se puede leer en inglés en Minos aquí. Espero poder terminarla pronto.

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