Archive for the ‘ejercicio’ Category

[Ejercicio] La Muerte

Siempre se le tiene miedo a morir, a perder lo que eres, a saber que luego ya no existes.

Ayer fui mujer, aquella que siendo débil y fuerte al mismo tiempo, lo único que pudo hacer fue levantarse y dar un nuevo paso, so pena de que la aburrición o el hastío terminaran conmigo.

Hoy soy hombre que busca a su amada en medio de campos de flores olvidadas y jamás vistas de nuevo.

No sé qué seré mañana. Quizás un infante para sentir a la muerte un poco menos, para que no sea más que algo distante que no me toca; para así no sentirla tan cerca ni saberla tan conocida.

Yo…muero cada que respiro, muero cada que sueño, muero cada que siento.

Pero al mismo tiempo vivo, y muero de nuevo, y vuelvo a vivir, y olvido el temor y lo dejo de lado. Pienso en un futuro, planeo lo que ha de llegar. Deseo, anhelo, peco y muero una vez más.

Y, al redimir este miedo loco que me hace sucumbir y  me hace pensar en morir y darme cuenta de que al no hacerlo en realidad no estoy haciendo más que negar mi vida, me entrego a sus brazos y la acepto.

Me levanto de mi estado meditabundo. Es hora de empezar de nuevo, es hora de empezar de cero. Morir era sólo el primer paso para hacerlo, la necesidad inminente del cambio es el camino.

Facebooktwittergoogle_pluspinterest

[Ejercicio] El Mago

Este es un ejercicio de escritura que Claus me propuso…vamos a ver qué tantas otras hago 🙂 La idea es tomar una carta del tarot y escribir con base en ella.

La imagen viene de mi Tarot de las Hadas.  Luego pongo quien la dibujo porque ahora mismo no lo recuerdo.

*   *   *
Caminar por las calles de Roma se había vuelto tedioso. No sólo tenía que buscar la manera más sencilla de escaparse de los que le buscaban por el beneficio que podían recibir de él. También tenía que buscar un lugar donde poder comer, a pesar de que lo llevara a su predicamento inicial: cómo deshacerse de sus seguidores.
El hombre se movió por la ciudad en calma. No revelaría su nombre y usaría su talento para encontrar comida y abrigo. Rió. Al menos en su cabeza la idea sonaba perfecta y encontraba una solución a cada posible percance que le pudiera ocurrir.
−Señor, una moneda por favor.
El pequeño se acercó a él y tocó su pierna. Era demasiado joven para andar por las calles a solas como él mismo lo hacía, y aún así, ahí estaba, pidiendo caridad como otros miles.
Él se agachó y puso su mano detrás de la oreja del niño sacando una moneda desde atrás.
El rostro del pequeño se iluminó y el hombre pensó en las posibilidades de sorpresa para los que no tenían nada; luego de entregarle la moneda; bueno, las monedas al niño, se encogió de hombros y continuó su camino.
Se subió el cuello de su chaqueta para cubrirse la cara. Después de todo, la señora de falda larga se había quedado viéndole hace rato, quizás ella le había reconocido. Siguió caminando por las calles hasta llegar al cementerio de la ciudad.
Allí, caminó entre los pasillos y las lápidas hasta encontrar la de su maestro. La losa decía “Emiliano” y tenía una fecha que había olvidado hacía ya mucho tiempo. Se arrodilló frente a la tumba y bajó su cabeza en señal de fingido respeto.
Recordar los momentos vividos con su antiguo maestro no era algo que esperara con ansias. Al contrario. Había odiado al maldito anciano con todo su corazón, pero no podía negar que había sido junto a él que había aprendido todo lo que sabía sobre magia y de cómo ocultarse.
Habían pasado poco más de seiscientos años desde la última vez que anduvieron juntos, pero reconocería los emblemas de su casa de magia a donde fuera. Además que ‘Emiliano’ no cambiaba su nombre más que un par de veces en cada existencia que inventaba para sí mismo y ese era el último con el que había sido conocido.
Ese día, era su cumpleaños. Ahora tenía setecientos cuarenta y cinco años y en esa misma fecha hacia cincuenta, había muerto su maestro. Escupió en la losa y se puso de pie.
—Te hubieras muerto antes.
—De haberlo hecho, no serías el gran mago que eres.
La voz que resonó a sus espaldas le hizo dar un salto.
Al girarse, vio al niño de la calle en frente suyo, pero fue su voz y el brillo de sus ojos, felino y mortífero, lo que le heló la sangre.
—Mae…maes…
El niño dio un salto y se paró sobre la lápida que tenía su antiguo nombre. Miró con tristeza a quién hubiera sido su aprendiz y vio en el suelo el escupitajo que ya se hacía uno con el cemento. Suspiró resignado; después de todo, no todos los aprendices superan a sus maestros y menos aún dejaban de ser los mismos muchachitos que iniciaron su entrenamiento cuando estaban ante ellos.
—Devlin, esta vez es Devlin y respira profundo que vas a asfixiarte.
El maestro en cuerpo de niño se sentó en cuclillas sin bajarse de la lápida. Miraba a Siril (¿de dónde carajos habría sacado un nombre tan inapropiado?) y se daba cuenta que en verdad, era el momento preciso para haberse presentado.
Ahí estaban ellos, cuerpos efímeros que no coincidían con las voces tras de ellos, y menos aún con las almas contenidas dentro; la magia circundante cubriéndolos y aun así, Siril seguía siendo el mismo idiota de siempre.
—Ya es hora —dijo con cuidado antes de apoyarse en sus rodillas para ponerse de pie. De un nuevo impulso, saltó, para caer con elegancia al suelo cerca suyo. Su ropa maltrecha había sido la mejor manera de ocultarse para poder encontrarse de nuevo con él.
Valente, nombre que él le había dado, no había evolucionado en muchas maneras: su cuerpo no había cambiado desde que creció por ‘primera vez’, sólo su voz se transformaba; sus ojos seguían siendo de la misma tonalidad ciruela que mutaba cada vez que usaba su magia… y ésta, su magia, seguía siendo inmensa, inconmensurable, subutilizada.
Desperdiciada.
Aprovechándose del sopor en el que su pobre aprendiz todavía se encontraba, Emiliano se acercó y puso sus pequeñas manos en el rostro del otro. —En verdad es hora, Valente.
El aprendiz, porque ya no se sentía mago, sacó la navaja de su pantalón y la enterró profundo en el vientre del chico. Le vio gorjear mientras la sangre corría por la comisura de sus labios y desde su vientre hasta el suelo, pero el agarre de éste en su rostro sólo se intensificó. Una sonrisa macabra se formó en la cara del niño y sus labios se posaron sobre los suyos.
El mago abrió sus ojos tan grandes como sus orbes se lo permitieron y sintió como su vida manaba fuera de su cuerpo al unísono con la sangre de su maestro.
Emiliano se acomodó dentro del cuerpo de su aprendiz. Su alma buscó los recodos de ese organismo conocido desde el exterior; se revistió de su fuerza y con un chasquido de sus dedos, sintió la magia ya arraigada en él, responder a sus órdenes y la hizo suya.
Dejó el cuerpo del niño en el piso e hizo una venia agradeciéndole los favores recibidos. Sus ojos se dirigieron hacia la lápida que mostraba el lugar donde se encontraban los cuerpos que antes había ocupado y sonrió. El alma de Valente estaba aún atónita, prendada de ella.
—Hay secretos que jamás se develan, aprendiz. Lástima que tuviste que enterarte de esta manera.
Luego se marchó. Ya el mago no se ocultaba, y al caminar por las calles y ser reconocido por quienes lo veían, sonrío e hizo venias de aceptación ante los halagos.
Nadie notó que sus ojos no eran los de antes; que ahora un verde intenso brillaba en ellos y que un aire de antigüedad se escondía detrás de las pupilas. Caminó de regreso a su hotel, a su vida y se olvidó de todo lo demás. Quién más que él para conocer lo que aún quedaba por hacer.
Facebooktwittergoogle_pluspinterest